Cambio aquí, cambio allá

barcelona

Desde la aparición en el panorama político de Podemos, hace ahora algo más de un año, hay una palabra que ha centrado la actualidad política del país: “el cambio”. El partido de Pablo Iglesias se ha convertido en su abanderado, con el objetivo de cambiar la forma de gobernar que rige este país. Es a partir de ese momento, cuando se empieza a hablar de devolver la democracia a los ciudadanos, de rescatar personas en vez de bancos, de gobernar al servicio de los españoles y no al servicio de la banca, de Alemania o de los empresarios.

Ese es el cambio que pregona Podemos, y que ahora tendrá que demostrar si es factible o no. Pero, en esta última cita electoral, ha sucedido algo curioso entorno a la palabra “cambio”: los líderes del cambio se han multiplicado.

Quizás el primer rival de Podemos para competir por encabezar el cambio fue Ciudadanos. Albert Rivera, líder y protagonista indiscutible del partido, se ha cansado de repetir que eran ellos quienes representaban el verdadero cambio, un cambio de centro; que eran un nuevo partido que venía a hacer las cosas de otra forma. Un nuevo partido, formado con prisas, que ha nutrido sus filas de resentidos del PP, PSOE y UPyD, y que ha tenido que anular varias de sus listas por diversos motivos. Un cambio, el de Ciudadanos, que propone transparencia y primarias, cuando no predican ellos con el ejemplo; que plantea la creación de un IVA único del 18%; y que va a facilitar al PP de Cristina Cifuentes el gobierno de la Comunidad de Madrid y al PSOE de Susana Diaz el de la Junta de Andalucía, después de más de veinte años de gobiernos de ambos partidos en esos territorios. Parece que el cambio, muy cambiante no es.
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A pesar de todo, es cierto que un cambio sí que ha propiciado Ciudadanos: por fin los votantes de derechas tienen a otro partido al que votar, además del PP. Éste último, por extraño que parezca, también se ha apuntado a la moda del cambio. Para ellos, el cambio que merece España es seguir con la política económica que impulsaron con su llegada al gobierno de la nación, gracias a la cual es más que obvio (por si acaso, aclaro que es ironía) que a los españoles ya no nos preocupa ni el paro, ni la crisis. Además, con este cambio se seguirá con la misma política de actuación contra la corrupción, de concesiones amigas y de gasto público desmesurado. Es evidente que el del Partido Popular es el no-cambio: lo importante es que la gente crea que vamos a cambiar, aunque no lo vayamos a hacer.

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Por desgracia para el PP, algo sí que ha cambiado para el partido. Barberá ya no será alcaldesa de Valencia, ni Martínez de Cádiz, ni León de la Riva de Valladolid, ni Zoido de Sevilla. Al igual que Cospedal no presidirá la Junta de Castilla-La Mancha, ni Fabra la Generalitat Valenciana; ni Bauza la balear; ni Monago el gobierno extremeño; ni Rudi el aragonés. Cambios todos inducidos por el esfuerzo de los mismos protagonistas.

Si lees la prensa afín, quién ha salido beneficiado de todas estas derrotas anteriormente detalladas, ha sido el Partido Socialista, que previsiblemente gobernará en Andalucía, Castilla-La Mancha, Asturias, Comunidad Valenciana, Aragón y Baleares, todo ello a pesar de seguir perdiendo votos desde la gran debacle socialista del 2011. Esto último era lo que remarcaba la prensa afín a los otros: que los socialistas siguen en una gran debacle. ¿Cómo es posible entonces que perdiendo, acaben ganando? Pues muy sencillo, porque aquí os presentamos al cambio paradójico.

Después de que Pedro Sánchez rechazara cualquier idea de cambio (firmando, por ejemplo, la sucesión del rey Felipe VI o la cadena perpetua revisable), y criticara duramente a quienes consideraban que el cambio era necesario y estaban dispuestos a luchar por él (llamándoles desde “populistas” a “bolivarianos”, entrando en el circo mediático de desprestigio que tanto gusta a la más rancia derecha española); ahora, con la posibilidad de gobernar en varias de las autonomías del país, se consideran los únicos capaces de encabezar del cambio. Cuando escuchas a alguno de sus líderes, parece que hayan sido tocados por el dedo divino que les otorga el poder que salvará a España. Ni una mísera referencia a la imparable pérdida de votos, ni una sola autocrítica, solo salves victoriosas. Pero con una diferencia, ahora, sin ánimo de ser populistas, se dejan llevar por lo bien que suena la música de la transparencia, de las leyes antidesahucios, de no gobernar para la élite económica, de las coaliciones de izquierdas, y demás ideas que previamente desechaban desde el inmovilismo en el que siguen instalados.

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