Seudónimos de hombre, disfraces de mujer

8 de marzo, día internacional de la mujer trabajadora… o de la que intenta trabajar o de la que trabaja pero no se lo reconocen. 8 de marzo de 2016, 115 años de conmemoración de este día, ¿y sabemos qué es lo que conmemoramos? ¿Por qué seguimos escuchando la reivindicación de un día del hombre trabajador? ¿Podemos pararnos a pensar en el sentido que esto tiene? El 8 de marzo de 1857, cientos de obreras neoyorquinas dieron el pistoletazo de salida a las protestas por unas condiciones más dignas de trabajo para las mujeres (de ahí a que en 1911 en Dinamarca, se escogiese precisamente este día), un trabajo que aun equiparándose cada vez más al de los hombres, se pagaba en cantidades muy inferiores. Esta conmemoración viene para recordar y reforzar el mensaje de todas esas mujeres que iniciaron una lucha que sigue viva hoy, una lucha que no tiene sentido reclamar para los hombres, sino a la que los hombres deben sumarse para darles una visibilidad que no han tenido, que a veces aun no tienen. Y si no, pensemos, ¿cuánto trabajo ha quedado oculto tras un nombre de mujer?

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La sociedad les ha brindado varias opciones para quedar en la sombra, como esas “grandes mujeres” detrás (siempre detrás) de los “grandes hombres”, “la madre de”, “la hermana de”, “la hija de” o (la peor) “la amante de”, o una de las más tristes y eficaces oportunidades: ser reconocidas por un seudónimo masculino. Replanteamos la pregunta: ¿cuánta mujer ha quedado oculta tras el nombre de un hombre?

Lo primero que se nos viene a la cabeza al hablar de mujeres con seudónimos masculinos es una señora del siglo XIX firmando con el nombre de su marido a escondidas en su buhardilla. Y aunque la mayoría de los casos que se conocen se parecen bastante a esa visión, en todas las artes, en todas las épocas, las artistas han disfrazado su nombre para poder trabajar. Incluso recientemente. La hoy famosísima J.K. Rowling, antes de publicar su primer libro de la saga Harry Potter (J.K. Rowling 1997-2007), firmaba sus libros como Joana Rowling, pero su editor consideró que un nombre de mujer espantaría a los lectores adolescentes masculinos y le sugirió utilizar las iniciales, dando lugar a la duda. Después de la famosa saga, la escritora se inició en otra obra detectivesca bajo el seudónimo de Robert Galbraith, su protagonista. ¿Cuestión de marketing?

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En la escritura cinematográfica, la autora española Lola Salvador, guionista de las películas Las bicicletas son para el verano (Jaime Chávarri, 1984) o El crimen de Cuenca (Pilar Miró, 1979), firma gran parte de sus obras bajo el seudónimo masculino de Salvador Maldonado, su primer y segundo apellido. Y es que si en todas las artes (y profesiones), domina lo masculino, en el cine aun sigue siendo difícil ser mujer y querer trabajar de esto.

Pero volviendo a nuestra visión romántica de mujeres firmando en la buhardilla, llegamos a la fascinante Amandine Aurore Lucile Dupin, más conocida como George Sand (1804-1876), que no sólo publicó una extensísima obra bajo este nombre (Un invierno en Mallorca, 1841; Valentine, 1832; Indiana, 1832…), sino que solía vestir con prendas masculinas para entrar libremente en los entornos negados a ella por su condición de mujer, formándose un círculo de amigos junto al compositor Franz Liszt, el pintor Delacroix, el escritor Víctor Hugo y siendo incluso “amante de” Chopin. Con ellos fumaba puros, hablaba de política y criticaba a la Iglesia, rebelándose contra las condiciones impuestas tal y como lo hacía en sus libros.

Solo tengo una pasión, la idea de igualdad.

George Sand.

