El viaje de Arlo

Hace unos días Pixar celebraba su vigésimo aniversario. Sí, han pasado nada menos que dos décadas desde que Toy Story (John Lasseter, 1995) hiciera historia al convertirse en la primera película de animación hecha totalmente por ordenador. Esta revolución técnica, que todavía encabezan, abrió un enorme abanico de posibilidades para este género. Pixar es sinónimo de calidad técnica y además, inevitablemente, se ha convertido en un estándar con el que comparar el resto de películas de animación, pero también es sinónimo de un alto nivel narrativo, al haber transformado el tipo de historias que nos ofrecían habitualmente las películas de dibujos. Pixar ha conseguido que los niños disfruten con sus películas, pero que también lo hagan los adultos.

Ahora, Pixar, que por primera vez estrena dos películas el mismo año, nos propone un viaje a la era de los dinosaurios.

¿Qué pasaría si el meteorito que destruyó a los dinosaurios hubiera pasado de largo? Ésta es la fugaz premisa (les bastan apenas unos segundos para ponernos en situación) con la que arranca El viaje de Arlo (Peter Sohn, 2015). En este escenario, los dinosaurios conviven con los seres humanos primitivos y también tienen la posibilidad de desarrollar su inteligencia.

Arlo es el hermano pequeño de dos enormes dinosaurios, y no parece estar preparado para la vida adulta. Desde su nacimiento, sus padres vieron en él demasiada fragilidad y más tarde, ya en plena adolescencia, su aspecto enclenque y su desmesurado miedo a todo lo que le rodea, sigue suponiendo una preocupación para ellos y les crea muchas dudas sobre la futura supervivencia de su hijo. La pérdida de protección de su familia cuando Arlo sufre un accidente que lo aleja de su hogar, le obliga a hacer un gran esfuerzo por contener ese miedo que le paraliza y salir adelante.

Arlo 1

En este nuevo mundo en el que los dinosaurios parecen mucho más inteligentes que los humanos, no es de extrañar que cuando Arlo se encuentra con el que será su compañero de viaje, el pequeño Spot, los papeles queden invertidos y el niño, que no tiene miedo a nadie ni a nada y se comunica con gruñidos, se convierta casi (o sin casi) en la mascota de este dinosaurio, que es mucho más parecido a nosotros que este mini Homo Sapiens.

Arlo 2

El camino que recorre Arlo no es solamente en busca de su hogar y su familia, es un viaje hacia la madurez en el que, desprovisto de cualquier ayuda y cuando ya cree que todo está perdido, es capaz de enfrentarse a sus propios miedos y al entorno hostil en el que se encuentra. Al pobre Arlo le pasa de todo. El constante, y brusco, movimiento de las placas terrestres origina toda clase de desastres: lluvias torrenciales, desprendimientos de las montañas, ríos desbordados y hasta volcanes en erupción. No podría haber peor ocasión para perder de vista su hogar y recibir los duros golpes (literalmente) de esta naturaleza cambiante.

Durante su accidentado camino, se enfrenta a muchos enemigos, pero también encuentra ayuda en otros miembros de su especie. “Si no tienes miedo, es que no estás vivo” le dice un viejo dinosaurio. Arlo entiende que el miedo ayuda a la supervivencia, no hay que perderlo del todo, pero si no traspasa la barrera que le paraliza, se perderá también otras cosas maravillosas que esconde la naturaleza en la que vive.

Arlo 3

Narrativamente, El viaje de Arlo recupera la tradición más clásica de Disney, y trae a la memoria un título tan mítico de nuestra infancia como es El Rey León (Rob Minkoff y Roger Allers, 1984), pero también deja entrever Buscando a Nemo (Andrew Stanton y Lee Unkrich, 2003), e incluso Up (Pete Docter y Bob Peterson, 2009).

Técnicamente la película no tiene nada de clásico. El nivel de verosimilitud de los escenarios es realmente increíble. Es muy difícil llegar a distinguir un paisaje real del creado digitalmente para esta película. La calidad, los colores y la belleza de las imágenes, son realmente impresionantes. Para los creadores era muy importante el realismo del entorno y retratarlo con toda su crudeza, para que fuéramos conscientes de lo realmente duro que era para el protagonista, y vaya si lo han conseguido.

Arlo 4

Pixar se ha convertido en la compañía que conocemos, además de por su excelencia técnica y narrativa, por su filosofía y forma de trabajo. La película, supervisada por los pesos pesados de la compañía, John Lasseter y Lee Unkrich, dio muchas vueltas desde que se puso en marcha, allá por el 2009, hasta llegar a ser lo que es. Hasta que no estuvieron totalmente convencidos no pararon de buscar nuevas ideas.

No solamente cambiaron a los personajes (en un principio ni siquiera se plantearon que la protagonizara un dinosaurio), sino que cambiaron también de director. En un principio era Bob Peterson, pero la dirección pasó a Peter Sohn, que lleva muchísimos años trabajando en Pixar, pero como director solamente había estado en el cortometraje Parcialmente nublado (Peter Sohn, 2009). La banda sonora iba a componerla Thomas Newman, que ya había trabajado con ellos para Wall·E (Andrew Stanton, 2008) y que sí será el responsable de su próximo estreno, Buscando a Dory (Andrew Stanton, 2016), pero fue sustituido por Mychael Danna, ganador de un Oscar por La vida de Pi (Ang Lee, 2012).

De los cambios no se libraron ni los actores de doblaje. El reparto inicial iba a estar compuesto por algunos nombres como Neil Patrick Harris, John Lithgow y Frances McDormand, pero finalmente, esta última fue la única que quedó en el reparto final, y se le sumaron actores como Jeffrey Wright o Anna Paquin.

El viaje de Arlo, claramente, no es como todas las películas anteriores a las que Pixar nos tiene acostumbrados y en las que el público adulto podía disfrutar igual, o incluso más, que los pequeños. Es mucho más tradicional en su historia y, sí, también más simple. Pero eso no impide que al sentarnos en la butaca nos emocionemos con la música, las imágenes y este buen dinosaurio que, como nosotros desde que Pixar comenzó su viaje, se ha hecho mayor.

María Jara.

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