El Óscar tardío de DiCaprio y otras curiosidades de 88 años

Día y medio después de los Óscars y Leonardo Dicaprio sigue siendo monotema en el patio de vecinas de nuestro amado mundo cinematográfico. Su aplaudida reivindicación sobre el medio ambiente, una emocionada Kate Winslet o el ancho de su pajarita son el chascarrillo culminante de años esperando un Óscar que, no por falta de méritos e interpretaciones magistrales, se estaba resistiendo. Años en los que no hemos dejado de preguntarnos, con la intensidad dramática de Escarlata O’Hara: “¡¿qué tiene la Academia contra Leo?!”. Pero estamos muy equivocados: no sólo Leonardo DiCaprio no es el primero en tener que esperar una veintena de años desde su primera nominación, sino que hay un sinfín de anécdotas de la gala 2016 que son recurrentes desde que se celebrasen los Óscar por primera en el Hollywood Roosevelt Hotel en 1929.

DiCaprio y otros premiados tardíos.

23 años han pasado desde que Leonardo Dicaprio fuese nominado por primera vez en la gala de 1994 por ¿A quién ama Gilbert Grape? (Lasse Hallström, 1993) hasta que por fin ha conseguido su Oscar por El Renacido (Alejandro González Iñárritu, 2015). Pero, aunque son muchos años (y eso que ha habido cinco nominaciones de por medio), no es el que más ha tenido que esperar. El Óscar a la paciencia se lo lleva Henry Fonda con 41 años de espera desde su nominación en la gala de 1941 por Las uvas de la ira (John Ford, 1940), hasta la de 1982, en la que resultó ganador por En el estanque dorado (Mark Rydell, 1981). Es cierto que justo un año antes ganó un Oscar Honorífico, pero lo hablamos más adelante, porque aunque su labor interpretativa se reconociese en conjunto, el trabajo concreto que le valió la estatuilla fue su papel como Norman, el anciano que trataba de reconciliarse con su hija (Jane Fonda) quedándose con su nieto todo un verano. Otros grandes “pacientes” son Alan Arkin con 40 años de espera desde su nominación en 1967 por ¡Qué vienen los rusos! (Norman Jewison, 1966) hasta el Oscar en 2007 por Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris, 2006); Morgan Freeman con 27, desde El reportero de la calle 42 (Jerry Schatzberg, 1987) hasta Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2004); o en la mismísima ganadora del año pasado, Julianne Moore por Siempre Alice (Richard Glatzer, Wash Westmoreland, 2014), quien llevaba esperándolo 17 años desde su nominación por Boogie Nights (Paul Thomas Anderson, 1997).

Morricone y otros con Óscar Honorífico antes que competitivo.

Tantos años de espera hicieron pensar a muchos que Ennio Morricone, compositor cinematográfico italiano por excelencia, moriría sin conseguir su merecida estatuilla. Ni con La misión (Roland Joffé, 1986) ni con Los intocables de Elliot Ness (Brian de Palma, 1987), entre otras nominaciones. ¡Por La muerte tenía un precio (Sergio Leone, 1965) ni tan siquiera fue nominado! Por ello, la Academia, en vista de que Morricone se quedaba compuesto y sin Óscar, como tantos otros (Hitchcock, Clift, Stanwyck, Kerr, Welles, Powell…) decidió otorgarle el Oscar Honorífico en la ceremonia de 2007. Pero, ¿qué ha pasado? Pues que este año, Morricone ha compuesto la partitura de Los odiosos ocho (Quentin Tarantino, 2015) y se ha alzado con la victoria con respecto a sus competidores, convirtiéndose en la cuarta persona que consigue un Óscar competitivo después de uno Honorífico. Le preceden Charles Chaplin, que ganó por la banda sonora de Candilejas (Charles Chaplin, 1952) en 1973 (sí, veinte años después de que se estrenara la película), un año después de haber conseguido el Óscar Honorífico. Lo mismo le pasó a Henry Fonda en 1982 como Mejor Actor Protagonista por En el estanque dorado (Mark Rydell, 1981), y a Paul Newman por El color del dinero (Martin Scorsese, 1986).

