¡Qué poco hemos cambiado!

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Con la resaca post Fiesta Nacional aún en la garganta, qué mejor que hablar de una de las mejores películas de uno de los grandes retratistas de la sociedad española del s. XX (aunque, como leeréis a posteriori, también podría serlo perfectamente del s. XXI), como es Luis García Berlanga. La película en cuestión es Bienvenido Mr. Marshall (Luis García Berlanga, 1953), que supuso el primer gran éxito del director, tanto de crítica como de taquilla.

Hay pocas películas tan entrañables en el cine español como ésta. El trabajo hecho desde el guión es una maravilla, pero qué se podía esperar cuando lo firman el propio Berlanga, Juan Antonio Bardem y lleva diálogos de Miguel Mihura. El argumento es sencillo, un pueblo castellano se prepara para dar un gran recibimiento a los americano que, según ellos creen, vienen a dejar su dinero en España como parte del famoso Plan Marshall. Y qué mejor forma de hacerlo que simular,en la Castilla más profunda, un pueblecito andaluz, con sus casas pintadas, sus flamencas y su calle del Rocío, de forma que los americanos puedan reconocer la España tópica que conocen e invertir en el encantador pueblo de Villar del Río. Gran parte del encanto de la película está trabajado por parte de los actores: Lolita Sevilla, Manolo Morán, Elvira Quintillá… Pero hay dos protagonistas que destacan por encima del resto. El primero, como el alcalde más famoso del cine patrio, Pepe Isbert, siempre tan divertido como poco elocuente. Y el segundo, el pueblo de Villar del Río, que actúa como un solo personaje, aportando a la película veracidad: todos nos ilusionamos y decepcionamos con ellos. Son los rostros que dan piel (como diría Carlos Floriano, otro de los grandes humoristas nacionales) a los acontecimientos que se suceden en los tres frenéticos días en que se enmarca el film.

Revisionando Bienvenido Mr. Marshall, uno se da cuenta de lo poco que ha cambiado España. Sí, el mundo evoluciona, ahora tenemos IPods, IPhones y hasta AppleWatchs; vivimos conectados a todas horas a Internet, informándonos, trabajando, sociabilizándonos y haciéndonos selfies; ya no somos un pueblo agrícola o ganadero, ahora somos Community Managers, Bussiness Managers o Freelances; pero, al fin y al cabo, seguimos repitiendo los mismos patrones que en los años 50.

Y es que, las escuelas siguen estando viejas y pequeñas. No se invierte en educación. En el film, en el mapa anticuado del colegio aún se mantenía el Imperio Austrohúngaro, y en la actualidad, algunos libros de texto niegan la Evolución, pasan de puntillas por el Franquismo o convierten a Esperanza Aguirre en la salvadora nacional. Y esto se paga, obviamente. Si los ciudadanos de Villar del Río no sabían hablar inglés en sus sueños (magnífico el sueño western de Pepe Isbert entre ladridos), hoy en día, la inmensa mayoría de la ciudadanía española es incapaz de conjugar en la lengua de Shakespeare, entre ellos, el Presidente del Gobierno. Eso sí, aquellos forzados a emigrar a países de lengua inglesa, quienes por cierto lo van a tener difícil para votar en las próximas elecciones del 20 de diciembre, podrían enumerarnos las razones por las que no pueden volver a España en un perfecto inglés de Cambridge, Oxford, Wisconsin o Michigan, que no está mal.

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El poder de la Iglesia, en el personaje del cura, metido en política y con aspiraciones de evangelizar (de nuevo) a un patria como la americana. Soy yo o se parece todo mucho a la Conferencia Episcopal. Un alcalde sordo y de discurso poco fluido. Mucho me suena, aunque sea de forma metafórica, al caloret faller. Un empresario de espectáculos flamencos dispuesto a montar el gran recibimiento, sin reparar en gastos, para conseguir llenar sus bolsillos a cambio. Y es que, el paso de los americano por Villar del Río, iba a dejar tanto dinero, que como no organizar una fiesta por todo lo alto. Al final, en Bienvenido Mr. Marshall, ese gran acontecimiento dejó lo mismo que la Copa América o la visita del Papa en Valencia, o que Eurovegas o los Juegos Olímpicos de Madrid 2012, 2016 o 2020 en Madrid. Nada. Bueno, algo sí: deudas, muchos millones de deuda. Millones en bolsillos ajenos y que, al igual que los humildes campesinos de Villar del Campo… digo del Río, pagamos los ciudadanos con nuestro esfuerzo, trabajo y sacrificio.

Y en cuanto a la pleitesía, como nos gusta a los españoles rendir pleitesía. En Villar del Río lo hacen a los americanos, ante los que nos seguimos arrodillando cuando es necesario, ya sea en forma de ley antipiratería o en la de Tratado Trasatlántico de Comercio e Inversión (el tan oído TTIP y que tantos quebraderos de cabeza nos va a dar en el futuro). Pero no sólo con ellos, ahora tenemos a Alemania dándonos por c*** constantemente, pero nosotros no somos de rechistar, sino más bien de agachar la cabeza, besar la alfombra por dónde pisan y aplicar una austeridad que se ha cargado tanto el Estado del Bienestar como a las clases medias. Eso sí, los ricos pueden seguir durmiendo tranquilos.

Pero bueno, siempre nos quedará la Marca España, eso de lo que tan orgullosos estamos: flamencas y corridas de toros. ¿Será casualidad que ambos estén presentes en el film de Berlanga? Y es que los ciudadanos nacidos o acogidos en España somos mucho más que Toros y Sevillanas, somos comunidades muy ricas culturalmente que ningún gobierno central ha sabido respetar, cultivar y fomentar, impulsando un conjunto de tópicos horrendos como imagen del país y la cultura en el panorama internacional. Porque, no sólo a Berlanga y Bardem se les ocurre engalanar un pueblo castellano como uno andaluz para mostrar el poco amor propio que nos han enseñado a tener por nuestras costumbres y tradiciones: así promociona el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes en 2015 el cine español en Estados Unidos. ¡Para flipar!

Alejandro Piera.

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