Solas

En Margarita (Albert Pons, 2011) nos chocamos con la cara más cruda de la vejez, la soledad y la cercanía a la muerte con un arranque directo, en blanco y negro y con unas imágenes que obligan a apartar la mirada de vez en cuando, mientras seguimos las visitas a domicilio de Fran, un doctor de Barcelona.

INTRO
Parece, por esta introducción, que seguir los pasos de este médico por diferentes casas y encontrar el testimonio de sus habitantes era el objetivo de Albert Pons en este documental, y digo parece, porque el rumbo del documental cambia cuando nos encontramos con Margarita.

Su historia ocupará el resto del metraje, dando la sensación de que lo que allí encontró la cámara, bien valía cambiar la idea inicial.

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Estamos en el histórico barrio barcelonés de El Raval. Las obras, el trasiego de gente, las vistas de los edificios, de su ropa tendida, de sus ventanas y la certeza de que detrás de ellas hay muchas historias desconocidas y la intuición de que tal vez el director nos deje entrar en una de ellas, traen a la mente fragmentos de la película En construcción (José Luís Guerín, 2001), pero a diferencia de éste, Margarita, y en este sentido, su título lo deja bien claro, encontramos una sola protagonista indiscutible.

Margarita tiene 85 años y una buena memoria llena de anécdotas. Hasta hace poco vivía con su hermana, pero ésta falleció. Ahora es Pilar, con 81 años que no aparenta, una mujer activa y de enorme verborrea, quien acompaña a Margarita en su día a día.

La relación de estas dos mujeres es de amor-odio, lo que nos permite disfrutar de algunos momentos cómicos que permiten un respiro dentro de este agridulce documental.

La cámara se convierte en la confesora de Pilar cuando Margarita no puede oírla, y Margarita no duda en desmentir y hacer ver que cualquier cosa que salga de la boca de Pilar es una invención.

Es curioso ver la desconfianza, las críticas, las discusiones de estas dos mujeres. Las dos aseguran no soportarse y no dejarse por pena, pero lo que vemos, en sus palabras y en sus gestos, es un acompañamiento mutuo en ese miedo a la soledad. Un miedo del que Margarita habla explícitamente, mientras Pilar parece, pero claramente es solo eso, apariencia, no tener espacio para esos pensamientos.

Siete meses de grabación y la integración de la cámara como un elemento más de compañía en la casa, hace que podamos ver un retrato veraz e íntimo de estas dos mujeres.

Asistimos a una cotidianidad rutinaria, en la que cada día es prácticamente idéntico al anterior, llena de momentos extraños, incómodos a veces, silenciosos, de divagaciones sobre la vida, sobre la soledad, sobre los recuerdos.

Cada mañana Margarita abre el balcón al levantarse, después insulta a las puertas porque no cierran bien. Pilar le preguntará qué quiere comer, y  Margarita le responderá que no lo sabe. Pilar se quejará de que siente que nadie le agradece lo que hace y que no deja a Margarita por pena. Cada día ella mirará el reloj para ver si es la hora de que Pilar se vaya.

Día tras día todo se repite…

El director vuelve a buscar a Margarita cuatro años después, pero ya no a su casa, ella está ahora en una residencia de Zaragoza. En su habitación, presidiendo su mesilla de noche, las mismas fotografías que lo hacían en su casa de Barcelona.

Esas fotografías son testimonios de vida a los que Margarita se aferraba cada día. Son todos esos recuerdos, donde seguro hubo espacio para Pilar, los que luego la acompañaron cuando cerró, definitivamente, sus ojos al mundo.

María Jara

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2 comentarios en “Solas

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