Debajo del cielo, encima del mundo

No encontraréis en Suite Habana (Fernando Pérez, 2003) grandes panorámicas del paisaje cubano, a gente fumando habanos y bebiendo mojitos en La Bodeguita del Medio, ni tampoco alegres ritmos caribeños. Ni siquiera encontraréis testimonios ante la cámara de sus habitantes.

Son unos cuántos los cineastas que han querido acercarse, desde el documental o la ficción, a Cuba, su música, su gente. Buenos ejemplos de ello son Cuba Feliz (Karim Dridi, 2000) Buena Vista Social Club (Wim Wenders, 1999) o Guantanamera (Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, 1995).

Suite Habana prescinde de las palabras, para convertirse en una carta de amor, un poema, dedicado a una ciudad y a su gente, a la vida de unos cuantos habaneros, que son corrientes, y por ello extraordinarios. Un retrato íntimo, silencioso, aunque lleno de ruido, a veces triste y a veces angustioso, pero con todo ello, y precisamente por eso, lleno de vida, humanidad, nostalgia y supervivencia.

El director juega a ir mostrando en pequeñas partes quiénes son los personajes y cómo se van relacionando, y nos los va desvelando poco a poco, hasta que descubrimos quiénes son.

Emprende una búsqueda de los sueños y los deseos de cada uno de ellos, y nos hace ahondar en sus sentimientos, que llenan cada imagen, y nos permite descubrir su complejidad, dejándonos ver que no son solamente lo que nos parece en sus primeras apariciones.

Por eso en cada retrato siempre hay algo que nos sorprende. Como, por ejemplo, el caso de una de las protagonistas, Raquel. La conocemos trabajando en una fábrica, para después ver cómo prepara un vestido, creemos que se prepara para ir a algún sitio, pero momentos después, cuando el vestido vuelve a aparecer, no es ella quien lo lleva puesto, sino su marido, a quien antes habíamos visto trabajar en un hospital y todavía no sabíamos que estos personajes iban a estar relacionados.

Los personajes se van entrelazando durante el relato, aparecen y desaparecen cruzándose unos en el camino de los otros, conformando un retrato costumbrista en el que cada imagen tiene valor por sí misma y donde el sonido y el ruido de la propia ciudad se erigen como puntos clave de un montaje lleno de significados.

No hay, en Suite Habana, ninguna imagen o sonido casual o  insustancial. Un barco pasando por el mar de fondo, el faro que alumbra, el sonido de un avión despegando sobre la imagen de una fiesta infantil o alguien sentado frente a la estatua de John Lennon. Todo al servicio de enriquecer y dar profundidad al retrato de cada una de estas personas, y poder transmitirnos con cada imagen aquello que no van a contarnos con palabras.

Se requiere a cada instante la participación del espectador para que complete el significado de este collage de historias y melodías, que nos revela que en La Habana, y en todas las ciudades, existen realidades invisibles, pero que son indispensables para entender la verdadera esencia e identidad de las mismas.

María Jara

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3 comentarios en “Debajo del cielo, encima del mundo

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