La caída de los dioses

Hace ya más de un siglo que nació el considerado primer ídolo de masas, el actor Rodolfo Valentino, que se consagró en los inicios de Hollywood como el primer latin lover de la historia del cine. Muchas otras grandes estrellas surgieron de aquel Big Bang hollywoodiense: Douglas Fairbanks, Mary Pickford, Charles Chaplin, Gloria Swanson o Lillian Gish. Pero Valentino, a pesar de su escasa filmografía, que hoy prácticamente ni se recuerda, pasó a la historia por convertirse en el primer fenómeno fan de la historia y en el primer ídolo caído en desgracia en la época. Tras su muerte, a sus 31 años de edad, sus fans se suicidaron en masa, ya que no podían soportar la terrible pérdida de su ídolo más querido.

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Claro está que antes de Valentino hubo otros ídolos. Pero la gran diferencia radica en que Valentino fue el primero que llegó al Olimpo gracias al cine, a la grabación de imágenes. Esta técnica nos ha permitido en el último siglo y pico de historia endiosar a todo tipo de personas e, igualmente, así como observar su caída y su decadencia. La prensa, los cronistas, la radio, el cine, la televisión y, ya en el s. XXI, las Redes Sociales, han facilitado el ascenso de cualquier fulano, pero también nos han dado la oportunidad de regodearnos con la caída de aquellos que nosotros mismos encumbramos al Olimpo. Tan pronto te lo doy, como te lo quito. Las caídas, los declives o los baches, los hay de muchos tipos.

En ocasiones, han sido los malos hábitos quienes se han llevado por delante carreras e, incluso, las vidas de algunos de los gigantes más famosos de la historia reciente. La mezcla de fama, dinero, adicciones y desequilibrios mentales se paga cara. Las sonadas adicciones de Charlie Sheen dan buena fe de ello; el círculo vicioso alrededor de Paris Hilton que envolvió y acabó con Lindsay Lohan y Britney Spears; el conocido como el suicidio más largo de la historia, el de Montgomery Clift, que no se acabó de recuperar del accidente de tráfico que le desfiguró el rostro; o la, por desgracia, famosa generación del 27 formada por, entre otros, Amy Winehouse, Jim Morrison, Jimmy Hendrix, Janis Jolin o Kurt Cobain. Vive rápido, muere joven y deja un cadáver bonito. Mención aparte merecen los niños prodigio, que acaban, generalmente, convertidos en muertos vivientes. Ahí están desde Judy Garland, hasta Haley Joel Osment, pasando por Tatum O’Neal, Amanda Bynes o Michael Jackson.

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Las malas compañías (y no sólo hablamos de Paris Hilton) también han destrozado carreras ilustres. El actor Emil Jannings, primer intérprete en ganar un Óscar, por las películas El destino de la carne (Josef von Sternberg, 1928) y La última orden (Josef von Sternberg, 1928), se relacionaba con el partido nazi y era un ferviente defensor del mismo, y eso no hay quien lo salve. También John Galliano hizo una especie de declaración justificando el genocidio nazi y fue despedido fulminantemente de Dior. Más recientemente econtramos el caso del denostado Sean Penn y el espectacular numerito que montó para entrevistarse con El Chapo Guzmán, el fugitivo más famosos de los últimos tiempos.

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En otros casos, la reconversión profesional y las malas decisiones también han enterrado a grandes dioses de la cultura pop del s. XX. Las carreras de Kim Basinger, Halle Berry o Sharon Stone, siguen esperando el papel que los devuelva a la primera plana del universo cinematográfico. John Travolta o Nicolas Cage se han convertido en caricaturas de sí mismos. Avril Lavigne y el grupo español Dover, viraron sus carreras hacia otro tipo de música sin que sus fieles fans les siguieran. Shia Labeouf se convirtió en un despropósito en si mismo. Mel Gibson se convirtió en un ultraradical católico. Y personalidades como Elizabeth Taylor o Sara Montiel pasaron de protagonizar grandes películas a ocupar las portadas de la prensa rosa por matrimonios que más parecían fruto de la demencia senil que del amor.

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Algunos consiguieron resurgir de sus cenizas, cuál ave fénix, pero eso es algo sólo reservado para unos cuantos elegidos. La princesa del pueblo, Belén Estaban, superó sus adicciones, sus problemas con el fisco, sus traiciones privadas, lo televisó todo en su programa de cabecera, lo rentabilizó y la masa volvió a apoyar a la reina de la televisión. Roman Polanski consiguió con su cine que el mundo se olvidará de la acusación, aún pendiente, de abuso sexual que pesa sobre él en Estados Unidos. Kate Moss volvió a ser la supermodelo que es en la actualidad después de que se publicitasen todos sus abusos, adicciones y fiestas sin descontrol. O vídeos y fotografías sexuales que no mataron carreras, por los pelos, como las de Colin Farrell, Tom Ford o Jennifer Lawrence.

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También hay malas decisiones que no sólo expulsan a nuestros ídolos del Olímpo, sino que los mandan directos a la cárcel. Winona Ryder se ve continuamente perseguida y desacreditada por su pasado como cleptómana. La conducción en estado de embriaguez ya es todo un mito. Las supuestas relaciones con la mafia de Frank Sinatra. Lana Turner asesinando a su marido. Roscoe “Fatty” Arbuckle involucrado en el asesinato más famoso del Hollywood de los años 20. Isabel Pantoja siendo detenida por blanqueo de capitales y mediatizando un proceso que probablemente haya supuesto el fin de su carrera. Santiago Calatrava, que pasó de ser un idolatrado arquitecto a un fraude multimillonario. Y Bernard Madoff, de gurú de las finanzas al estafador más famoso de todo Estados Unidos. Otro caso muy de actualidad es el de la Infanta Cristina de Borbón y su marido Iñaki Urdangarín, personalidades queridas y respetadas por el pueblo español, que han sido denostadas al demostrarse su implicación en el Caso Nóos. El juicio está en marcha y, quién sabe si pronto veremos una imagen tan histórica como la entrada en prisión de una Infanta de España. Y es que la Familia Real española está viviendo sus épocas menos gloriosas y sus miembros, entre los que se encuentra el rey emérito, tan respetado anteriormente, no dejan de caer y caer en popularidad debido a escándalos, excesos, cacerías y demás asuntos turbios.

