Migas de pan en el televisor

El 2016 viene cargado de estrenos en series de TV: Colony (Carlton Cuse y Ryan Condal), Baskets (Jonathan Krisel), Vinyl (Terence Winter, Martin Scorsese, Mick Jagger y Rich Cohen), The Night Manager (Susanne Bier)… Series que nos dibujan un panorama televisivo cada vez más amplio y competitivo. Porque todos hemos escuchado que las series de televisión han cambiado, lo hemos visto, y automáticamente al decir esto, todos estamos pensando en Juego de Tronos (David Benioff y D.B. Weiss, 2011-Actualidad), Breaking Bad (Vince Gilligan, 2008-2013), True Detective (Nic Pizzolatto, 2014) y en general otras más o menos recientes. Y hacemos bien. Pero antes de eso… ¿quién dejó las migas de pan en el camino?

Las series de televisión no se entienden hoy de la misma manera que cuando comenzaron, para empezar porque también han cambiado las formas de consumo (ahora muchas de ellas, la mayoría, ni siquiera se ven en directo, sino a través de Internet, siguiendo un modelo de televisión más “a la carta”). En los primeros años de la televisión, no sólo no podías elegir el momento de ver tu serie favorita, sino que esa serie favorita casi era la única serie que encontrabas en todo el espectro televisivo. Aun así, muchas de ellas sirvieron de punto de partida o de inspiración de otras grandes series que han triunfado cuando la oferta ya se había convertido en un abanico de posibilidades.

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I love Lucy (William Asher, James V. Kern, Ralph Levy, Marc Daniels, 1951-1957) fue el primer gran éxito de la televisión estadounidense. Fue el primer formato televisivo grabado en 35mm, es decir, como una película de cine (como vemos, la idea de elevar la ficción televisiva a las calidades de la gran pantalla, no comenzó con Juego de Tronos). La historia era ligera y amable, lo que conocemos hoy por una comedia de situación o sitcom sobre la vida cotidiana de un matrimonio: Ricky (Desi Arnaz), un músico cubano y Lucy, personaje que le valió a Lucille Ball el éxito televisivo con un Premio Emmy y nominaciones al mismo durante años. Situaciones disparatadas que se complican, personalidades muy definidas, bromas verbales y visuales, risas enlatadas y escenarios recurrentes dejan clara la fórmula del éxito para muchas sitcoms posteriores. No porque fuese la primera, sino porque fue la primera con un éxito arrasador y eso la convirtió en una referencia. Viendo la siguiente escena de I love Lucy, ¿qué otras series se nos vienen a la cabeza?

Tan sólo el primer fotograma nos sitúa tanto en Friends (David Crane, Marta Kauffman, 1994-2004) y sus locas fiestas sorpresas en el apartamento de Mónica o en la casa de Joey y Chandler con el patito y el pollo, pasando por Cómo conocí a vuestra madre (Carter Bays, Craig Thomas, 2005-2014) con un matrimonio tan loco como Lily y Marshall o en The Big Bang Theory (Chuck Lorre y Bill Prady, 2007-actualidad), donde el personaje guasón de Penny recuerda bastante a Lucy. Por supuesto cada una de estas series (unas más que otras), supusieron un paso más dentro de las sitcoms, y de hecho sentaron a su vez sus propias bases, como es el caso indiscutible de Friends, referencia de tantas, o aun antes, de Cheers (James Burrows, Les Charles y Glen Charles, 1982-1993).

Las series de televisión de larga duración como Breaking Bad, tampoco son ninguna innovación reciente, aunque se tienda a pensar en la antigua televisión con pequeños formatos. Bonanza (David Dortort, 1959-1973) fue la primera serie en color que apostó por ello, con una duración de aproximadamente 48 minutos y una trama de aventuras situada en el lejano Oeste. Nominada y galardonada con varios Emmys, se comprobó cómo su programación en Prime Time influyó enormemente en su éxito, a pesar de que hoy en día eso sea incuestionable.

