Los lobos de Manhattan

Anochece en Nueva York. Nos acercamos a un edificio, propiedad del gobierno, situado en el barrio Lower East Side de Manhattan. Pronto dejamos el exterior para verlo desde una ventana, como los protagonistas de este documental. The WolfPack (Crystal Moselle, 2015) nos invita a un extraño hogar en el que siete hermanos han vivido recluidos toda su infancia, y parte de la adolescencia, y cuyo único contacto con el mundo exterior es el cine.

La familia Angulo, compuesta por Susanne y Oscar, los padres, y Mukunda, Narayana, Jagadisa, Bhagavan, Govinda, Krisna y Visnu, todos ellos nombres provenientes del sánscrito, los hijos (seis chicos y una chica sin voz ni voto en toda la historia), vive en este vecindario hace muchos años, pero no tienen relación con nadie exterior. El padre, practicante a conveniencia y según el día del movimiento Hare Krishna, quiso crear una comunidad propia con su familia y alejarlos del mundo exterior para evitar cualquier peligro. Únicamente salen de casa en verano (en ocasiones contadas) o si se trata de alguna urgencia. Solamente hay algo que este señor, por llamarlo de alguna manera, y cuyas buenas intenciones resultan bastante dudosas, no ha prohibido a sus hijos: ver películas. Las estanterías están llenas de una colección de más de cinco mil títulos que no sólo se limitan a ver una y otra vez, sino que transcriben sus diálogos, copian el vestuario y representan sus escenas favoritas.

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La historia tiene un ambiente de lo más inquietante. Es agobiante, sórdido, raro, inexplicable. Nunca sabemos muy bien hacia dónde nos lleva la historia, en qué punto están sus protagonistas. No sabemos, tampoco, si estamos asistiendo al final de una etapa o estamos en medio de ella. Poco a poco (el montaje no ayuda demasiado) vamos descubriendo que estamos en un proceso de huída. Estos hermanos han empezado a desobedecer a su padre y salen a la calle. Uno de ellos abrió la veda, hace un tiempo, escapándose en secreto. Hasta entonces, creían que el mundo era el de las películas. Los peligros del exterior, de los que tanto les había advertido su padre, eran para ellos como los de Reservoir Dogs (Quentin Tarantino, 1992), Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994) o Batman: El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008). No podía ser de otra manera, de alguna forma debían imaginar esa ciudad que nunca habitaban. Tampoco es de extrañar que cuando el primero de ellos se escapó de casa, lo hiciera ataviado con una máscara. Con lo que no contó es que si te ven con una máscara en un supermercado lo más seguro es que el resto de mortales se extrañen e incluso llamen a la policía, que fue lo que ocurrió.

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Crystal Moselle, directora del documental, conoció a esta familia en una de sus salidas al parque. Enseguida se fijó en ellos. Estos hermanos (los hombres, porque la chica y la madre no salen de casa) lucen una melena larguísima, se parecen muchísimo entre ellos, van siempre juntos y para sus salidas van casi siempre vestidos como los protagonistas de Reservoir Dogs. Así que se acercó a ellos y les preguntó. Ellos, claro, quedaron fascinados con el hecho de que aquella chica se dedicara al cine, así que siguieron manteniendo el contacto y la invitaron a su casa. Era la primera visitante externa que entraba allí y, además, lo haría durante meses para grabarles.

Imagen 3 - Portada

Durante toda la película las apariciones del padre son mínimas. A veces la cámara consigue captarle paseando por el pasillo antes de encerrarse en otra habitación, o hablando con su mujer. Ella sí aparece en alguna ocasión más, charlando ante la cámara, contando su parecer ante la insólita situación. Dice encontrarse en medio de su marido y sus hijos, a los que admira por defender en lo que creen y tomar decisiones propias. Esta mujer, que creció en el campo, imaginaba otra vida, desde luego mucho más luminosa y menos asfixiante que la de este destartalado piso.

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El documental es atractivo por lo que cuenta, por su insólita e inverosímil historia, pero para nada por cómo está concebido, se queda nadando siempre en la superficie. ¿Por qué no se acerca nunca a la hermana? Ésta no habla en todo el documental y la directora no parece tener interés en ella, tampoco demasiado en la madre. Se echa siempre en falta el espíritu crítico de quien está grabando una historia así, las dudas, la búsqueda del por qué, el interés por ir más allá, querer saber más, lanzarnos preguntas y, si la decisión era ser testigo de su día a día (lo cual tampoco hubiera impedido lo primero), sin intervenir, pasando desapercibida, tampoco lo consigue. Hay escenas artificiales, en las que su mano está muy presente, lo que hace que el documental pasee únicamente por las anécdotas. Es bastante desconcertante querer trazar una historia de esta manera, resulta mentirosa. No da la sensación de que haya querido conocer realmente a estas personas que han pasado media vida encerradas mientras ese señor al que no dirigen la palabra y que es su padre deambula borracho por la casa. Hay mucho más que contar de ellos, de cómo están empezando a conocer el mundo, de que ya no tienen miedo a lo que hay fuera, sino al hecho de habérselo perdido hasta ahora y pensar que hay cosas que no saben si podrán recuperar.

María Jara.

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