María Callas. La leyenda renace en la pantalla

Hay personajes que generan a su alrededor una fascinación que trasciende su profesión. María Callas es uno de ellos. Películas como Callas Forever (Franco Zeffirelli, 2002), Callas y Onassis (Giorgio Capitani, 2005), Onassis: El hombre más rico del mundo (Waris Hussein, 1988) o la obra de teatro Master Class (Terrence McNally, 1995), que todavía se sigue representando, tienen a María Callas como protagonista. Todas ellas cuentan pasajes de su vida pero, sobre todo, aquellos que tienen que ver con su tormentosa relación con Aristóteles Onassis y posterior decadencia hasta su muerte. En este sentido, es en el terreno del documental donde se has esforzado más en dar con los puntos clave que marcaron toda su vida, su fuerte personalidad y su prodigioso talento.

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No es necesario conocer en profundidad toda su carrera ni ser un erudito de la ópera para fascinarse con la personalidad de La Divina, como la llamaban. Callas (Tony Palmer, 1981) consigue sumergirnos en su vida y emocionarnos mostrando a la mujer de la que todo el mundo hablaba pero pocos conocían de verdad.

Tony Palmer es el responsable de algunos de los mejores documentales musicales del cine y ha retratado, entre otros muchos, a The Beatles, Jimi Hendrix o Pink Floyd, pero además, su fascinación por la música clásica, el teatro y la ópera, género en el que también ha trabajado como director, le ha llevado a indagar en las vidas de Igor Stravinsky, Richard Wagner o Carl Orff, hasta llegar a la de María Callas con un documental considerado el más completo y cuidado que se ha hecho de la artista hasta la fecha.

Mediante entrevistas con directores, profesores y otros compañeros que compartieron escenario con ella, fragmentos de entrevistas que concedía en televisión y actuaciones, Tony Palmer, va reconstruyendo la vida de la soprano griega. El retrato de esta Prima Donna en el documental es emocionante, lleno de pequeños detalles y anécdotas contadas por quienes la conocieron detrás de los escenarios y las cámaras.

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Hija de emigrantes griegos, nació en Nueva York en 1923, pero pronto volvería con su hermana y su madre a Grecia, tras ser abandonadas por su padre. Este hecho y la conflictiva relación con su madre, marcarían muchísimo su personalidad.

Después de formarse en el conservatorio de Atenas, con poco más de veinte años, y en plena Segunda Guerra Mundial, debutó en la ópera de Atenas y protagonizó algunas de las óperas más famosas de la historia de la música, como Madame Butterfly, Turandot o Fidelio.

Pero el éxito no llegó en ese momento. Las críticas no eran muy claras, algunos estaban fascinados con su voz y su físico a otros les horrorizaba. Decían que era demasiado corpulenta, que tenía los ojos y la nariz muy grandes, que su boca era enorme, incluso, la llegaron a comparar con la Estatua de la Libertad. Y, sin embargo, a nadie le fue indiferente su presencia en el escenario. Interpretaba cada aria como si la sufriera en su propia piel. Precisamente, esa forma de interpretar era lo que la hacía verdaderamente única. Su personalidad teatral se trasladaba a su voz, sincera y expresiva. María Callas contaba una historia, recitaba cantando.

Ella no escuchaba las opiniones de los demás, su mayor crítica se la hacía ella misma. Autoexigente hasta la saciedad, capaz de suspender una actuación en mitad de un acto si sentía que no estaba a la altura de las expectativas, se nombraba a sí misma María, cuando quería hablar de la persona, y La Callas cuando se refería a la cantante.

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Los años 50’ fueron sus años de plenitud. Su gira por Italia coincidió con el rodaje de Vacaciones en Roma (William Wyler, 1953) y ella misma dijo que quería ser como Audrey Hepburn. No solamente bajó más de 30 kilos de peso, sino que comenzó a vestir a grandes diseñadores y pasó a considerarse icono de glamour, frecuentar los actos de la alta sociedad y a ser la mujer más seguida por la prensa de la época, De hecho, hoy en día se la sigue considerando la Audrey Hepburn de la ópera.

En el camino encontró profesionales con los que continuó perfeccionando sus técnicas vocales e interpretativas como Lucchino Visconti. Coincidieron en la época dorada de la artista y por aquel entonces él dirigía sus primeras óperas en La Scala de Milán. Sus colaboraciones les llevaron a forjar una gran amistad basada en una gran admiración mutua. Visconti ayudó a Callas a pulir las dotes interpretativas que la caracterizaron desde sus inicios. Ella creía que su éxito en los escenarios, y así lo confirmaban sus compañeros, era sumar una mente lúcida que trabaje durante la actuación, a una parte perturbada. Dejaba parte de su actuación a lo irracional, a lo completamente emocional. María Callas se entregaba totalmente a la canción y según cuentan sus compañeros, ni siquiera veía, parecía estar totalmente enajenada, y que también fuera de los escenarios parecía vivir constantemente en una aria.

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Fue en uno de esos eventos selectos, en los que su nombre ya se había hecho indispensable, donde conoció al magnate Aristóteles Onassis, del cual se enamoró perdidamente. Se divorció de su marido Giovanni Meghini y creyó que Onassis le pediría matrimonio. No sólo no ocurrió, sino que la abandonó repentinamente y se casó con Jacqueline Kennedy. Durante los primeros años de su tortuosa relación con el magnate prácticamente no subió a los escenarios, su agenda estaba repleta de demasiados actos sociales. A su vuelta, el debilitamiento de su voz era evidente y aceleró el declive en el que se sumió su carrera poco después.

A finales de los años 60’, ya sin Onassis en su vida, intentó probar suerte en otras disciplinas. Protagonizó en el cine Medea (Pier Paolo Pasolini, 1969), impartió clases de canto e incluso dirigió una ópera, pero la diva no encontró su lugar en ninguno de estos campos.

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Todavía, a principios de los años 70’, tras casi ocho años sin cantar, hizo un último intento por resucitar. Su amigo y compañero habitual en óperas, el tenor Giuseppe di Stefano, intentó que iniciaran una nueva gira de recitales en la que cantaran sus colaboraciones más conocidas. En 1974, Japón sería el último lugar que vería a La Divina cantar.

Los tres años que restaban hasta su muerte en 1977, María Callas se recluyó en su casa, medicándose y escuchando una y otra vez sus actuaciones, La Callas nunca volverá a cantar así”, decía, lamentándose por una voz que nunca recuperaría.

El cine muestra que la fascinación por María Callas sigue viva. Hay dos producciones en marcha sobre ella. Una es Callas, de Niki Caro, que se estrenará en 2017 y estará protagonizada por Noomi Rapace, que también se perfila como favorita para dar vida a Amy Winehouse en un próximo biopic, y Mike Nichols dirigirá para la HBO próximamente otra película en la que Meryl Streep será esta diva de la ópera.

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Quizá las próximas películas que están por venir consigan crear un retrato completo, más allá de los episodios sensacionalistas que hemos visto en otras. Desde luego, la vida y personalidad de María Callas merecen una ficción a su altura que, al menos, tenga la misma fuerza y seduzca tanto como ella.

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