La gran apuesta por contar la historia económica del s. XX

El mundo del cine está en plena temporada de premios. Todos esperan la llegada de los Oscar, al abrazo de los cuales ha crecido la película La gran apuesta (Adam McKay, 2015), que nunca partió como una de las favoritas en la carrera hacia los mismos, pero que de repente ha vivido un momento de esplendor. Esta semana se estrena en España la que previsiblemente será la película que logre alzarse con el Oscar al Mejor Guión Adaptado, gracias al trabajo que el propio Adam McKay y Charles Randolph han hecho adaptando la novela de Michael Lewis The Big Short: Inside the Doomsday Machine. También tiene posibilidades de conseguir los de Mejor Actor de Reparto, para Christian Bale, y Mejor Montaje. Menos probable es que la película y su director, Adam McKay, se alcen con los dos galardones más importantes, los de Mejor Película y Mejor Dirección, que completan sus cinco nominaciones en esta edición de los premios Oscar.

La película cuenta cómo unos cuantos trabajadores de Wall Street y derivados, se dan cuenta de que la burbuja inmobiliaria está a punto de explotar, lo que provocará el colapso de la economía mundial. Hecho que estos expertos aprovechan para enriquecerse, todavía más. La película no tiene nada del otro mundo: unos diálogos llenos (y rellenos) de palabrejas a las que el espectador medio no encuentra sentido; un intento de recrear personajes como el Jordan Belford de El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013), pero con los que el espectador no llega a empatizar; un montaje rápido que entremezcla imágenes de algunos importantes acontecimientos de la década de los 2000; y poca cosa más. Ni siquiera consigue provocar en el espectador sentimientos de ira, rabia, asco o fascinación al ver los mecanismos por los que una élite económica autoproclamada acabó con los sueños y las economías familiares de miles de ciudadanos de todo el mundo.

El cine se ha servido, en numerosas ocasiones, de la economía para contar historias de superación o de estrepitoso fracaso; pero también para defender las virtudes del capitalismo o denunciar sus abusos; para retratar el auge de un imperio o las malas prácticas de grandes empresas; para explicar las claves del desarrollo económico mundial o hablar de la situación del pequeño negocio. Aprovechando el estreno de La gran apuesta, hemos decidido hacer un pequeño repaso por cómo se han mostrado, a lo largo de la historia del cine, determinados acontecimientos económicos mundiales, especialmente del s. XX.

La Revolución Industrial trajo consigo una gran oferta de trabajo que provocó un éxodo masivo de la población agrícola hacia las grandes ciudades, para convertirse en trabajadores industriales y rendirse ante la producción en cadena. Ya nos lo contó Charles Chaplin en Tiempos modernos (Charles Chaplin, 1936) o Josef von Sternberg en La última orden (Josef von Sternberg, 1928). A partir de ahí, en las fábricas hemos visto desde películas de animación, como Monstruos S.A. (Pete Docter, Lee Unkrich, David Silverman, 2001), hasta historias de amor, como en Oficial y caballero (Taylor Hackford, 1982), pasando por musicales bizarros, como Bailar en la oscuridad (Lars von Trier, 2000).

Pero la Revolución Industrial también trajo consigo los primeros movimientos de trabajadores que luchaban por sus derechos, como lo plasma la película belga Daens (Stijn Coninx, 1993). La huelga (Sergei M. Eisenstein, 1925) fue uno de los primeros largometrajes en hablar de los derechos de los trabajadores y de la lucha obrera, que, en este caso, se rebelaba en contra del sistema zarista en Rusia. La sal de la tierra (Herbert J. Bieberman, 1954) es otro de los polémicos ejemplos, que retrataba una huelga minera en Nuevo México, al mismo tiempo que hablaba de la emancipación de la mujer, ambas razones por las que el famoso senador McCarthy incluyó a Bieberman, director de la cinta, y a la protagonista de la misma, Rosaura Revueltas, en la lista negra de Hollywood. Porque ya se sabe que al poder nunca le ha gustado que la clase trabajadora abra la boca. Los derechos de la mujer trabajadora también se plasmaban en la británica Pago justo (Nigel Cole, 2010), en la que las trabajadoras de una planta de Ford en los años 50, encabezadas por la intérprete Sally Hawkins, se ponían en huelga para conseguir la misma retribución que sus compañeros varones. Hasta El Mago de Oz (Victor Fleming, 1939) es una película basada en un cuento homónimo que fue creado para explicar la situación de los agricultores, ganaderos y trabajadores americanos en la mitad del s. XIX. Y aunque la película perdió algunas cosas con respecto al cuento original, no es difícil imaginar quién es quién entre los divertidos compañeros de Dorothy (Judy Garland). Y es que, siguiendo el camino de baldosas amarillas, los trabajadores han tenido que pelear mucho por sus derechos como tales; contra prácticas empresariales despiadadas; a favor de la igualdad entre sexos o razas. Claros ejemplos son Norma Rae (Martin Ritt, 1979), Los lunes al sol (Fernando León de Aranoa, 2002) o En tierra de hombres (Niki Caro, 2005).

