El crowdfunding son los padres

El cine español de bajo presupuesto no es algo nuevo. Siempre ha habido cineastas que se han desmarcado de la creación ligada a los circuitos comerciales habituales y a las grandes productoras, a veces por convicción y a veces por imposición. Pero es ahora, con el mayor acceso a los medios digitales, cuando el proceso de producción de las películas ha podido abaratarse y parece que ya no hay excusa para no poder llevar a cabo una idea.

Baratometrajes 2.0 (Daniel San Román, Hugo Serra. 2014) es un documental útil y necesario, que hace una radiografía de la situación actual del cine en España, nos explica todo el camino que recorre un film, desde la financiación a la comercialización, y sobre todo pone nombre y apellido a esos profesionales del cine (entre los cuales, hay que decir, se echa en falta más presencia femenina) que, con mucho esfuerzo y poco dinero, sacan sus películas adelante. El documental y contenido relacionado se puede ver la web del proyecto, así como seguir los pasos de los “baratometrajistas”.

De todas las preguntas, que son muchas, hechas a los entrevistados, hay una que genera una especial incertidumbre, y que pone la guinda a todas las cuestiones que se van desgranando durante el desarrollo. ¿Cuál es el futuro del cine?

Es difícil abordar la cuestión del futuro del cine en España, más aún teniendo en cuenta que hablar del presente es entrar en un terreno farragoso. La situación del modelo implantado por la industria cinematográfica española tiene muchos frentes abiertos, empezando por la duda de si lo que tenemos aquí puede tan siquiera llamarse industria.

La realidad es que hay mucha gente que quiere hacer cine, quieren contar historias, y no van a esperar a recibir ayudas institucionales, ni a que les digan cómo y cuándo hacerlo, de ser así deberían buscarse un asiento cómodo para pasar una larga temporada.

Tina Olivares (Esperando septiembre); Jorge Naranjo (Casting); Carlo Padial (Mi loco Erasmus); Daniel Castro (Ilusión); Love Jordina (Saving Isis) Chiqui Carabante (12+1 una comedia metafísica); Sergio Candel (Historia de un director idiota); Norberto Ramos del Val (Summertime); Gemma Ferraté (Tots els camins de Déu) y así hasta una larga lista de nombres y títulos que son los que dan voz a esta generación de cineastas que ha decidido pasar a la acción y buscar la forma de rodar su película, y muchos de ellos no se encuentran en su primer proyecto, sino que están ya curtidos en este peregrinaje que supone sacar una película adelante.

En los últimos años ha surgido con fuerza, sobre todo para el cine y la música, el sistema crowdfunding, que consiste en obtener financiación a través de donaciones que se pueden hacer en una plataforma on-line. El documental aborda también esta  cuestión de micromecenazgo. Éste es un dinero obtenido de familiares, amigos y conocidos, y algunos, pocos, locos (esto lo dicen los directores) desconocidos. Eso bien lo sabe Carola Rodríguez, productora de El Cosmonauta (Nicolás Alcalá, 2013), primera película financiada con este sistema en España, que cuenta cómo ese crowdfunding salió, en su mayoría, de los bolsillos de los padres de los tres socios de la productora. Parece, pues, que este tipo financiación supone indudablemente un respaldo, pero no es una solución a largo, y ni siquiera a medio, plazo.

Cuando ha pasado el trago de conseguir el dinero toca rodar. Una vez grabada la película, gracias a amigos y conocidos (que seguramente serán los mismos que han puesto algunos eurillos en el crowdfunding y que muy probablemente hayan capitalizado su sueldo, es decir, cobrarán un porcentaje de los beneficios de la película, si es que los tiene)  pasamos a la exhibición en salas. Y aquí, de nuevo, estas personas optimistas, motivadas y amantes del cine y su oficio, se vuelven a topar con un muro en sus narices.

La sala de cine es un negocio, y como tal, cuanta más gente vaya a comprar las entradas y a comer palomitas (que es de donde seguramente saquen más beneficios) mejor. Si ya no hay apenas lugar para el cine español en las salas comerciales y si somos un público tan reticente a nuestro propio cine (o eso dicen) ¿cómo van a darle un espacio a alguna de estas películas? Afortunadamente, hay excepciones, salas que creen en el cine y la cultura y apuestan por estas creaciones que suelen encontrarse las puertas cerradas.

Lo que tampoco se puede obviar es que las formas de consumir cine han cambiado y que las grandes campañas de publicidad no están al alcance de todos. Teniendo en cuenta, además, los tiempos que corren y el precio de las entradas, no parece mal momento para buscar alternativas y cumplir con el objetivo primero y último de estas películas, que es conseguir que lleguen al público.

carminaorevienta820-reEs el caso de la primera película de Paco León (Carmina o Revienta, 2012) que optó por el novedoso (y arriesgado) estreno simultáneo en plataformas on-line, salas y Dvd, después de realizar campañas en las redes sociales, en las que preguntaba directamente a los usuarios cómo y dónde querían ver su película.

foto+El+Mundo+Es+Nuestro+photocall

Gran éxito también el de los sevillanos Alfonso Sánchez y Alberto López, el “Culebra” y el “Cabesa” de El mundo es nuestro (Alfonso Sánchez, 2012) gracias a su apuesta, y consecuente pelea con exhibidores, por los precios populares. A 2 euros se vendía la entrada. El boca a boca corrió por las redes como la pólvora y consiguieron que más de 400.000 espectadores vieran la película. Ahora ya preparan su próximo estreno El mundo es suyo, que no ha estado exento de dificultades para obtener financiación.

StockholmEn los últimos años, algunas películas con la etiqueta low cost, como los ejemplos anteriores o como es el caso de la exitosa Stockholm (Rodrigo Sorogoyen, 2013) han logrado colarse en las salas, en los principales festivales españoles y se han hecho hueco en la crítica.

Para algunos, este hecho supone poco menos que el anticristo, una amenaza mayor que la piratería y el comienzo de una era de amateurismo y banalidad en el cine. No creo que haya nada más lejos de la intención de estos profesionales que ser una amenaza o que quieran que el cine, arte por y para el que viven, deje de hacerse. Este cine, y así se refleja en cada minuto y en cada palabra de los protagonistas de Baratometrajes 2.0,  supone una llamada de atención a unas instituciones a las que no les preocupa la cultura ni lo más mínimo y que miran hacia otro lado mientras estas películas salen adelante como pueden, buenas historias se quedan en un cajón, se cierran salas de cine y distribuidoras, y los espectadores demandan formas de consumo alternativas.

Es necesario una revisión del modelo (o no modelo) actual, de otra manera, la única amenaza que existirá para éste es él mismo.

María Jara

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