Deakins, Newman y otros eternos derrotados.

Algunos, ni honorífico ni competitivo. Roger Deakins, director de fotografía de Sicario (Denis Villeneuve, 2015), y Thomas Newman, compositor de la banda sonora de El puente de los espías (Steven Spielberg, 2015), acumularon este 2016 su decimotercera nominación y su decimotercera derrota. No son los únicos, ya que el director de fotografía George J. Folsey acumuló también trece nominaciones y ningún Óscar. Pero los hay que le superan. El director artístico Roland Anderson sumó quince nominaciones y los sonidistas Greg P. Russell y Kevin O’Connell, dieciséis y veinte respectivamente. Como imaginaréis, ninguno recogió un mísero Óscar. Por su parte, Meryl Streep acumuló doce derrotas entre su victoria por La decisión de Sophie (Alan J. Pakula, 1982) y por La dama de hierro (Phyllida Lloyd, 2011), pero teniendo en cuenta que la intérprete es la actriz más nominada, tiene tres Óscars en su casa y es probablemente la mujer más respetada de Hollywood, tampoco parece demasiado dramático.

Iñárritu, Lubezki y otros premios consecutivos.

Unos tan poco y otros tanto. Como un sopapo a los eternos nominados, llega Alejandro G. Iñárritu, premiado de forma consecutiva, en 2015 por Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia) (Alejandro G. Iñárritu, 2014) y este año por El Renacido. Antes estuvieron Joseph L. Mankiewicz, ganando en 1950 y 1951 con Carta a tres esposas (Joseph L. Mankiewicz, 1949) y Eva al desnudo (Joseph L. Mankiewicz, 1950), respectivamente; y John Ford en 1941 con Las uvas de la ira (John Ford, 1940) y 1942 con ¡Qué verde era mi valle! (John Ford, 1941). Si hablamos de actores y actrices la lista aumenta. El último actor que conquistó a la Academia de forma consecutiva fue Tom Hanks, en 1994 y 1995 por Philadelphia (Jonathan Demme, 1993) y Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994). Antes, Jason Robards, Katharine Hepburn, Spencer Tracy o Luise Rainer.

Pero el director mexicano no es el único en conseguir esta gesta. Emmanuel Lubezki lo ha superado, encadenando tres premios consecutivos por la dirección de fotografía de Gravity (Alfonso Curaón, 2013), Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia) y El renacido. Pero hay profesionales que lo consiguieron antes que él: especialistas de efectos visuales como Jim Rygiel y Randall William Cook, que los consiguieron por la triología de El señor de los anillos (Peter Jackson, 2001-2003), Dennis Muren (1984-1986), o Glen Robinson (1975-1977); sonidistas, como Thomas T. Moulton (1949-1951); compositores, como Roger Edens (1949-1951); diseñadoras de vestuario como Edith Head (1950-1952); y directores artísticos como Cedric Gibbons (1952-1954) y Edwin B. Willis (1952-1954). Pero también los hay que han superado esos tres Óscars consecutivos. El diseñador Thomas Little consiguió cuatro premios seguidos, desde 1942 hasta 1945; mientras que Walt Disney se convirtió en el rey de la categoría de Mejor Cortometraje de Animación desde 1933 hasta 1940, encadenando ocho premios consecutivos.

