La chica danesa y el transgénero en el cine

Menos de un mes para los Oscars. Porras en cines, grupos de amigos y medios de comunicación en plena efervescencia y maratón de nominados para poder hacerlas. La chica danesa (Tom Hooper, 2015), con nominaciones a mejor actor principal con Eddie Redmayne, mejor actriz de reparto con Alicia Vikander, mejor diseño de producción de la mano de Focus Feature y Working Title Films, y mejor vestuario con el español Paco Delgado, está entre las obligadas de 2016, e independientemente de sus candidaturas, ya ha captado nuestro interés para ir a verla, tratando un tema que hoy día sigue siendo tabú: el transgénero. Algunas críticas la han tachado de “demasiado correcta”, pero aunque visualmente amable y estética, la película cuenta con la perspectiva de una historia real que la hace diferente y en absoluto superficial: la relación entre Einar Wegener y su esposa Gerda Wegener, que vive junto a él la transformación que lo convertirá en Lili Elbe, la mujer que en realidad es.

Elevados, si cabe, por las magistrales interpretaciones de sus protagonistas, los personajes nos llevan por un viaje de emociones que nos hacen pensar en conceptos confusos (y cuestionadísmos) para muchos aun en nuestra sociedad actual. Género, sexo y sexualidad, tienden a fundirse cerrándonos los ojos sobre circunstancias reales que tienen lugar desde siempre, reduciendo a simple una cuestión con infinidad de posibilidades. Si entendemos sexo como la condición biológica con la que nacemos, el género sería la identidad sexual, es decir, el sentirse o no necesariamente del sexo que la naturaleza nos ha impuesto. E independientemente de todo esto, está la sexualidad u orientación sexual, la atracción hacia uno u otro sexo. Diferenciarlos es fundamental para no cuestionar, por ejemplo y como a menudo sucede, por qué una mujer enamorada de su marido quiere hacerse una operación de cambio de sexo pero seguir con su marido. La respuesta está clara si entendemos no simplemente la homosexualidad, sino el transgénero o el hecho de sentir que tu sexo no corresponde con tu género independientemente de tu orientación sexual, como podemos ver sobre todo en la primera parte de La chica danesa. El debate va mucho más allá si pensamos que el concepto de género está muy relacionado con los roles sociales y culturales. ¿Qué se entiende por ser una mujer o un hombre? ¿Cómo debería ser una persona para hacer ese cambio de sexo más allá del cambio físico? Este artículo no pretende encontrar una respuesta, sino reflexionar sobre cómo se han planteado estas cuestiones en el cine.

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De la misma manera que el transgénero está presente desde que existe el hombre (y prueba de ello son las esculturas de la antigua Grecia y Roma con pechos de mujer y genitales masculinos), en el cine tampoco es un tema de actualidad. Desde los años 20, encontramos referencias a los roles del género con películas como No quiero ser un hombre (Ernst Lubitsch, 1918), en la que la protagonista se disfraza de hombre, cansada de ser continuamente juzgada por su condición femenina y descubriendo “la insolidaridad masculina”. A pesar de que ya existían referentes en los estudios de la sexualidad como Sigmund Freud o Magnus Hirschfeld, (que introdujo la idea del tercer género, uno intermedio entre hombre y mujer), tal y como muestra La chica danesa, los años 20 y 30 aun son muy complicados para el transgénero, que sigue considerándose una enfermedad mental en muchos casos. Pero en los años 50, Christine Jorgensen se convierte en la primera persona en reconocer públicamente su transexualidad, y con ella motiva la creación de Glen o Glenda (Ed Wood, 1953), una película sobre travestismo y transexualidad, cuyo estilo la ha convertido en una película de culto (a pesar de haber merecido el pasado año 2015, el título de la “peor película jamás hecha” en el best seller Movie and Video Guide, de Leonard Maltin).

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En España, y sorprendentemente en los últimos años del franquismo, Mi querida señorita (Jaime de Armiñán, 1971) pone sobre la mesa algunas de las cuestiones más interesantes del transgénero. José Luis López Vázquez interpreta a Adela, una solterona enamorada de su criada Isabelita, que se siente una mujer “diferente”, siendo en realidad un hombre. Con este planteamiento la película nos plantea varios de los conceptos de los que hablábamos al principio: el sexo con el que nace Adela (en realidad un varón), el género o rol que desempeña (el de mujer, porque es como la han educado), su identidad sexual (que es masculina) y su orientación sexual (hacia las mujeres). Podríamos pensar que por tanto estamos hablando simplemente de un hombre heterosexual que ama a una mujer, si no fuese por la consternación que esto supone para él, habiéndose criado como una mujer y al no saber comportarse de otra manera.

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Imposible hablando de este tipo de cine en España no nombrar a Pedro Almodóvar, que a través de varias películas nos ofrece diferentes perspectivas sobre el tema. En Todo sobre mi madre (1999), el desencadenante de la trama es la búsqueda que Esteban quiere iniciar de su padre, un padre que se llama Lola y es transexual, poniendo en evidencia las diferencias entre género y orientación sexual; La mala educación (2004) igualmente habla de la homosexualidad y el travestismo; y en La piel que habito (2011) la transexualidad se trata desde un punto de vista invertido que realmente nos hace chocar con el hecho de vivir encerrado en un cuerpo que no quieres.

Boys don’t cry (Kimberly Peirce, 1999) con la historia Teena Brandom, que realmente se sentía como un hombre y se vestía como tal, nos ofrece una de las visiones más crudas de transgénero, y el documental Transsexual in Irán o Be like others (Tanaz Eshaghian, 2008), nos muestra una generación de jóvenes homosexuales que se exponen a una operación de cambio de sexo para librarse de ser ejecutados. Hombres que se sienten hombres, a los que atraen otros hombres, pero que no pueden demostrarlo abiertamente si no es en un cuerpo de mujer.

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El cine nos ha mostrado el transgénero desde muchas perspectivas diferentes, perspectivas que nos ponen en su piel de diferentes maneras. La chica danesa nos hace vivirlo no desde un punto de vista social, sino desde un punto de vista íntimo y cercano, siendo fundamental el papel de Gerda (donde la interpretación de Alicia Vikander, insistimos, merece todos los honores y más) para entender el transgénero: la relación amorosa entre Einar y Gerda, entre Lili y Gerda al principio, el apoyo incondicional de ésta a pesar de suponer la pérdida del hombre al que ama, la confusión de Einar y su amor (también incondicional) hacia su esposa, la frustración de ambos y la celebración de aquello que les hace felices… nos hacen pensar en las consecuencias de tomar una decisión tan difícil, de verte en la situación angustiante de no estar en tu propio cuerpo, en la posibilidad de amar a las personas por encima de su sexo o en la dificultad de ver desaparecer a la pareja con la que has compartido todo para estar con ella (o no) de otra manera. Nos hace pensar en el género independientemente del sexo y de la orientación sexual, en los roles y sobre todo en la posibilidad de aceptar aquello que no entendemos.

Milena Cañas

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6 comentarios en “La chica danesa y el transgénero en el cine

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