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Y es que en España, otra cosa no, pero nos encanta crear ídolos políticos. O más bien, les encanta crearlos a los partidos y gobiernos, y nos encanta asumirlos como reales al pueblo llano. El mejor gestor, el mejor economista, el mejor presidente, el mejor representante de la Marca España, el mejor embajador, y así hasta el hastío. Pero los políticos han demostrado que no son de fiar, y tan pronto como suben, bajan. Así, el que supuestamente fue el artífice del milagro económico español, Rodrigo Rato, ahora no es más que un delincuente fichado. Jaume Matas, Carlos Fabra, Francisco Granados o Luis Bárcenas ya han pasado por prisión, cuando antes eran defendidos a capa y espada. Imputados, miles de nombres nos vienen a la cabeza, personalidades triunfalistas que ahora caen en desgracia: Jordi Puyol, y toda su familia, Francisco Camps, Alfonso Rus, Luis Diaz Alperi, Sonia Castedo, José Antonio Griñán, José Manuel Chaves, Magdalena Álvarez, y así una infinidad de nombres más.

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La corrupción está ahora en proceso de cobrarse dos nuevas víctimas. Víctimas jugosas. Dos grandes ídolos políticos. Dos mujeres encumbradas al endiosamiento, que han creído que eran inmunes y que ahora cada vez están más cerca de impactar de golpe contra la realidad. Las dos grandes perdedoras de las pasadas elecciones del 24-M, Rita Barberá, hasta esa fecha alcaldesa perpetua de Valencia, y Esperanza Aguirre, hasta esa fecha infinidad de cargos que van desde Ministra de Cultura, hasta presidenta de la Comunidad de Madrid, pasando por la presidencia del PP de Madrid. El cerco sobre ellas se estrecha cada vez más. En el caso de la concejala del Ayuntamiento de Madrid, Esperanza Aguirre, todos su más cercano círculo de confianza está imputado, investigado o condenado por diversos casos de corrupción. La Púnica, la Gürtel y demás, han asfixiado a la lideresa por excelencia. Lucía Figar, Salvador Victoria, Francisco Granados, López Madrid, Ignacio González y así hasta decir basta. La popular se vio obligada a dimitir de sus funciones de presidenta del partido en la comunidad, pero ha renunciado a hacer lo propio con su acta de concejala. Ella defiende que nunca ha tenido nada que ver con la corrupción, que no conoce tan siquiera aquellos que un día fueron sus manos derechas y que está libre de todo pecado. De momento parece tener suerte y no caerá en las redes de la justicia. Pero está claro que sus aspiraciones políticas se han visto frustradas por todos estos escándalos.

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El caso de la política valenciana es diferente. El declive de Barberá, quien parecía inamovible de su sillón de alcaldesa de la capital del Turia, comenzó hace poco más de un año, con un poco de alegría de más y el famoso caloret. A partir de ese momento, y rodeada también por casos de corrupción que salpicaban a una ciudad que había visto el esplendor y la gloria, pero que ahora se encuentra en la miseria y el olvido, comenzó a sufrir su caída. Una caída que esta siendo larga y dolorosa. Ella, que siempre había recibido el calor del pueblo valenciano, era por primera vez abucheada en sus paseos por los mercados o en sus shows en el balcón del Ayuntamiento, viendo las famosas mascletás, donde llegó a regalar algún que otro insulto y peineta (que venían muy bien en esas fechas en Valencia) a sus detractores. Después llegó su debacle electoral, que la condenó a sentarse en el asiento de la oposición. Asiento del que ella no quiso ni recoger el acta. Dimitió de sus funciones, dejando su ayuntamiento querido, su cortijo. Después, llegó su viaje al Senado como plan de jubilación y toda una serie de declaraciones que hacían presagiar que la gran diva de la política valenciana estaba perdiendo el oremus. Pero aún quedaba más. La Operación Taula se saldó con todo el grupo popular del ayuntamiento imputado. Detenciones como la de María José Alcón, Alfonso Grau o García Fuster, cerraban el círculo sobre la ex alcaldesa. Taula, blanqueo de dinero, el famoso Ritaleaks (gracias al cual sabemos cuánto le gusta a Rita el lujo), abren la puerta la posible imputación de Barberá. Los jueces aún tendrán que salvar algunos obstáculos para imputar a Rita Barberá, como su aforamiento y el blindaje que le ha proporcionado el PP nacional convirtiéndola en miembro de la Diputación Permanente. Pero parece que los días de vinos y rosas de Barberá quedan ya muy lejanos, y el fin de un ídolo político como pocos ha habido está muy, pero que muy cerca. La caída de los dioses siempre es dolorosa, larga y miserable, lo que nos asegura que aún podremos disfrutar de los delirios de estrella de Barberá algún tiempo más, como si de la Norma Desmond de El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950) se tratase. Nunca volverá a ser lo que era, pero ella no esta hecha para el retiro.

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Alejandro Piera.

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