Pequeñas mentiras sin importancia

Si no fuera porque sabemos de antemano que lo que cuenta El Impostor (Bart Layton 2012) es un suceso real, todo apuntaría a que estamos ante un falso, falsísimo, documental. Este caso no resulta más creíble que el de las rencillas de convivencia entre los vampiros de Lo que hacemos en las sombras (Taika Waititi y Jemaine Clement, 2014).

Producido por Simon Chinn, productor de los oscarizados Man on Wire (James Marsh, 2008) y Searching for Sugar Man (Malik Bendjelloul, 2012), el documental cuenta una de las historias más escandalosas de suplantación de identidad, llevada a cabo por Frédéric Bourdin, apodado “El Camaleón”, que se hizo pasar durante años por otras personas, sobre todo por niños desaparecidos, alrededor del mundo.

En 1994, Nicholas Barclay, de trece años, hijo menor de una familia de Texas, desapareció. Tres años después, la familia recibió una llamada desde Linares (en la provincia de Jaén) informándoles de que su hijo había aparecido y estaba en España. La hermana de Nicholas cogió un avión inmediatamente para recoger a su reaparecido hermano y llevarlo de nuevo a casa. Hasta aquí sabemos lo mismo que sabía la familia pero la cinta, después de esta introducción, nos devuelve al principio y empezamos a ver el punto de vista del impostor y a conocer cómo tramó todo hasta llegar a esa llamada.

Bourdin va dando, poco a poco, un paso más allá en su mentira. Nada le hace presagiar que la familia le aceptará y creerá que es el niño desaparecido. Cada día que pasa piensa que está más cerca de ser descubierto y de acabar encerrado en la cárcel pero, para su sorpresa, nada de eso ocurre. ¿De verdad creyeron que era el verdadero Nicholas? Es la pregunta que sobrevuela durante todo el documental y que, incluso es la misma que se hace el propio Bourdin, que no puede creer que haya conseguido llegar tan lejos. Ni las autoridades, ni mucho menos la familia, llegaron a pensar que la persona que tenían delante era un farsante, aunque no compartiera ningún parecido con el desaparecido. No sólo no se parecen físicamente (él es moreno, aunque intentara ocultarlo con un tinte, con los ojos marrones; Nicholas era rubio y tenía los ojos azules) sino que tampoco tienen la misma edad (el niño tenía trece cuando desapareció, él tiene veinticuatro) ni siquiera el mismo acento (Bourdin es francés, por lo que su inglés dista mucho de ser de Texas). No supieron, o quisieron, ver que todas las evidencias apuntaban a que ese chico no era el que buscaban. Las ganas de recuperar al verdadero Nicholas pudieron más que cualquier duda.

IMAGEN 1 (Y Portada)

Bourdin fue capaz de someterse a largos interrogatorios, en los que aseguraba haber sido secuestrado por fuerzas militares y sometido a innumerables torturas y abusos, y no escatimaba en relatarlos con pelos y señales. La capacidad de narrar con tanto detalle el supuesto secuestro, es lo que más asombraba a los miembros del FBI y otros profesionales que participaron e investigaron el caso. Pese a ser conscientes de que estaban viendo a una persona que no se asemejaba en absoluto a ese niño que desapareció de Texas, no podían creer que alguien fuera capaz de inventarse hechos tan espeluznantes y acabaron creyendo sus mentiras.

Queda claro que a este impostor no le importan lo más mínimo ni los sentimientos ni el sufrimiento de las familias de las que ha formado parte, que no son pocas, pero ¿qué es lo que le ha movido a pasar su vida cometiendo este tipo de actos? Lo que mueve a este farsante, lo que desea por encima de todo, es obtener una identidad, saber quién es. Una gran paradoja tratar de buscar quién eres haciéndote pasar por otra persona…

IMAGEN 2

Todo alrededor de El Impostor huele a gato encerrado. Y es que no podría haberse concebido una historia de mentiras y falsedades sino con los mecanismos que utiliza este documental, haciendo que todo parezca una reconstrucción con tufo a docureality televisivo. Ahí es donde radica su eficacia, en la utilización de unos mecanismos que dotan a esta historia de una inverosimilitud total, de forma que lo convierte en un relato todavía más absorbente y fascinante.

El montaje va alternando el relato de Bourdin (y su mirada silenciosa, más escalofriante aún) con el de la familia, material de archivo (vídeos caseros en los que aparece el verdadero Nicholas) y reconstrucciones de los hechos. Toda esta mezcla, sumada a la lúgubre banda sonora, proporciona al film un ambiente inquietante y siniestro, más de lo que ya es el propio caso por sí mismo. En todo momento somos conscientes del poder de manipulación del protagonista y de cómo nosotros mismos estamos experimentando ese engaño y nos dejamos embaucar en él.

Todos los elementos del relato se van dosificando dentro una estructura que va siempre in crescendo y que tiene toda la intención de convertir el documental en un auténtico thriller que nos conduce sin frenos al momento del clímax final, en el que conocemos cómo se resuelve toda esta historia, y en el que se deja una puerta abierta a la idea de que en esa familia no había un único impostor.

María Jara

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