El extraño caso de los carteles diferentes

Nos gusta el cartel de Kiki, el amor se hace (Paco León, 2016). Pues sí, un simple collage de elementos donde la protagonista es una sugerente y erótica granadilla. Frutas, animales, el rostro de los protagonistas, fondo blanco y mucho color llaman la atención con originalidad a la vez que transmiten de un vistazo el tono descarado y divertido de la película. Si es que nos tienen muy acostumbrados a verle hasta los poros a la estrella de turno o el paisaje que se pierde en el horizonte entre luces oníricas (o los dos a la vez). Que sí, que son muy bonitos, pero que a veces una granadilla rosa es lo que marca la diferencia.

Ojo, que no significa que no haya carteles muy bien pensados con primeros planos. Pero sí significa que a veces podrían pensar un poco más allá. Es cierto que de tanto repetir ciertos patrones hay imágenes que se han codificado, y tiene sentido si pensamos en que casi se convierten en una primera cata de la película y nada más verlo sabemos si es comercial, de autor, una “americanada” o un pastel. Pero tampoco hay que perder de vista el objetivo con el que se hace el cartel: llamar la atención. Efectivamente, un tipo de cartel tradicional llama la atención porque es identificable para el público, porque te lleva a algo que reconoces. Pero nos encanta encontrarnos con un cartel diferente y mimado que además de ser un elemento identificador, es un elemento expresivo por sí mismo, llegando a ser incluso obras de arte.

Rebobinemos un poco. Cuando el cartel comenzó a parecerse a lo que hoy entendemos como tal hubo una persona que dio un paso al frente: Jules Chéret, que fue quien revolucionó esta forma de anunciarse dando prioridad absoluta a la imagen (aunque cueste imaginarlo, previamente la había tenido el texto). Esta imagen eran figuras simplificadas y de colores atractivos, icónicas, fáciles de entender para todo el mundo pero muy estéticas, hasta el punto en el que muchas de ellas cuelgan hoy en nuestras casas. Toulouse Lautrec fue otro gran representante de este nuevo tipo de cartel, pero con una diferencia: introduciendo la caricatura. No pretendemos hacer un repaso a la historia del cartel, pero sí quedarnos con una idea: el riesgo y cambio de óptica que supone atreverse a hacer algo diferente.

Volvamos a la época de cartelismo que nos ha tocado vivir. ¿Qué carteles se salen un poco de lo habitual? Empecemos por lo fácil, vayamos a la reina rompecabezas de los creativos: la publicidad, un mundo en el que ser original es lo corriente, una ciencia que persigue compulsivamente destacar y convencer. Pobres creativos, ¿qué pueden hacer ya que no hayamos visto?

Sencillo, estético y directo. Así es el cartel lanzado en 2012 por la agencia de publicidad brasileña Publicis Sao Paulo para la empresa cosmética L’Officiel III (arriba a la izquierda). No es la única vez que la agencia ha trabajado para la marca, pero este es uno de sus mejores resultados, con el que ganaron varios premios de diseño. Pepsi por su parte, apuesta con la agencia Mark BBDO Prague por un estilo absolutamente contrario que tampoco nos deja indiferentes: recargado, con mucho contraste y un dibujo mucho más cercano al cómic, asocia la energía de la Pepsi a la energía y estilo de vida de jóvenes y adolescentes (arriba, a la derecha).

En propaganda política y social también encontramos ejemplos de imágenes que se quedan para siempre en nuestra retina. Todos recordamos el impactante mensaje realizado por la agencia Kitchen para “Ayuda en Acción” con el eslogan: “Dile al hambre que se meta con alguien de su tamaño” (abajo a la izquierda). El cartel apuesta por dibujos rompiendo con las imágenes de extrema dureza para sumergirnos en el mundo infantil y ofrecernos la óptica de un niño. En la misma línea podemos encontrar “Dile a la pobreza que se meta con alguien de su tamaño”, también de una expresividad sobrecogedora. En política el boom de los carteles los encontramos en periodo de guerras (I Guerra Mundial, II Guerra Mundial, Guerra Civil Española…), que nos dejan imágenes tan conocidas como la tristemente eficaz propaganda nazi de Joseph Goebbles o carteles de ánimo por los que no pasa el tiempo, como el famoso “We can do it” del americano Howard Miller, con esa mujer sobre fondo amarillo que alza el brazo mostrando la fuerza de su músculo en señal de ánimo a los trabajadores durante la II Guerra Mundial (aunque el cartel se popularizó en los años 80). En España queremos resaltar el trabajo de Ramón Puyol por su originalidad y camino alternativo, muy diferente a veces a lo que entendemos por un cartel político. Su obra “El rumor” (abajo a la derecha) para Socorro Rojo Internacional (SRI), es digna de ser analizada por su simbolismo e impacto más allá del vistazo que se le suele conceder a un cartel.