Y aunque hay miles de escritoras que no es que escribieran bajo un seudónimo masculino, sino que firmaban con el nombre de sus maridos, nos fascina el caso particular de Colette (1873-1954), novelista, guionista y artista de revistas y cabaret entre otras cosas. Su primer marido la animó a publicar sus novelas, eso sí, bajo su nombre: Willy. Así salió a la luz la primera serie de Claudine (1900-1903). Tras divorciarse de él, comenzó a firmar con su propio nombre, además de ser protagonista de lo que entonces se consideraron escándalos como bailar desnuda en el Moulin Rouge, tener una larga lista de amantes entre los que había hombres y mujeres o presentarse públicamente en pantalón. Su novela Gigi (1945) la hizo famosa internacionalmente y han alabado sus obras escritores tan conocidos como Marcel Proust.

Insistimos: aunque los casos de mujeres con seudónimos masculinos son más conocidos en literatura, hay nombres ocultos en todas las artes. Y si la palabra “compositor” en femenino nos extraña, es precisamente porque no acaban de salir a la luz. Augusta Holmès (1847-1903), compositora, cantante, pianista y niña prodigio, firmaba sus composiciones bajo el nombre Hermann Zenta, y produjo óperas (Hero y Leandro, Astarté, Lancelot del lago), sinfonías (Los Argonautas), poemas sinfónicos (Irlanda), obras corales, piezas para orquesta y canciones artísticas.

En pintura, Artemisa Gentileschi (1593-1654) no eligió firmar bajo seudónimo masculino, sin embargo, muchas de sus obras se le atribuyen a su padre Orazio Gentileschi, a Caravaggio y a otros pintores de la época. Sus obras son oscuras y agresivas, adjetivos muy alejados de lo que se esperaba de una mujer en el Barroco.

En fotografía, ese marketing machista tan arraigado en la sociedad se pone de manifiesto con Gerda Taro (1910-1937), una magnífica fotógrafa de guerra que realiza un trabajo excepcional al mostrarnos la cara más dura de la humanidad, acercándonos a la verdad de lo que pasaba en el campo de batalla que tan lejos estaba de las ciudades. A ella y a su pareja, André Friedman (también fotógrafo), se les ocurrió una idea para conseguir encargos: inventaron un personaje, un supuesto fotógrafo americano muy reputado llamado Robert Capa, que sólo contactaba con sus clientes a través de sus representantes (Gerda y André) y por un precio muy elevado. La estrategia funcionó a la perfección, y ambos enviaban sus trabajos bajo el seudónimo de Robert Capa. Lamentablemente al ser un hombre, muchos identifican sólamente a André con este personaje, dejando a Gerda en la sombra. Durante la Guerra Civil Española, Gerda Taro está presente como la primera corresponsal de guerra reconocida, haciéndonos llegar hasta hoy algunas de las imágenes más sinceras de este periodo bajo su propio nombre. Gerda murió en el campo de batalla, en el Escorial, un año después de estallar la guerra.

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Somos conscientes de dejar cientos de mujeres en el tintero que llegan a nosotros a través de sus nombres de varón: la escritora Cecilia Böhl de Faber con Fernán Caballero (La Gaviota, 1849), la compositora Susie Frances Harrison con Gilbert King (Pipandor, opera) o las hermanas escritoras Charlotte, Anne y Emily Brontë con Currer (Jane Eyre, 1847), Ellis (Cumbres Borrascosas, 1847) y Actor Bell (Agnes Grey, 1847). Pero también somos conscientes de dejamos en el tintero a cientos de miles que siguen ocultas bajo esos nombres masculinos que tomaron como llave a una sociedad dominada por hombres.

Por todas esas mujeres que buscaban las mismas oportunidades y aquellas que lucharon y luchan con su propio nombre por abrirse camino, por todas las trabajadoras, artistas, científicas o amas de casa que han luchado y luchan porque su trabajo sea reconocido en función de su valía y no de su sexo, por ellas, existe este día. Por ellas, lo conmemoramos. Y a todas las que hacen posible con pequeños y grandes gestos que yo misma hoy firme con mi nombre de mujer, va dedicado este artículo.

“No hay que desanimarse nunca. Los sueños vuelan, el trabajo queda.”

George Sand: Amandine Aurore Lucile Dupin.

Milena Cañas.

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