Vikander y otros falsos secundarios

Mucho se ha hablado este año de la estafa de categorías, debido a la promoción de Alicia Vikander, por La chica danesa (Tom Hooper, 2015), y Rooney Mara, por Carol (Todd Haynes, 2015), como secundarias cuando, realmente, son claras protagonistas de sus películas. Finalmente Vikander se ha hecho con la victoria, para indignación de algunos. Pero este no es un debate recién nacido. Las productoras llevan años promocionando a sus actores a antojo para las categorías secundarias cuando son protagonistas absolutos, con el fin de competir en una categoría más sencilla o no luchar contra el compañero de reparto de turno, por eso de la división del voto. El caso más curioso fue cuando, Kate Winslet, promocionada para secundaria por El lector (Stephen Daldry, 2008), no sólo fue nominada como protagonista sino que ganó el Óscar. Pero la mayoría de las veces ha triunfado la estafa. Los casos más escandalosos: Christoph Waltz por Django desencadenado (Quentin Tarantino, 2012); Jennifer Hudson por Dreamgirls (Bill Condon, 2006); Catherine Zeta-Jones por Chicago (Rob Marshall, 2002); Jennifer Connelly por Una mente maravillosa (Ron Howard, 2001); Mira Sorvino por Poderosa Afrodita (Woody Allen, 1995); Dianne Wiest por Balas sobre Broadway (Woody Allen, 1994); Geena Davis por El turista accidental (Lawrence Kasdan, 1988); Jessica Lange por Tootsie (Sydney Pollack, 1982); Timothy Hutton por Gente corriente (Robert Redford, 1980); Meryl Streep por Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979); Maggie Smith por California Suite (Herbert Ross, 1978) George Burns por La pareja chiflada (Herbert Ross, 1975); o Tatum O’Neal por Luna de papel (Peter Bogdanovich, 1973).

Stallone y otros come back frustrados.

Pero Vikander o DiCaprio no fueron los únicos protagonistas. El mundo entero tenía la mirada puesta en el protagonista de Rocky (John G. Avildsen, 1976) la pasada madrugada. Y es que la gente también quería un Óscar para Sylvester Stallone, más que por Creed. La leyenda de Rocky (Ryan Coogler, 2015), por nostalgia, porque a los Óscars siempre le va bien un come back al que apoye el pueblo, que genere audiencia, pero al que casi siempre dejan sentado en el patio de butacas. Este año lo han hecho también con Charlotte Rampling, musa del cine europeo, y con Jennifer Jason Leigh, que tras un bagaje un poco errático por la televisión y las películas de baja calidad, había vuelto con un papelazo de la mano de Tarantino. Pero ellas también se quedaron sentadas, sin Óscar. Lo mismo le pasó a Michael Keaton el año pasado, con su autoparódica Birdman; o a Bruce Dern el anterior; o a Robert de Niro y Emmanuelle Riva el anterior; o a Glenn Close y Max von Sydow el anterior. Y así, sucesivamente. La Academia dio esperanzas a Mickey Rourke, a Julie Christie, a Peter O’Toole, a Bill Murray (cuya cara de perdedor ha pasado a la historia, sino atentos al vídeo), a Ellen Burstyn, a Albert Finney, a Lynn Redgrave, a Burt Reynolds, a Lauren Bacall, a Fred Astaire o a Lillian Gish, dejándolos sin premio y premiando, en la mayoría de ocasiones, a interpretaciones mucho peores que las de estas grandes estrellas que, por fin, en su momento, volvieron a la primera plana del cine de Hollywood. Los casos más sangrantes fueron el de Bette Davis en 1963, con su espectacular regreso a los Óscar (esos premios que tanto le gustaron siempre) con ¿Qué fue de Baby Jane? (Robert Aldrich, 1962) y el de Gloria Swanson en 1951, cuando la diva del cine mudo merecía todo reconocimiento por su papel de Norma Desmond, otra diva del cine mudo que, en este caso, perdía la cabeza y el control en El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950).

Sam Smith y otras estrellas de la música oscarizadas.