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Pero el séptimo arte también ha retratado el surgir de grandes industrias como la petrolera, que nos ha regalado películas como Pozos de ambición (Paul Thomas Anderson, 2007), Gigante (George Stevens, 1956) o Escrito sobre el viento (Douglas Sirk, 1956), aunque simplemente se hicieran servir del petróleo como pretexto para regalarnos maravillosos melodramas. También, la más reciente industria tecnológica, cuyos biopics y demás productos surgen como setas a la sombra de personalidades como Steve Jobs o Mark Zuckerberg. La última, Steve Jobs (Danny Boyle, 2015), polémica cinta sobre la vida del fundador de Apple, protagonizada por Michael Fassbender y Kate Winslet, entre otros, quienes han conseguido una nominación al Oscar por su trabajo, y guionizada por Aaron Sorkin. Y es que, Sorkin no es nuevo en esto de Silicon Valley, ya que también firmó el premiado guión de La red social (David Fincher, 2010), celebrada película sobre el nacimiento de Facebook.

Los problemas económicos que surgieron tras las devastadoras guerras del s. XX también han sido retratados en numerosas ocasiones por el cine. Porque, resurgir económicamente tras una guerra es muy difícil, sino pregúntenle a Scarlett O’Hara, protagonista de Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939), que tras la Guerra de Secesión de Estados Unidos, tuvo que reflotar su fortuna a base de duro trabajo y esfuerzo. Tras las guerras, los países necesitaban dinero para recuperarse e invertir en el propio estado, por ello, Berlanga se reía de las promesas del Plan Marshall en Bienvenido, Mr. Marshall (Luis García Berlanga, 1953), donde los humildes vecinos de Villar del Río hacían todo lo posible para que los dólares americanos se quedasen en el pueblo. Billy Wilder nos habló, en clave de comedia, de los beneficios y ventajas del capitalismo frente al comunismo soviético, primero con la II Guerra Mundial a punto de estallar, recién escapado de Europa frente al horror del nazismo, como guionista de Ninotchka (Ernst Lubitsch, 1939), en la que Greta Garbo interpretaba a una convencida comunista que luchaba por no sucumbir a las excitantes tentaciones del capitalismo; o en plena Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS, como en Uno, dos, tres (Billy Wilder, 1961), donde James Cagney era un directivo de Coca-Cola que tenía que expandir el negocio en la Alemania Oriental dominada por los soviéticos.

También, gracias al cine, hemos revivido el furor por las finanzas que protagonizó los anhelados años 80. Hombreras, móviles gigantes, Versace, cocaína, canciones disco y Gordon Gekko. Para quién no lo sepa, Gekko era el personaje protagonizado por Michael Douglas en Wall Street (Oliver Stone, 1987) que con sus malos usos, dio con sus huesos en la cárcel, hasta que en 2010, salió de prisión en Wall Street: El dinero nunca duerme (Oliver Stone, 2010), para seguir con sus prácticas habituales. Y es que, así era y es Wall Street, despiadado, sin escrúpulos y con un único objetivo: enriquecerse a toda costa. Algo que también nos enseñó el más reciente Jordan Belfort, o lo que es lo mismo, Leonardo DiCaprio en El lobo de Wall Street. Martin Scorsese supo dirigir la película de una forma magistral, mostrando los excesos y las prácticas que llevaron a la economía global a colapsar en 2008. La película es tan asquerosamente atroz que produce repulsión al mismo tiempo que no se puede dejar de disfrutarla y seguir su ritmo frenético, como si fuese una metáfora de la situación actual, en la que nuestro odio al capitalismo es tan grande como la necesidad innata de participar de él, y cuanto más mejor.

Y más cercana en el tiempo es la representación de la crisis económica mundial que sufrimos desde el 2008 y que ha llevado a aumentar los índices de desigualdad de forma despiadada. En clave similar a La gran apuesta, encontramos Margin Call (J. C. Chandor, 2011), que nos cuenta las 24 horas previas al inicio de la crisis, inaugurada con la caída de Lehman Brothers, desde el punto de vista de distintos empleados y directivos de un banco de inversión americano. Inside Job (Charles Ferguson, 2010) desvela, en clave de documental, la corrupción sistémica de los servicios financieros norteamericanos y las consecuencias de la misma en la ya conocida crisis. En clave más microeconómica, el cine nos ha regalado también pequeñas joyas que plasmaban como el pueblo llano, la gente de a pie, ha sufrido las devastadoras consecuencias de la crisis. Cinco metros cuadrados (Max Lemcke, 2011), que nos habla del drama que han vivido y viven muchos españoles tras el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, por desgracia motor económico de España durante demasiado tiempo. En Dos días, una noche (Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne, 2014), vemos como una trabajadora, interpretada por Marion Cotillard, tiene que luchar por su puesto de trabajo ante los abusos de la empresa para la que trabaja, un duro reflejo de la maltrecha situación laboral actual en Europa. Nada que no sepamos bien en España, donde el desempleo sigue siendo altísimo, continúa la fuga de talentos y la precariedad laboral se ha convertido en una constante en la vida de los jóvenes, casi condenados a ser como Robert de Niro en El becario (Nancy Meyers, 2015), con contratos de prácticas a los 70 años.

Alejandro Piera.

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