¿Y los personajes femeninos extraordinariamente cotidianos?

El héroe. O los dos amigos. Un ejército de valientes. Y ahí está, entre ellos, esa mujer extraordinariamente hábil que quita el hipo, y que merece esa única vacante femenina que la película ha reservado para ella. Si pensamos en una película, en el 80% de los casos se cumplirá esta popular premisa. O lo que es lo mismo: no pasará el test de Bechdel. En los años 80, Alison Bechdel publica The Rule en su cómic Lo indispensable para unas lesbianas de cuidado, unas condiciones ideadas por su amiga Liz Wallace para no caer en ese machismo cinematográfico tan recurrente:

1-   La película debe tener al menos dos personajes femeninos,

2-   que hablen el uno con el otro durante la película

3-   y cuya conversación sea sobre algo diferente a los hombres.

Comic de Bechdel

Posteriormente y en muchas ocasiones se añade la premisa de que esos personajes deben tener además nombre propio, aunque realmente Bechdel ni siquiera puso esa condición en su publicación original. ¿Fácil, no? Entonces ¿por qué cuesta tanto encontrarlas?

La enorme mayoría de las películas que se ofrecen al gran público no cumplen ninguna de las tres reglas de Bechdel. Si pensamos en el rol de la mujer que se nos ha venido mostrando en la sociedad, efectivamente consiste en un papel secundario y normalmente supeditado a la labor del hombre. En el cine pasa más de lo mismo: tenemos mujeres para crear un conflicto entre los hombres, como en las numerosas películas sobre triángulos amorosos, desde Sabrina (Billy Wilder, 1953) hasta Pearl Harbor (Michael Bay, 2001); por supuesto cientos de mujeres como objeto de deseo, desde la inolvidable Gilda (Charles Vidor, 1946), hasta Jane Foster, el insulso personaje que le tocó representar a Natalie Portman en Thor (Kenneth Branagh, 2011); o, en un segundo plano, esas esposas modelo que dan ejemplo a las demás, como algunos de los personajes que solía interpretar frecuentemente June Allyson, bautizada como “la esposa de Hollywood” de los años 40 y 50.

Durante los años 70, con el auge del cine de ciencia ficción y de acción, llegaron un sinfín de heroínas a la gran pantalla, que aunque seguían siendo objeto de deseo y el conflicto de muchos triángulos amorosos, sientan las bases de una nueva generación de mujeres tan poderosas como sus compañeros de reparto (eso sí, más de una por película no, gracias): la princesa Leia en la primera saga de Star Wars (George Lucas, 1971-1983), Sarah Connor de Terminator (James Cameron, 1985) o la policía Clarice Starling de El Silencio de los Corderos (Jonathan Demme, 1991). Incluso surgen series como Los Ángeles de Charlie (Ivan Goff, Ben Roberts, 1976-1981) que aparentemente podrían pasar el test de Bechdel: en este caso, la protagonizan tres mujeres, que hablan entre ellas y sobre cosas que no son solamente los hombres. Pero sinceramente, estas tres atractivas mujeres con súper habilidades a las órdenes de un hombre al que se presenta como ente superior, no son lo más representativo del feminismo en la ficción.

Las (súper) mujeres empezaron a ser más visibles en la gran industria cinematográfica. Madres, amas de casa, trabajadoras… quedan más a menudo en la sombra. ¿Es esto un avance? ¿O simplemente ese tipo de mujeres “corrientes” no se consideran interesantes para el gran público? ¿dónde están las mujeres cotidianas? ¿Las que no tienen súper poderes o súper cuerpos, las que envejecen, las que se equivocan o las que se quedan solteras?

Hace unos años que en Hollywood se han dado cuenta del potencial de este tipo de personajes, presentándonos en 2015, sin ir más lejos, interesantísimas mujeres como Elle, Lily Tomlin en Grandma (Paul Weitz, 2015), una abuela que trata de ayudar a su nieta a conseguir dinero; Carol, Cate Blanchet en Carol (Todd Haynes, 2015), una mujer madura recién divorciada que se enamora de otra mujer en la década de los 50; o Joy, Jennifer Lawrence en Joy (David O. Russell, 2015), una madre soltera que se convierte en inventora de productos para el hogar.

Sin embargo, no tenemos que esperar a 2015 para saber que estos personajes de mujeres cotidianas, con las que la mayor parte de espectadoras se puede identificar, resultan tan inolvidables o más que las súper heroínas de las que hemos hablado. Recordando algunas de ellas encontramos películas como Eva al desnudo (Joseph L. Mankiewicz, 1950), que nos sumerge en la rivalidad entre dos actrices: Margo (Bette Davis), una veterana estrella consagrada del teatro que sufre el peso de los años, y Eva (Anne Baxter), una joven que quiere abrirse camino en el mundo del espectáculo y está dispuesta a triunfar caiga quién caiga, especialmente Margo. Esta historia habla de la rivalidad entre dos mujeres, el paso del tiempo o la codicia a través de dos personajes femeninos auténticamente humanos.

En Días de Vino y Rosas (Blake Edwards, 1962) la actriz Lee Remick encarna el personaje de Kirsten Anudsen, una mujer a la que su marido mete en el mundo del alcohol. Un vicio del que les resulta casi imposible escapar a pesar de la hija que tienen en común, y que irá atacando con más fuerza a Kirsten a medida que avanza la película. Esta visión de una mujer bebida, con mal aspecto, que sucumbe a esta adicción y deja de lado incluso a su hija, no es algo a lo que el cine nos tenga acostumbrados, y más aún en la década de los 60. Es una absoluta antiheroína. Y sin embargo nunca olvidaremos su mirada perdida y su voz desesperada sosteniendo la botella de alcohol.

Dias de Vino y Rosas

El color púrpura (Steven Spielberg, 1985) habla de la esclavitud en EEUU desde la perspectiva de Celie (Whoopi Goldberg), una esclava afro-descendiente retraída y poco agraciada, obligada a casarse con un marido que la maltrata y que inicia una amistad muy especial con la amante de éste. La escena en la que ambas mujeres, hablan, fuman, ríen y disfrutan de un momento juntas es de las más encantadoras y vivas del film.

Thelma & Louise (Ridley Scott, 1991), o Geena Davis y Susan Sarandon, acuden a nuestra mente en cada viaje de amigas (sí, a pesar de los motivos que impulsan su propio viaje, la sensación de diversión, contratiempos y libertad que transmiten son tan reales que nos hacen vernos en ellas), y Juno (Jason Reitman, 2007) es un personaje femenino tan bien construido, que nos ha hecho ver que una película sobre un embarazo adolescente puede ser lo más interesante y conmovedor del mundo.

El éxito e inmortalidad de estos personajes nos hace replantearnos por qué la gran industria del cine no se ha atrevido a apostar más a menudo por ellos, por qué ha tardado tanto en reaccionar hasta que realmente podemos ver un buen número de estos en pantalla. Una tendencia que no debe quedar en “la oleada de películas con mujeres cotidianas de los 2010”.

No se trata de no hacer personajes extraordinarios, sino de darle una oportunidad real a aquellos con los que nos identificamos, de dibujar perfiles femeninos más auténticos, tengan o no habilidades fuera de lo común. No es cuestión de dejar de crear “súper mujeres”, sino de ser conscientes de que también se encuentran en la cotidianidad, de que lo extraordinario puede estar en su día a día.

Milena Cañas

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