Otra estrella, en este caso de la música, Sam Smith, se alzó con la estatuilla a la Mejor Canción Original por su composición, junto a Jimmy Napes, de la canción principal de Spectre (Sam Mendes, 2015), la última película de la saga Bond. Pero Smith no es la única estrella de la música que ha conseguido un Óscar. Hace tres de años fue Adele quien lo ganó, también por una película de Bond, Skyfall (Sam Mendes, 2012) en este caso. El año pasado fueron John Legend y Common por su composición para Selma (Ava DuVernay, 2014). Pero la lista no acaba aquí. Jorge Drexler (2005), Annie Lennox (2004), Eminem (2003), Bob Dylan (2001), Phil Collins (2000), Elton John (1995), Bruce Springsteen (1994), Lionel Richie (1985), Irene Cara (1984) o Barbra Streisand (1977) son algunos ejemplos.

Mad Max y otras películas que obsesionaron a la Academia.

En la pasada gala, el título que no dejó de escucharse en toda la noche fue Mad Max: Furia en la carretera (George Miller, 2015), que se llevó un total de seis galardones. Y es que la obsesión de la Academia no tiene límites. Con un director, con el actor que no quieren que gane, o en este caso, con darle todos los premios al mismo film (por suerte tuvieron un poco de cabeza y no le dieron el de mejor película). Es verdad que a veces se merecen eso y más, pero otras… ¿no estamos exagerando? Por ejemplo, en 1998, ¿de verdad alguien cree que Titanic (James Cameron, 1997) era tan buena como para llevarse 11 premios Óscar? Seamos serios: el arte cuidadísimo, los efectos especiales impresionantes para la época… pero con lo de mejor película se vinieron un poco arriba, especialmente estando entre las candidatas Mejor… imposible (James L. Brooks, 1997) o Full Monty (Peter Cattaneo, 1997). ¿Otros casos en los que la academia se animó premiando? Muchísimos. El señor de los anillos: El retorno del Rey (Peter Jackson, 2003) recibió otros 11 premios, arrebatándole Mejor Película a una joya como Lost in Translation (Sofia Coppola, 2003); o remontándonos más atrás, Gigi (Vincente Minnelli, 1958) ganó 10 oscars frente a peliculones como La gata sobre el tejado de zinc (Richard Brooks, 1958).

Spotlight y otras triunfadoras que se fueron casi de vacío.

Pero así funciona la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood, que, o bien regalan Óscars a tutiplén o deciden que Spotlight (Tom McCarthy, 2015) se convierta en la Mejor Película con tan sólo otro premio más (que no es moco de pavo, aunque quizá algo paradójico). Pero aún las hay con menos reconocimiento. Por la historia de los Óscars han pasado con un sólo galardón bajo el brazo mejores películas como Rebelión a bordo (Frank Lloyd, 1935) o Gran Hotel (Edmund Goulding, 1932), una historia brillante sobre los huéspedes de un Hotel en Berlín, que además tiene el dudoso honor de ser la única Mejor Película que sólo contaba con una nominación: esa. Aunque sin duda la peor parte se la llevan las nominadísimas que se van con las manos vacías: El color púrpura (Steven Spielberg, 1985) tiene el record: cero premios de once nominaciones. Pero también nos vienen a la cabeza la sobrevalorada La gran estafa americana (David O. Russell, 2013) con cero de diez; El Padrino. Parte III (Francis Ford Coppola, 1990) con cero de siete; Marte (Ridley Scott, 2015), que en esta gala se ha llevado cero de siete.

Como cada año, el año que viene aplaudiremos el merecidísimo Óscar de una estrella paciente; nos llevaremos las manos a la cabeza con las múltiples nominaciones de una película que no es para tanto; alzaremos la voz contra las injusticias y recordaremos a los olvidados; debatiremos, discutiremos y defenderemos apasionadamente a nuestros favoritos; y, sobre todo, disfrutaremos con paseos de alfombra roja, sonrisas prefabricadas, emocionantes discursos y esperpénticos estilismos. Y todo volverá a repetirse, como siempre.

Milena Cañas y Alejandro Piera.

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