Vivian Maier. La mujer de la cámara

Buscando a Vivian Maier (John Maloof, Charlie Siskel, 2013) podría compararse con Searching for Sugar Man (Malik Bendjelloul, 2012). Los dos tienen en común, además de haber pasado por la alfombra roja de los Oscar, aunque el segundo no consiguiera finalmente el premio, que son el relato de una emocionante búsqueda. Los dos documentales tratan de encontrar a alguien, Sixto Rodríguez, en el caso del primero y Vivian Maier en el segundo título, partiendo de poca información que tendrán que ir ampliando para poder reconstruir su vida.

Pero la investigación de Buscando a Vivian Maier es mucho más obsesiva y contiene muchos más interrogantes, no sólo de su director, John maloof, hacia quién fue esa mujer que retenía absolutamente todo en instantáneas, sino que también nos lanza preguntas a nosotros, que como él, tratamos de dar con las razones de por qué esa misteriosa mujer guardó ese talento en un baúl durante toda su vida.

En 2007, John Maloof compró un par de cajas llenas de negativos en una casa de subastas. La única información que le dieron sobre ellas era que pertenecían a una mujer llamada Vivian Maier. Maloof observó las fotografías y quedó impactado por la calidad de las mismas. Buscó a la propietaria en internet y la búsqueda no le devolvió ningún resultado. Escaneó todas las fotografías y abrió un blog en el que publicarlas. El fenómeno comenzó a dispararse y ahí entendió que estaba ante un trabajo realmente extraordinario. A partir de ahí, se propuso reconstruir el resto de su obra contactando con la gente que la conoció o que podría, como él, haber comprado negativos de sus fotografías.

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Excéntrica, reservada, misteriosa o solitaria. Llevaba ropa ancha, sombreros, coleccionaba billetes de tren, cogía cosas de la basura y apilaba tantos periódicos que llegaban a tocar el techo. Siempre cerraba su habitación con un enorme candado y, lo más importante, siempre llevaba una cámara Rolleiflex colgada al cuello. Estas son las observaciones de quienes la conocieron, o eso pensaban hasta el momento, y convivieron durante mucho tiempo con ella. Nuestra protagonista, esta mujer que guardó en enormes baúles más de 150.000 negativos, cintas de vídeo y cassettes que grababa a modo de diario, no se ganó nunca la vida como fotógrafa, sino como niñera.

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A medida que Maloof va conociendo más sobre Vivian Maier, más crece su obsesión por dar a conocer su trabajo y dar con las pistas de por qué nunca quiso hacer de ello su profesión. Contacta con los departamentos de fotografía de los museos más prestigiosos y todos coinciden, asombrados ante las imágenes de esta mujer desconocida, en que su nombre podría figurar, sin ninguna duda, en los libros junto a los de Robert Frank, Walker Evans, Diane Arbus o Garry Winogrand. Claro, que lo de acceder a revelar el resto de carretes y exponer su obra, ya es otro cantar, y además, John Maloof iba poco a poco cayendo en la cuenta de otra cosa: Estaba intentando por todos los medios exponer el trabajo de una persona que nunca quiso, o al menos eso parecía, hacerse conocida. ¿Estaba él, con esto, traicionando a Vivian Maier?

De sus fotografías y objetos guardados se extraen varias conclusiones que ayudan a clasificar su obra y a entender algo más de esta misteriosa fotógrafa secreta. La primera de ellas, es que su vocación podría haber sido la de periodista. Le llamaban la atención los hechos que tenían que ver con la sordidez de la sociedad, acumulaba periódicos y los fotografiaba, e incluso se desplazaba a los lugares de los hechos para retratarlos. Tampoco dudaba en fotografiar a una ambulancia llevándose a un enfermo o una detención policial si se cruzaban en su camino.

Los retratos de personas que iba encontrando por las calles también ocupan gran parte de sus negativos. En las entrevistas a las familias para las que trabajó, los que fueron niños en esa época, son un testimonio muy importante de su forma de trabajar, puesto que ellos iban con su niñera a esas largas caminatas que daba sin parar de disparar su cámara. Ni siquiera parece haber una coincidencia en su método, puesto que algunos aseguran que intentaba ser invisible ante el sujeto que quería fotografiar y otros, que no solo no pretendía ser invisible, sino que pedía, en ocasiones de muy malas maneras, la pose para su foto.

Los autorretratos tampoco escasean, en cada espejo o escaparate encontraba su momento para fotografiarse.

Por último, en la línea de los retratos, está el retrato de las calles. No sólo las de Nueva York, donde vivía, sino de cualquier ciudad por la que pasaba. Su cámara ha captado también la vida de muchos países de América del Sur, de la India o Tailandia, cuando hacia la década de los años 60’ hizo un parón en su trabajo de niñera y se dedicó a viajar acompañada únicamente con su Rolleiflex.

Todas sus instantáneas capturan ese instante decisivo, que solamente puede ver quien mira lo cotidiano y encuentra lo extraordinario.

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Todo apunta a que Vivian Maier falleció en el año 2009. Vivía sola en un apartamento y sus vecinos la conocían por estar sentada siempre en el mismo banco del parque, en silencio, rebuscando en la basura, o gritándole a alguien. La última vez que la vieron, iba en una ambulancia.

John Maloof consiguió, finalmente, que algunos de los mejores museos acogieran su obra, que ahora se expone por todo el mundo. Una recompensa a una búsqueda incansable para situar a Vivian Maier donde nunca estuvo en vida, donde sabía que merecía estar, pues las primeras negativas institucionales no fueron suficientes para que diera marcha atrás en un proyecto que ya no podía pararse y que el público había legitimado con su reacción hacia las fotografías. Ahora, gracias a ellas, conocemos más de la vida en esas calles de los años 50, 60, 70, de su gente, y de una mujer que capturaba instantes de la vida cotidiana en secreto.

María Jara

Imágenes extraídas de www.vivianmaier.com

 

 

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