Los otros Romeo y Julieta

Una noche cualquiera, un joven llamado Romeo, estaba en una fiesta en París. Entre la gente, la música y el ruido, divisó a una joven que permanecía quieta, en silencio, bebiendo de su botella de cerveza. Ella observaba a su alrededor, hasta que sus ojos, coincidieron con los de Romeo. Ambos se acercaron.

– Romeo.

– ¿Bromeas?

– No ¿Por qué?

– Me llamo Julieta.

– ¿Estamos condenados a un destino terrible?

– No lo sé.

Estos otros Romeo y Julieta, supieron al instante que estaban enamorados. Celebraban cada día de su vida juntos como si fuera una fiesta que no parecía tener final. No se lo pareció cuando nació su hijo Adán, y tampoco, cuando entre llantos nocturnos del nuevo miembro de la familia, ejercían de padres primerizos sin saber muy bien cómo se hacía eso. Pero el cáncer llegó sin invitación, y anunciaba un fin de fiesta más que contundente. Adán tenía un tumor cerebral.

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Éste es el punto de partida de la multipremiada Declaración de guerra (La guerre est déclarée. Valérie Donzelli, 2011). Segundo largometraje como directora de la actriz y realizadora francesa Valérie Donzelli, que este año estrenó en Cannes su última película, la cuarta, Marguerite et Julien (Valérie Donzelli, 2015) todavía pendiente de fecha de estreno en España.

Mezclar las palabras “cáncer” y “bebé” en una frase es un asunto bastante peliagudo. Más peliagudo es tratar de hacer una película sobre la cuestión. Y, para complicarlo aun más, hacer una película sobre un niño con cáncer basado en una historia real (la de la propia Valérie Donzelli y su pareja en aquel momento, el actor y coprotagonista de la película, Jérémie Elkaïm) ya parece demasiado.

Todos estos ingredientes explosivos reúne Declaración de guerra y el resultado no podía ser más loable. El escenario de esta guerra no podría desprender más luz ni más verdad. Hay que tener un verdadero talento (y muy buen gusto) para llevar una historia así por el camino que Donzelli traza.

Y no es que Declaración de Guerra sea una oda a la vida, que también lo es, donde no hay lágrimas de los protagonistas, momentos de dolor, de sentirse perdidos, de verdadero miedo. No. Todo eso está. Están los hospitales, las salas de espera, los llantos del niño, de los padres, de los abuelos; pero también hay fuerza, borracheras, bromas, optimismo, serenidad, aceptación y humor. Todo esto es lo que consigue marcar el tono y el punto de vista, el verdadero carácter de este filme, que aterroriza y maravilla a partes iguales y a cada momento.

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Declaración de guerra es sobre todo una historia de amor, en el sentido más amplio de esa palabra, donde caben muchas cosas y muchas personas. Es amor familiar, amor a la amistad, a la vida, amor de pareja. Y esa pareja, la de Romeo y Julieta, la conforman dos personas que además son amigos, compañeros de suertes y desgracias, están unidos por el respeto, por la admiración, por el apoyo, y todo ello está conformado alrededor de unos términos de madurez y la igualdad absolutos. Y es este tipo de unión la que hace que, ante un varapalo de la vida como el que ellos sufren, se cree un vínculo indestructible para siempre, aunque no siempre signifique tener una vida en común.

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El tema de las relaciones personales está presente en todas sus películas y, en cada una de ellas, Donzelli da muestra de su libertad para aprovechar al máximo, sin tapujos ni prejuicios, los recursos expresivos y narrativos, poniendo el foco cada vez en una de las inagotables formas que puede tomar esta cuestión. En La reina de corazones (La Reine des Pommes, 2009) habló del despecho, las relaciones esporádicas y el sexo; en De la mano (Main dans la main, 2012) centró su atención en la pasión y la atracción que no permite que dos personas puedan separarse (literalmente, en este caso) y en Declaración de guerra, trata el amor como concepto amplísimo.

Rodada con una cámara Canon EOS 5D, a la que el director de fotografía, Sébastien Buchmann, ha exprimido todas sus posibilidades, Declaración de Guerra se mueve entre lo simbólico y real, a compás de una banda sonora que es tan importante en la película como la propia historia, y en la que tienen cabida desde temas electrónicos hasta Las cuatro estaciones de Vivaldi; y a ritmo de un cuidado montaje hecho de detalles, de miradas, de elipsis que nos llevan a lo realmente esencial, y de la combinación de escenas que requieren un tiempo de espera y de otras que necesitan ser contadas con una ligera aceleración.

Portada

Este relato de Romeo y Julieta tiene dos narradores (tres, en realidad). Uno de ellos, es una voz externa, que le imprime esa sensación de que alguien nos está contando un cuento. La segunda (y tercera) voz es la de ellos mismos; la que nos desvela sus pensamientos, lo que no se dicen el uno al otro, pero que adivinan con sólo mirarse o hacerse un gesto.

Julieta corriendo sin rumbo por los pasillos fríos y desiertos del hospital; la familia recibiendo la noticia de la enfermedad; las conversaciones a oscuras de los protagonistas o las borracheras en las fiestas a las que acuden para darse momentos de respiro, son algunas de las mejores secuencias de esta película; pero todas las que componen Declaración de Guerra de principio a fin son, sin duda, memorables.

María Jara.

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