7 Formas geniales de empezar una película

Empezar una película no siempre es fácil. El cine, a lo largo de su historia, nos ha regalado verdaderas joyas en forma de secuencias de inicio. Desde planos secuencia tan memorables como los de Sed de mal (Orson Welles, 1958), El juego de Hollywood (Robert Altman, 1992) o Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998); hasta secuencias icónicas imposibles de olvidar, como en el caso de El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972) o 2001: Odisea en el espacio (1968). Nos hemos reído conociendo a los personajes con los que vamos a pasar la próxima hora y media (como mínimo), como en El guateque (Blake Edwards, 1968) o El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013); o nos hemos quedado flipados vista la maldad de los protagonistas, véase Malditos bastardos (Quentin Tarantino, 2009) o Scream, vigila quién llama (Wes Craven, 1996). A veces hemos empezado por el final, como en Perdición (Billy Wilder, 1944) u Origen (Christopher Nolan, 2010). Hemos disfrutado de temazos mientras conocemos a los personajes, como en Drive (Nicolas Winding Refn, 2009) o El diablo viste de Prada (David Frankel, 2006), al ritmo de Kavinsky y KT Tunstall, respectivamente. Y bailado como si no hubiese mañana, como en West Side Story (Jerome Robbins, Robert Wise, 1961) o Chicago (Rob Marshall, 2002). Si hasta hemos llorado en menos de dos minutos de metraje con Up (Pete Docter, Bob Peterson, 2009). Hoy os traemos una selección de comienzos míticos que nos encantan por su belleza, su trasfondo, su comicidad, su delicadeza y, sobre todo, por su ritmo.

  1. La gran belleza (Paolo Sorrentino, 2013)

Un inicio que, como toda la película, es una verdadera maravilla. Rodado de forma exquisita nos ayuda a conocer las dos caras de Roma, verdadera protagonista del film. La descubrimos en todo su esplendor diurno, con el agua de sus fuentes brillando cristalina bajo la luz del sol, escuchando el maravilloso canto de sirenas que impregna la cinta, y rodeada de turistas, japoneses para ser más exactos, dispuestos a retratar todo lo que haga falta y a dejarse llevar por el Síndrome de Stendhal. Pronto pasamos a la noche romana, en una azotea bajo la atenta mirada del logo de Martini y bailando la música de Raffaella Carra, dos grandes iconos italianos. Allí descubrimos la decadencia, el vicio, el sexo de la ciudad. Una amalgama de personajes mezclados entre sí, que van desde lo más esnob a lo más chabacano, de lo bello a lo repugnante, toda una representación de la burguesía romana que ningún pintor del Renacimiento italiano hubiese sido capaz de plasmar mejor. No es hasta pasados más de siete minutos y medio cuando conocemos a Jep Gambardella, protagonista de La gran belleza. Han sido minutos de espera que hemos disfrutado muchísimo. Rápidamente, nos rendimos a los encantos de Paolo Sorrentino, de la bellísima Roma y, especialmente, de Jep, ya que, como él, “estábamos destinados a la sensibilidad”.

  1. Bienvenidos a Zombieland (Ruben Fleisher, 2009)

El mundo está afectado por un apocalipsis zombie. Vale, genial. ¿Algo más? ¿No hemos visto eso millones de veces? Sí, pero un inicio tan genial como éste no. No hay nada mejor que tomarse algo tan aparentemente grave como esto con mucho humor. Y así, en voz en off, el personaje de Jesse Eisenberg nos explica cómo ha conseguido mantenerse a salvo mientras todas las personas de su alrededor iban sucumbiendo al virus o convirtiéndose en “Happy Meals humanos”. Cuatro reglas básicas, contadas con gran ironía y con ejemplos visuales: Mantenerse en forma, porque los gordos son los primeros en caer; doble disparo en caso de que dudes si el zombie que te quiere merendar está muerto; huye de los baños, ya que a los muertos vivientes les gusta pillarte desprevenido; y, sobre todo, ponte el cinturón, ya que va a ser un viaje muy movidito. Además, a la secuencia le siguen unos maravillosos títulos de crédito con música de Metallica.

