Danzad, danzad, o estaréis perdidos

Existe una extensa filmografía dedicada a la figura de Pina Bausch. Títulos como Un jour Pina a demandé… (Chantal Akerman, 1983), Looking at Dance – A Conversation with Pina Bausch (Nora Stephens, 1999), Pina Bausch (Anne Linsel, 2006), Coffee with Pina (Lee Yanor, 2006) entre muchos otros, han intentado, algunos con más acierto que otros, conocer un poco más sobre ella y su método de trabajo. Pero, de todas las aproximaciones a esta figura de referencia mundial para la danza moderna, Pina (Wim Wenders, 2011) es un documento único del mundo de Pina Bausch. En él no encontraremos entrevistas, de hecho, encontraremos las palabras justas, ni prácticamente material de archivo, como cabe esperar de un documental sobre una personalidad importante, como vimos en los maravillosos Amy (Asif kapadia, 2015) o What Happened, Miss Simone? (Liz Garbus, 2015). Lo que encontramos en Pina es puramente visual y, sin embargo, logramos obtener muchísima información y, sobre todo, emocionarnos con esta oda a Pina Bausch, que no la vería terminada, pues murió antes de que Wim Wenders la finalizara, convirtiéndola en un sentido homenaje póstumo a la altura de su memoria.

Wim Wenders se sirve de lo mejor del cine y de sus avances técnicos (está filmado en 3D) para relatar lo mejor de la danza. Ambas disciplinas se ven favorecidas poniéndose una al servicio de la otra, elevando a lo más alto su belleza. De alguna manera, es como si la coreografía fuese el guión y Wenders lo trasladara a la pantalla, jugando con el lenguaje cinematográfico de los movimientos de cámara, los primeros planos, los encuadres y la profundidad de campo, sacando partido a cada uno de los gestos de los bailarines, a los preciosos colores que están presentes en cada coreografía y dándole una nueva dimensión al lenguaje de sus cuerpos.

La compañía de Pina Bausch vuelve a representar para la cámara de Wenders, algunas de las piezas más famosas de la coreógrafa, como La consagración de la primavera, Café Müller y Vollmond, y además, traslada la danza a los espacios menos esperados. La cima de una montaña, una carretera, un vagón de metro, un río o una piscina pública se convierten en escenarios de piezas únicas que hablan del amor, la soledad, la tristeza, el dolor y la belleza, contando con sus cuerpos lo que las palabras no pueden alcanzar, y convirtiendo cada espacio en un lugar mágico.

Los bailarines, con su propia voz en off mientras ellos están en silencio ante la cámara, sirven de nexo entre cada una de las piezas que van representando. Esos son los únicos momentos en los que encontramos palabras referidas a una artista que, dicen, era capaz de leer el alma de cada uno de los miembros del cuerpo de baile, y a la que le importaba menos la técnica de baile que la expresión de cada uno de sus cuerpos, de los cuales sacaba el máximo partido. Muestra de ello es el montaje de su obra Kontakthof con adolescentes, recogido en el documental Dancing Dreams (Rainer Hoffmann, Anne Linsel, 2010), y el realizado, también de esta obra, en el año 2000 con personas mayores de 65 años.

Precisamente, por su ruptura con muchos cánones establecidos en la danza y por la introducción de otro tipo de movimientos, puestas en escena y la mezcla de disciplinas y estilos, sus obras fueron tan admiradas como controvertidas cuando se puso al mando del Tanzatheater Wuppertal. Ella misma cambió el nombre a la sede de la compañía, acuñando el término Tanzatheater (danza-teatro) que influyó a muchas generaciones posteriores, Este término surge de su búsqueda constante de un espectáculo escénico total, mezclando en todas ellas teatro y danza, pero además, otorgándole a la escenografía, el vestuario y la música una importancia primordial dentro sus montajes, en los que solía incluir todo tipo de elementos, como agua, rocas, arena o piedras, que actuaban como obstáculos, y en los que hasta el más mínimo gesto contaba.

Esta gran artista del movimiento no pasó desapercibida tampoco para el cine. Además de encargarse de filmar alguna de sus piezas y de dirigir la película The complaint an empress (Pina Bausch, 1990), trabajó a las órdenes de Federico Fellini en Y la nave va (Federico Fellini, 1983). Pero, si hay alguien que quedó fascinado por la belleza de su obra, de sus movimientos, de su personalidad y de su forma de andar por el escenario con los ojos cerrados, ese es Pedro Almodóvar. Ambos se conocieron en Madrid en los años 90, cuando ella se encontraba con su espectáculo Nelken en el Teatro Real, y encontraron muchos puntos de conexión entre los personajes que habitan sus obras. No es extraño, entonces, que esa admiración que Almodóvar sentía por la artista se trasladara a la pantalla y que en Todo sobre mi madre (Pedro Almodóvar, 1999) apareciera un póster en el que Pina Bausch baila en la obra Café Müller. Casi como una premonición, esta misma obra abriría su siguiente película, Hable con ella (Pedro Almodóvar, 2002). Es en la representación de esta obra cuando Benigno Martín y Marco Zuluaga (Javier Cámara y Darío Grandinetti) se conocen. Tampoco es casual que Almodóvar eligiera Café Müller, una obra en la que dos mujeres con los ojos cerrados y los brazos extendidos, totalmente alienadas de lo que les rodea, tropiezan con sillas que se interponen en su camino en cada movimiento, y que son totalmente análogas a sus protagonistas, Alicia y Lydia (Leonor Watling y Rosario Flores), ambas en coma.

Pina es, en definitiva, una exploración deslumbrante de la belleza de la danza y una muestra de que el cine puede conseguir que algo se vuelva todavía más maravilloso.

María Jara

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