Películas fusiladas

Coincidiendo con el cuarenta aniversario del estreno (tardío) en España de Canciones para después de una guerra (Basilio Martín Patino, 1971. Estrenada en 1976) la compañía musical Divucsa ha reeditado en un CD la banda sonora de la película, compuesta por canciones populares de la España de la postguerra. Es buen momento para pararse a revisar este clásico de un autor que, sin academicismos y siempre en una búsqueda constante de nuevos formatos, radiografía una época que no es ajena, lejana, ni olvidable 

Articulada alrededor de dos materiales principales, imágenes de archivo y canciones populares, toda su fuerza recae en un montaje totalmente intencionado y sin sutilezas. Martín Patino recoge todos los documentos recopilados (videos, fotografías o recortes de prensa) y los reordena creando una nueva lectura. Durante la mayor parte del metraje, la reubicación de este material está utilizada para crear un sentido irónico, de ahí el protagonismo de las canciones, cuya letra está totalmente contrapuesta a las imágenes. Así, por ejemplo, la canción de Miguel de Molina, La bien pagá o la aparentemente inofensiva canción infantil Mi vaca lechera, van acompañada de secuencias donde se habla del hambre y la pobreza. El uso de las canciones infantiles está, además, ligado a la crítica de la educación franquista, otro de los grandes temas tratados en la película.

Además del montaje, explora varias opciones estéticas. En ocasiones, encontramos la película teñida de los colores azul y rojo o dibujos hechos directamente sobre el fotograma. Son frecuentes también los juegos con la composición de las imágenes, como sobreimpresiones, efectos de espejo o de lupa, a lo que hay que sumar unas transiciones estridentes, de colores fuertes y efectos ópticos y fundidos en forma de cruz y abanico.

Canciones 1

Todos estos mecanismos artificiales van en pro de desvelar la naturaleza del cine como artefacto. Esta tendencia a hacer visible ante el espectador que todo lo que está viendo es una construcción está muy presente a lo largo de su filmografía. De esta manera, con una libertad total de creación y buscando nuevos recursos consigue estimular al espectador, crear una complicidad y generar una actividad, la que se requiere para interpretar el mensaje que subyace tras los efectos ópticos, distorsiones y manipulaciones de la imagen.

Canciones para después de una guerra pasó el primer filtro de la censura en 1970, aunque días más tarde pidieron a su productor, Julio Pérez Tabernero, que entregara a la Comisión un desarrollo mayor de la película (indicando su línea ideológica y detallando la letra de las canciones) pero dejan que Patino acceda sin problemas a los archivos del NO-DO y de la Filmoteca para realizar su proyecto. Una vez acabada la película, la Junta de Censura recomienda unos pequeñitos recortes. Por lo que se ve, no les hacía mucha gracia que Franco apareciera al mismo tiempo que la canción Se va el caimán, o que la aprobación del Opus Dei estuviera ilustrada por el tema A lo loco. Tras los pequeños arreglitos, unos quince tijeretazos de nada en total, la película llegó a presentarse en el Festival de cine de San Sebastián, y fue ahí cuando su camino acabó de torcerse. Los responsables del Festival la rechazaron y alertaron a la comisión cinematográfica franquista, hasta conseguir que se proyectara de nuevo en un pase privado en El Pardo, tras el que se llegó a la conclusión de que Martín Patino merecía ser fusilado.

Canciones 2

A él no lo fusilaron, pero a la película sí. Para la Administración franquista había muerto. Canciones para después de una guerra acabó teniendo la misma suerte que otras películas como Viridiana (Luís Buñuel, 1961), aprobadas en primera instancia por la censura y luego prohibidas, y negadas, o que tantos otros títulos internacionales como El gran dictador (Charles Chaplin, 1940) o Por quién doblan las campanas (Sam Wood, 1943) que no es que no pasaran la censura, sino que directamente se dieron por inexistentes hasta después de la muerte del dictador.

Canciones 3

Muy ligadas a Canciones y un año después del estreno de ésta, en 1977, vieron la luz otras dos películas de Patino, Queridísimos verdugos (Basilio Martín Patino, 1973), sobre la pena de muerte en España, para la que el director no volvió a tener acceso a los archivos oficiales ni quisieron saber nada de él después de todo lo ocurrido, y menos todavía después de que Berlanga hubiera conseguido colarles el mismo tema (y unos cuantos más) con El Verdugo (Luis García Berlanga, 1961), y Caudillo (Basilio Martín Patino, 1974), centrada exclusivamente en la figura de Franco y para la que, evidentemente, ni se molestó en preguntar.

María Jara.

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