  1. Trainspotting (Danny Boyle, 1996)

Uno de los monólogos iniciales más memorables de la historia del cine. Renton, personaje interpretado por Ewan McGregor y protagonista del film, nos cuenta contra qué ha decidido vivir su vida. “Elige una vida, elige un empleo, elige una carrera, elige una familia, elige una televisión jodidamente enorme”, así empieza el famoso monólogo, mientras vemos a Renton huir de la policía al ritmo de Lust for Life, de Iggy Pop. McGregor continúa, “elige una buena salud, elige el colesterol bajo, elige una hipoteca a plazo filo”, y pasamos a conocer a sus colegas, Spud, Sick Boy, Begbie y Tommy, mientras juegan un partido de fútbol sin la menor delicadeza. “¿Por qué querría yo eso?”, concluye mientras cae al suelo con un buen colocón.

  1. Reservoir Dogs (Quentin Tarantino, 1992)

Un inicio más disparatado que ver a un grupo de matones discutiendo sobre el significado de la canción Like a Virgin de Madonna rara vez se ha visto. Pero la conversación va mejorando por momentos: desde el debate sobre la carrera de la reina del pop, hasta el de por qué dejar o no propinas en un restaurante. Todo un despliegue de genialidad de Tarantino con unos diálogos más que brillantes. Y es que, Quentin Tarantino, además de uno de los mejores cineastas contemporáneos, tiene un don para iniciar sus películas. En las retinas de todos están grabados los comienzos de Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994), Malditos bastardos (Quentin Tarantino, 2009) o Django desencadenado (Quentin Tarantino, 2012). Ya veremos qué nos depara The Hateful Eight (Quentin Tarantino, 2015) que pronto podremos disfrutar.

  1. Terciopelo azul (David Lynch, 1986)

De una gran delicadeza estética, el comienzo de Terciopelo azul es impresionante. Con la fabulosa canción de Blue Velvet, de Bobby Vinton, disfrutamos de un paseo por un idílico vecindario en el que, además de cromáticamente armónico, todo es muy placentero. Algo sucede que contrasta con la melodía de la canción y que sirve a David Lynch para adentrar al espectador en el mundo subterráneo de la ciudad, sucio, mugriento y lleno de insectos. Todo un despliegue de medios para conseguir un contraste fabuloso que Lynch utilizará durante toda la película.

  1. Manhattan (Woody Allen, 1978)

Voz en off para Woody Allen, o más bien para su personaje (o para ambos), tratando de escribir las primeras frases de su novela. Una historia de amor, la de la novela y la de la película, entre el personaje principal y el autor con la ciudad de Nueva York. La música del genial compositor George Gershwin suena, haciéndose cada vez más espectacular, mientras Allen prueba distintas posibilidades, distintos párrafos, distintas reflexiones que podrían resumir su relación con su ciudad predilecta. Mientras tanto, imágenes de Manhattan en blanco y negro, mostrando todo el esplendor de su cotidianidad. Finalmente, Allen concluye “Nueva York era su ciudad y siempre lo sería”, dejando paso a el clímax musical de Gershwin, aderezado por unos fuegos artificiales apoteósicos sobre la silueta nocturna de su ciudad, Nueva York. Porque ya pueden ponerse por delante Londres, Barcelona, París o Roma, pero la relación de Woody Allen con Nueva York siempre ha sido increíblemente magnética.

  1. El Rey León (Bob Minkoff, Roger Allers, 1994)

Disney siempre ha tenido un don especial para los inicios de sus películas (¿hace falta que hablemos de Bambi (David Hand, 1942)?), pero posiblemente el de El Rey León sea uno de los más recordados en cuanto a películas de animación antes de la llegada de Pixar, hace ya veinte años. Todo un despliegue de medios para retratar a todo el reino animal acudiendo a saludar a su futuro líder, el hijo de su rey. Acompañada de una canción imposible de cantar (a pesar de que todos lo hemos intentado demasiadas veces), que alcanza su clímax en el momento en el Rafiki presenta a Simba a todos los animales de la sabana, el inicio del mítico filme transmite ritmo, fuerza y grandeza.

Muchos inicios se quedan en el tintero, pero teníamos que elegir siete.

Alejandro Piera.

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