La comedia no nos sacará de pobres, pero…

El pasado sábado, 24 de octubre, se cumplieron 86 años del Jueves Negro, día en que dio comienzo la caída de la Bolsa de Nueva York, que propició el inicio del Crack del 29 y la posterior Gran Depresión, la primera gran crisis económica del mundo moderno. Aún así, el Jueves Negro no fue el peor día, tras una breve recuperación de la Bolsa en viernes y lunes, se produjo el Martes Negro, el 29 de octubre, tal día como hoy.

En un mundo como el actual, en el que de crisis económica se ha hecho más que presente en nuestras vidas cotidianas, no vamos a entrar a hablar, debatir ni explicar las causas y consecuencias del Crack del 29. Nos gustaría detenernos en otro fenómeno que nació y creció auspiciado y propiciado por la Gran Depresión: las Screwball Comedies. Sí, ha sido un cambio de tema bastante radical, pero estas comedias, que anidaron en el sistema de estudios de Hollywood, están mucho más relacionadas con la Gran Depresión de lo que podría parecer a simple vista.

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La Screwball Comedy nació, en Hollywood, en los albores de los años 30 y se fue desarrollando y perfeccionando a lo largo de los años 40, convirtiéndose en verdaderos éxitos de crítica y publico y llegando, en algunos casos, a formar parte de las películas más importantes de la historia de la industria norteamericana. Entre sus características más destacadas: el ritmo rápido de las conversaciones, generalmente entre muchos personajes, como en esa casa de locos que disfrutamos en Vive como quieras (Frank Capra, 1938); las situaciones absurdas con grandes dotes de slapstick, que plagan, por ejemplo, películas como La fiera de mi niña (Howard Hawks, 1938); la farsa o el engaño, como el que somete el dueño de unos grandes almacenes, Charles Coburn, a sus empleados en El diablo burlado (Sam Wood, 1941); la confusión de identidades, como la de los actores de la compañía de Ser o no ser (Ernst Lubitsch, 1942); y las tramas argumentales que hacían referencia al noviazgo o el matrimonio, o a ambos, como en Historias de Filadelfia (George Cukor, 1940), donde Katharine Hepburn tenía que elegir entre el amor de Cary Grant, su ex marido, John Howard, su futuro marido, y James Stewart, un joven periodista que le pretende, ¡todo un lío asegurado!

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Pero basta de características, pensaréis algunos, ¿de qué modo están relacionadas la Screwball Comedy y la Gran Depresión? Pues muy sencillo, puesto que estas comedias surgieron para responder a una clara necesidad: entretener, divertir y hacer la vida algo más sencilla a las clases pobres de Estados Unidos, que tan duramente estaban sufriendo las consecuencias del Crack. Este tipo de películas ofreció no sólo diversión, sino un escenario en el que los pobres podían disfrutar del sufrimiento de las clases altas, a las que la crisis había, simplemente, rozado. Se convirtieron en un ensayo sobre la lucha de clases, en la que los ricos eran mostrados con ironía como gente sin preocupaciones, mimada, repelente, con pocas ganas de trabajar y, especialmente, como ignorantes engalanados con sus mejores atuendos. Los pobres, sin embargo, gozaban de una mayor inteligencia, pudiendo engañar a sus rivales con relativa facilidad. Al fin y al cabo, el público norteamericano quería ver a sus clases más altas recibiendo el baño de humildad que la recesión les había negado. Por ello, las Screwball Comedies son películas cargadas de crítica social y esperanza, dos elementos que el pueblo estadounidense necesitaba como el agua y que ningún otro estamento político, social o cultural le otorgó.

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Uno de los ejemplos más claros de esta lucha de clases es Al servicio de las damas (Gregory LaCava, 1936), una maravillosa comedia que lleva al espectador a disfrutar de la extensa estupidez de una familia de clase alta engañada y ayudada por un millonario reconvertido en vagabundo y, a su vez, en mayordomo, un William Powell estupendo en el papel de Godfrey Park. La familia, de las más disfuncionales y geniales de la época: un padre, Eugene Pallette, únicamente preocupado por el fatal devenir de sus negocios, olvidando las responsabilidades conyugales de su matrimonio con Alice Brady, que vuelca en su mecenado italiano, Mischa Auer, las pasiones de las que no disfruta con su marido; y dos hijas, la insoportable y repelente Gail Patrick, y la inocente y malcriada Carole Lombard, cuyo objetivo vital es emparejarse con el vagabundo rescatado por los Bullock del vertedero de Nueva York. Así, de una forma cómica y entretenida, Gregory LaCava, su director, nos habla de los excesos con el dinero y el alcohol de los burgueses norteamericanos, de su adicción por la ostentación, de las mentalidades trastocadas por esa vida de lujo y de cómo toda esa clase social vive completamente alejada de la vida real, contraponiéndolos a los criados de los Bullock, que saben en qué consiste realmente la vida y que tienen que hacer esfuerzos sobrehumanos para soportar la idiotez y la insensatez de esa familia de ricos.

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Además de surgir como una contestación al sistema económico imperante, aunque sea propiciado por una industria fundamental de ese mismo sistema, también introdujeron nuevos temas, como las relaciones sexuales, tratadas de forma sutil como consecuencia de la dictadura del Código Hays; la guerra de sexos, mostrada a través de ingeniosos diálogos entre los protagonistas; y la colocación del papel de las mujeres en el centro de las tramas, aportando nuevos puntos de vista para esos personajes femeninos que se habían quedado un poco anquilosados en el inicio del cine en Hollywood: desde divorciadas, hasta protagonistas de un affaire o tríos interesantes, pasando por segundos matrimonios y pasados sexuales variopintos. Así, en una época bastante negra, la comedia se convirtió en el mecanismo idóneo para liberar a un sociedad que llevaba demasiado peso en sus grilletes.

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Resulta curioso observar cómo, años después, y aunque habría que esperar a ver cómo trata la historia a esta época, en España, tras la dura crisis económica y las más duras medidas de austeridad aplicadas sobre las clases medias y bajas, la comedia nacional, al más puro estilo screwball, han vivido una época de esplendor muy interesante. Hacia años, podríamos decir que hasta décadas, que en las producciones españolas no se veían argumentos, personajes y diálogos tan interesantes como en Tres bodas de más (Javier Ruiz Caldera, 2013), Carmina o revienta (Paco León, 2012), El mundo es nuestro (Alfonso Sánchez, 2012), Barcelona, nit d’estiu (Dani de la Orden, 2013) o Requisitos para ser una persona normal (Leticia Dolera, 2015). Y aunque parezcan alejadas de Al servicio de las damas, todas estas comedias, y muchas más, se están convirtiendo en una herramienta bastante contestataria con el sistema económico, político, social y religioso que tanto ha marcado la vida de los españoles, tanto antes, como después del inicio de esta crisis interminable, allá por el 2008. La comedia nos acompaña en muchos aspectos de la vida, haciéndonosla más fácil, pero quizás sea hora de reconocerle a este género, tan denostado en tantas ocasiones, la capacidad crítica de la que hace gala en los momentos más necesarios.

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Alejandro Piera.

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