Si pensamos en la introducción del género de terror en televisión y lo primero que se nos viene a la cabeza es American Horror Story (Ryan Murphy y Brad Falchuk, 2011), es el momento de ver un capítulo de La dimensión desconocida (Rod Serling, 1959-1964), que nos ofrecía 30 minutos de terror, ciencia ficción, thriller… Una serie que hizo evidente el éxito de hablar del mundo paranormal con pequeñas historias y capítulos independientes. Formato que luego repitieron series como Expediente X (Chris Carter, 1993-2002) con sus correspondientes innovaciones indiscutibles, como la tensión sexual en la pareja de investigadores Malder y Scully, imitadísima en series posteriores como Bones (Hart Hanson, 2005-actualidad) o Castle (Andrew W. Marlowe, 2009-actualidad).

Siempre que pensamos en una serie de animación revolucionaria, Los Simpson (Matt Groening, Sam Simon y James L. Brooks, 1989-Actualidad) se nos vienen automáticamente a la cabeza. Y efectivamente lo es: una sitcom familiar de animación que además es para adultos, de humor inteligente y gamberro. Es el punto de partida de un formato muy repetido y exitoso con Padre de familia (Seth MacFarlane, 1999-2002 y 2005-Actualidad), Padre made in USA (Seth MacFarlane, 2005-actualidad) o incluso Futurama (Matt Groening, 1999-2003 y 2010-2013), aunque esta última desarrollada en un ambiente muy diferente, no sólo (valga la redundancia) futurista, sino además siguiendo más el modelo de un grupo de amigos (algo peculiar, eso sí) como el de Friends. Sin embargo, no es la primera sitcom animada de éxito y ya en los 60 encontramos una aproximación a la idea con Los Picapiedra (William Hanna, Joseph Barbera y Charles A. Nichols, 1960-1966). Mucho más light, apta para niños, pero con guiños y humor para los adultos y al fin y al cabo, una sitcom familiar animada, que como concepto ya es innovador.

Las series que entendemos como de “nueva generación”- Breaking Bad, The Wire (David Simon, 2002-2008), Orange is the New Black (Jenji Kohan, 2013-Actualidad)-, aunque cada una con temáticas totalmente diferentes, nos hacen pensar en una nueva forma de construir series y se refiere especialmente a la producción. Porque ahora una serie no tiene por qué tener una categoría inferior a la de una película, sino que puede ser perfectamente una obra de arte. Y sobre todo, más que ser: entenderse como tal. Porque hay series maravillosas, como hemos podido comprobar, a lo largo de toda la historia de la televisión, pero es ahora cuando realmente se les da valor y se decide invertir en ellas. Y en ese sentido, Los Soprano (David Chase, 1999-2007) marca el principio de una era. Una era en la que ver una serie va más allá de poner en la televisión el programa de turno, una era en la que se buscan contenidos a la carta. Hasta entonces, tan sólo con ver un fotograma distinguíamos a la perfección una imagen de serie, de una de película. Ahora hay que tener el ojo muy fino para darse cuenta de la diferencia a simple vista. Los Soprano tiene el importante papel de demostrar que invertir en series de televisión es rentable, incluso de hacernos ver que los dramas e historias profundas tienen su cabida en el público televisivo. Y es por eso que se considera la serie que dio el paso decisivo para la ficción en televisión tal y como la conocemos ahora.

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Con Internet se consume en cualquier momento y a un volumen jamás visto antes, tenemos series para todos los gustos, de todos los colores. El público demanda más cantidad, lo que obliga a los guionistas a quebrarse la cabeza para diferenciarse de la competencia, y más calidad, lo que obliga a las productoras a invertir más dinero. El consumo que se hace ahora de las series de televisión, nada tiene que ver con sus comienzos. Y sin embargo, a pesar de eso, podemos entrever los tímidos pasos de esas antiguas series hacia la construcción de las que ahora conocemos. Un cambio que parece nuevo, pero que no hubiera sido posible sin esas pequeñas migas de pan.

Milena Cañas.

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