La arquitectura y la venda en los ojos

Si de primeras digo “arquitectura”, la mayoría de nuestras cabezas se llenan de imágenes de ciudades y edificios más o menos iguales, modernos (son de viviendas la mayoría, oficinas en todo caso). Pero si digo “historia del arte”, la visión que se nos presenta es un capitel corintio. Y digo también, ¿no son esos capiteles corintios los que sostienen esas viviendas, oficinas, templos unos años atrás? O dicho al revés, ¿por qué la arquitectura viva nos suena menos a arte que su propia historia?

Está socialmente aceptado que la catedral gótico-renacentista de Florencia, Santa María del Fiore (con esa cúpula magistral de Filippo Brunelleschi, y hablo del punto de vista arquitectónico además del artístico), La Ciudad Prohibida de Pekín (1406-1420, siendo el recinto palaciego más grande que se conserva en el mundo) o Las Pirámides de Giza (Egipto, 2570 a.C.) son monumentos artísticos dignos de admirar, tanto que el último de ellos pertenece al conjunto de las 7 maravillas del mundo (habría que ver la polémica si se construye un complejo así ahora en medio del desierto, o peor aun, ¿en la plaza de un museo francés…?).

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Es verdad que la torre Eiffel tampoco encajó muy bien en su época y ahora es el icono de París (incluso de Francia) por excelencia. Quizá sólo necesitamos un poco de tiempo. ¿O un cambio de chip? Paremos un momento. Si nos fijamos, parece que es el tiempo lo que diferencia una obra artística de “esas moderneces” que plantan en medio de nuestras ciudades y desentonan con todo (ojo a la torre Eiffel…). Y luego las viviendas y edificios de oficinas, que vemos exclusivamente funcionales. ¿Pero y si nos quitamos ese filtro enrarecido y empezamos a ver las nuevas obras de arte arquitectónicas con un poco más de perspectiva? Tenemos dos opciones: o imaginar que miramos las obras desde el futuro, cuando ya puedan empezar a valorarse, u olvidarnos de todo y dejarnos llevar por las formas, luces, líneas y estructuras. Para gustos los colores, pero para verlos hay que abrir los ojos.

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Nosotros, escritores, pintores, escultores, arquitectos, apasionados aficionados por la belleza de París hasta ahora intacta, venimos a protestar con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra indignación, en nombre del gusto francés anónimo, en nombre del arte y de la historia francesa amenazadas, contra la erección en pleno corazón de nuestra capital, de la inútil y monstruosa torre Eiffel, a la que la picaresca pública, a menudo poseedora de sentido común y espíritu de justicia, ya ha bautizado con el nombre de Torre de Babel.

Carta pública de protesta de varios artistas contra la torre Eiffel, 1887

Un escenario parecido se reprodujo con la continuación de las obras de La Sagrada Familia (Antoni Gaudí, 1882-actualmente) y a pesar de que La Rambla esté llena de llaveros de la misma, desde la segunda mitad del siglo XX varios profesionales se han opuesto a la terminación de esta obra calificándola de desvirtuada, monstruosa, forzada o robótica. La arquitectura innovadora parece nadar en alquitrán cuando se expone a la sociedad. Sin embargo, prestando atención al caso de Gaudí, ¿cuánto nos habríamos perdido si su mecenas por excelencia, Eusebi Güell, no lo hubiera visto desde esa otra perspectiva? Aunque cuando conoció su trabajo, Gaudi comenzaba a hacerse un nombre como arquitecto, será a partir de las obras a este gran amigo cuando Gaudí realmente desarrolle su característico estilo personal, que va perfilando a través de Las Bodegas Güell, Palacio Güell, Parque Güell… culminando con su espíritu en estado puro en casas como la Batlló (esta ya para Josep Batlló). Y es en este punto donde la obra de este genio de la arquitectura va a ayudarnos a percibir este arte de la arquitectura (sí, arte), de otra manera.

