Irrational Man

Si hay algún motivo para alegrarse de la llegada del otoño, no se me ocurre otro que la cartelera. Al contrario que los árboles, ésta comienza a florecer ofreciéndonos títulos interesantes que nos libran, por fin, de la inmensa sequía del verano.

Uno de los que no suele faltar a la cita otoñal es Woody Allen, que entre citas de Sartre, Kierkegaard o Kant nos introduce (de nuevo) en una historia que cuestiona la moral, la culpa, el bien y el mal.

Abe Lucas, personaje que le va como anillo al dedo a Joaquín Phoenix, es un atormentado profesor de filosofía que llega a una pequeña universidad a dar clases. Su reputación de mujeriego, alcohólico y atormentado, lejos de espantar a una aventajada alumna (Emma Stone) y a una compañera de trabajo (Parker Posey), las atrae todavía más.

irrational-man-3-credit-sabrina-lantosLo que parece que va a ser una historia marcada por un amorío a dos bandas, acaba convirtiéndose en otra cosa. A partir de una escena (un poco metida con calzador) este lánguido y angustiado profesor, encuentra una motivación para vivir, un sentido para su, hasta ahora, desconsolada existencia.

Joaquin-Phoenix-Emma-Stone-in-Irrational-ManEl giro en la película no deja indiferente, y es lo que permite apreciar al Woody Allen más puro. Irrational Man, a la que podríamos emparejar en cuanto a temática con Delitos y faltas (Woody Allen, 1989) o Misterioso asesinato en Manhattan (Woody Allen, 1993), vuelve a plantearnos temas a los que el director ya se enfrentó en algunos de sus mejores títulos.

La filosofía, a la que su protagonista califica como “paja verbal” toma un papel primordial cuando se trata de comparar los conceptos teóricos de verdad, bien y mal, culpa y justicia con su aplicación práctica, porque como dice el profesor en una de sus clases, una cosa es la filosofía y otra el mundo en el que vivimos todos los días. Por ello, la cinta, a través de los diálogos de los personajes, y de una voz en off no demasiado necesaria, no escatima en ir dando pistas de cuáles son las grandes cuestiones que rigen el film.

Una escena de feria, durante la que es fácil acordarse de Extraños en un tren (Alfred Hitchcock, 1951) permite a los personajes, en una sala de espejos, ponerse frente a su propio reflejo que les devuelve una imagen distorsionada de ellos mismos (física y metafórica). No es casualidad que sea precisamente en esta escena cuando, después de mucha resistencia por parte de él, los protagonistas, por fin, se besan, escribiendo un punto y aparte en el transcurso de la historia.

Espejos-Irrational ManPhoenix y Stone, aunque con formas de actuar muy distintas, forman una buena pareja protagonista y una complementaria pareja de personajes, que debido al camino por el que transita la película, acabarán tomando vías distintas pese a la gran atracción que sienten.

La música, fotografía, diálogos y el estilo de puesta en escena son inconfundibles en Woody Allen. Si viéramos la película con los ojos cerrados o entráramos al cine sin saber de quién es, no tardaríamos en averiguar que es suya.

La fotografía, a cargo de Darius Khondji, que ya trabajó con Allen en Midnight in Paris (2011), A Roma con amor (2012) y Magia a la luz de la luna (2014), envuelve la historia, acertadamente, en tonos cálidos; y la música, en la que se utilizan varios temas de Ramsey Lewis, utilizada para esta película de forma más repetitiva que en otras, es una especie de interludio que va fragmentando los pasos de los personajes y de la historia en su desarrollo.

En el final, abrupto y sentencioso, Allen nos despista acerca de su posición en el relato. Una posición que habíamos creído adivinar y ver a través del personaje protagonista.

maxresdefaultLos hay que disfrutan diciendo que Woody Allen está ya mayor, que sus últimas películas son menores y que nunca alcanzarán la calidad de sus otros éxitos. Da la sensación de que se sientan en la butaca frotándose las manos y esperando a que el director les dé la satisfacción de hacer algo que puedan criticar bien a gusto.

Evidentemente, el Woody Allen de los últimos años no es el de Manhattan, Maridos y mujeres, Balas sobre Broadway ni otras cuarenta (por lo menos) películas más, eso ya lo sabemos. Pero Woody Allen sabe (todavía) crear unos diálogos, una atmósfera y unos personajes inconfundibles, preservando muchas de sus señas de identidad, y con los que aún tiene cosas que decir.

Mientras eso ocurra, yo volveré cada otoño, expectante, a disfrutarlo en pantalla grande.

María Jara

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