Alquila una familia, S.A

Seguramente una gran parte de los mortales occidentales, ante la pregunta ¿Qué sabes de la sociedad y la cultura de Japón? Responderíamos cosas como, “comen pescado crudo”; “cantan en karaokes”; “les gusta el manga y los videojuegos” o “trabajan mucho”. Algunos más aventajados añadirían que tienen conocimiento de que cuentan con establecimientos dedicados a que sus clientes duerman la siesta y otros dedicados a que las personas que se sientan solas puedan disfrutar de la compañía de gatos.
Y hasta aquí puedo leer. Pero, a partir de ahora, si me preguntan por Japón, además de lo del sushi, el trabajo y todo eso, contaré que sé que si quiero también puedo alquilar un padre, un marido, un tío o un amigo.

Seguimos a un hombre, cuyo nombre todavía desconocemos, por lo que parece el interior de una estación de metro. Ya en la calle, nos paramos con él en un cruce, él mira su teléfono. Le seguimos entre la multitud, observamos sus pasos y entramos a un  edificio. Ahora sí, mientras se limpia sus gafas y se recoloca la camisa y la chaqueta, un cartel sobre la imagen nos indica que a quien hemos seguido es el Sr. Ichinokawa, tiene pinta de ser nuestro protagonista, aunque aún no sabemos adónde va ni para qué. Imagino que tiene que ver con alguna cita de negocios. Entra en una sala, en la que recibe a la Sra. Kitada; otro cartel nos indica que es una clienta. Vamos por buen camino, hemos acertado, se trata de una cita de negocios.                 

                 “Repasemos mi papel. Yo soy el Sr. Kitada, su nuevo marido”

Con el asombro de lo que acaba de suceder, le seguimos ahora en su viaje de vuelta en el metro, y entramos a su casa situada en Kawama, en la periferia de Tokio. Ahora sabemos más. Tiene una mujer y dos hijos. Esperamos efusividad a su llegada, que le pregunten por quién ha tenido que hacerse pasar hoy, si por un padre, si por un marido, si le ha ido bien o le ha ido mal. La verdad es que nada de eso ocurre, el único que parece alegrarse de su entrada y que le preguntaría eso, en caso de hablar, es su perro. Tras los primeros 8 minutos ya sabemos de él más que su familia y además que en su casa no se respira precisamente un ambiente feliz.

soloHagemashi Tai, que así es como se llama el negocio del protagonista (la traducción es “quiero levantarte el ánimo”), no es (solamente) una peculiar forma de ganarse la vida. Hagemashi Tai es la consecuencia de una sociedad que lleva el concepto de felicidad (y con él, el de apariencia) a otro nivel. Una sociedad avanzadísima industrialmente y con una alta dependencia de las nuevas tecnologías, y que sin embargo se sustenta en la aceptación y asimilación del orden tradicional establecido. Una sociedad en la que  no existe la independencia social, y en la que no formar parte de una comunidad (entendiéndose como trabajo, familia, amigos…) es una vergüenza; y que cada individuo tiene su rol estipulado para el bien común (como por ejemplo, el estricto rol del hombre y la mujer dentro de la familia).

Hasta que no descubrimos que es en este terreno en el que se está moviendo el Sr. Ichinokawa, no entendemos realmente por qué una novia decide alquilar para su boda una familia entera, y a falsos amigos de la infancia. No entendemos por qué un chico no puede decirle a su futura mujer que no tiene padres, y no entendemos que una mujer necesite un nuevo marido para convencer al anterior de que va a administrar bien el dinero que éste le envíe para sus hijos.

Nos adentramos con el director y cámara del film, Kaspar Astrup Schröder, en la vida, secretos y deseos de este peculiar señor japonés, que habla más con su perro que con su familia, que hace de marido, amigo, tío, incluso padre, ejemplar pero que vaga por su casa cual fantasma.
El documental se desarrolla en gran parte con seguimientos de cámara en mano, nos da la sensación de que le acompañamos, y también que estamos conociendo al Sr. Ichikawa a la vez que el director. Los primeros planos, lo convierten en un retrato íntimo, y parece que encuentra en la cámara un confesor al que le cuenta sus preocupaciones y la carga con la que vive día a día, que viene no solamente por este negocio secreto sino por la difícil situación económica que atraviesa y de la que no puede hablar con su mujer, precisamente por las apariencias y por el orden establecido, por la reducción de las personas a un rol de proveedor y cuidadora.

“Tengo que creer que estaremos mejor en el futuro”

Con la primera aparición de la familia en el mismo plano ya nos damos cuenta de que existe una gran separación entre ellos. Una relación conyugal fría, marchitada, una relación paterno-filial de total desconocimiento. Ni siquiera cuando confiesa que ha pensado muchas veces en el suicidio deja de apuntar que en ese caso no habría problema, porque la aseguradora de la casa cubre el fallecimiento del padre, la figura sustentadora de la familia.

familia

Visto el nivel de exigencia familiar que implica ser japonés, parece que es tener una gran visión empresarial montar este negocio en Japón, y que con esto el Sr. Ichinokawa se hará de oro, y acabará con sus problemas, pero lo cierto es que este negocio no le da para vivir. ¿Por qué lo hace entonces? Él dice que para ayudar a los demás, aunque nosotros sabemos que se ayuda en primera instancia a sí mismo, teniendo conversaciones con otra esposa que no es la suya, siendo padre de hijos de otros y llorando en bodas a las que va como invitado de pago.

María Jara

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