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La obra arquitectónica de Gaudí es un ejemplo clarísimo y magistral de estética, creatividad, estructura y funcionalidad. Gaudí se atrevió con lo nunca visto, y no sólo nos dejó perplejos, sino que la cantidad de detalles a todos los niveles que alcanzan sus construcciones podrían hacerte pasar horas y horas analizando la perfección de uno solo de sus diseños. En la fotografía vemos el salón de la Casa Batlló, donde las líneas rectas son inexistentes y el artista nos sumerge en un mundo marino y fantástico. Si nos fijamos en el techo, no sólo apreciamos las ondulaciones de una ola o remolino de agua, sino que esas mismas ondulaciones conducen y distribuyen la luz creando un ambiente único, acentuado por las vidrieras de colores verdes y azules. En esta misma casa conjuga la funcionalidad de mil maneras: a través de unas pestañas desplegables, entre las puertas quedan libres unas rendijas para permitir que la calefacción o la ventilación fluya por todas las habitaciones; o en el caso del desván, la ventilación y la luz existen preservando los pasillos de la humedad y facilitando un sistema de desagüe a través de unas ventanas con una estructura abierta e inclinada. En todos los rincones se esconden detalles para sumergirnos en el mundo marino, como el patio de azulejos de un degradado de azules con cristaleras irregulares que recrean la vista a través del agua.

Toda una experiencia a través de una casa, de una vivienda además. Experiencias, esa es la clave del arte y no el transcurso del tiempo (aunque ayude). Obras arquitectónicas que nos hagan sentir, que nos inviten a pensar, con las que disfrutar, con las que vivir. Entendiéndolo así, hay un sinfín de obras arquitectónicas de nuestro tiempo en las que podemos detenernos a disfrutar. Sin ir más lejos, el Museo Guggenheim de Bilbao (Frank Gehry, 1992-1997), fue duramente cuestionado incluso antes de ser construido. Hoy se nos presenta como una de las obras más espectaculares del deconstructivismo arquitectónico (o lo que es lo mismo, descomposición, apariencia caótica, distorsión, ruptura de la linealidad…), y sólo la panorámica que ofrece ya merece la pena (por cierto, que cambia según el punto desde el que te encuentres, siendo una flor desde arriba que pocos tienen el privilegio de ver). Sus paneles de titanio reflejan la luz, fundiéndolo con el cielo y el agua de su alrededor.

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Herzog & de Meuron son los creadores del famoso Estadio Nacional de Pekín (2003-2008), que no sólo es conocido como “El Nido del Pájaro”, por su red exterior de acero, sino que tiene un sistema de energía solar y de recogida del agua de lluvia para el riego y la limpieza. En el caso de Norman Foster, autor de la famosa torre 30 St Mary Axe de Londres (2004), su reconocimiento como artista se hace explícito en este caso a través del Premio Príncipe de Asturias de las Artes (2009). Zaha Hadid (arquitecto nacida en Irak también de la corriente deconstructivista), José Rafael Moneo Vallés (ganador también del Príncipe de Asturias de las Artes en 2012), o Toyoo Itō, uno de los arquitectos considerados más innovadores e importantes del mundo (creador, entre otros, del característico Hotel Porta Fira de Barcelona) continúan una larga lista de artistas de la arquitectura.

Conseguir el arte, creatividad, estética, expresividad o experiencia además de seguridad, originalidad y funcionalidad resulta tan ambicioso que parece magia que pueda materializarse en un solo edificio. Con este artículo tratamos de hacer ver el mundo de posibilidades que se despliega ante nosotros con una mirada más amplia, esta vez, hacia la arquitectura. No se trata de que nos tenga que gustar todo lo último que se haga. Pero sí de considerarlo como haríamos con una obra más antigua. Y quizá la próxima vez que quieran construirnos una “torre Eiffel” no lo veamos con tan malos ojos.

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Milena Cañas.

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