Igual de inquietante pero en el ámbito musical se presenta este diseño de Gustavo Rico para el grupo Naam y su gira de conciertos en Escandinavia de 2013 (abajo a la izquierda). En otro estilo pero no menos llamativo encontramos el diseño de ah! studi para el Festisurf 2014 en Costa Brava (abajo a la derecha). Es curioso porque, como en el cine, muchos de los carteles para conciertos musicales se limitan a poner una imagen no reflexionada en exceso con la información básica del concierto. Pero últimamente se tiende a apostar por el diseño profesional y cuidado, que nos deja obras de arte que (sobre todo en EEUU) ya forman parte del Merchandising del grupo.

Si entramos en el terreno del teatro, la situación empeora. Si bien es verdad que no es actual la presencia de artistas en los carteles que anuncian obras teatrales, cada vez más se suele ver la foto de los actores o de alguna escena de la obra, como ocurre en cine. Y lo peor es que pocas veces sólo con el cartel te entran ganas de ver la obra (vamos, que el propósito ni se sabe dónde queda). Eso sí, ovación para los artistas polacos, grandes cartelistas en todos los ámbitos, que si nos presentasen un cartel así, caiga quien caiga iríamos a ver la obra sólo por curiosidad (de hecho, la Escuela polaca del cartel está reconocida internacionalmente). En 2015 El Teatro Español realiza una exposición de carteles polacos diseñados para obras de teatro españolas en Polonia, como el realizado para Bodas de Sangre de Federico García Lorca (Stasys Eidrigevicius, Teatr Szwedzka, 1990, abajo a la izquierda). Imposible no mencionar aquí a Antonio Mingote, que realizó numerosos carteles teatrales y especialmente para las obras de Enrique Jardiel Poncela, como el de Los habitantes de la casa deshabitada (abajo a la derecha).

Volvemos a donde empezamos: el cartel en el mundo del cine. Aunque hay carteles que son todo un clásico, y que cuelgan en nuestras paredes junto a los de Toulouse Lautrec y el “We can do it” de Miller, como Desayuno con diamantes (Blake Edwards, 1961), vamos a continuar yendo hacia aquellos que tienen algo que se sale de alguna manera de los moldes. Como por ejemplo, el de Chinatown (Roman Polanski, 1974), que en una oleada de carteles que ya tendía a las fotografías de sus protagonistas o dibujos bastante realistas, se atreve muy acertadamente a imitar el arte asiático, remitiéndonos a cuadros como La Gran Ola de Kanagawa (Katsushika Hokusai, 1830-1833). Metrópolis (Fritz Lang, 1927) tiene un cartel futurista inolvidable, La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971), Barry Lindon (Stanley Kubrick, 1975) e incluso Hard Candy (David Slade, 2005), que juega con la metáfora de Caperucita y nos da una imagen desoladora partiendo de una fotografía.

No muchos se atreven a arriesgar con su carta de presentación, y en el caso del cine sin ir más lejos, muchas veces son las distribuidoras quienes deciden que un cartel que se salga de los patrones habituales no va a vender, como en el caso de Stoker (Park Chan-wook, 2013), en el que la propuesta del cartel original era bastante más interesante que el tradicional que finalmente lanzó la distribuidora. Y es una pena lo generalizada que está esta visión y la de carteles y obras de arte que nos perdemos con ella, dejando a miles de diseñadores gráficos con la cabeza explotando ideas que se quedan en el aire, o en un cajón. ¿Nos sorprenderemos este año con visiones diferentes? De momento os recomendamos ojear “The Poster Collective“, una plataforma que da visibilidad a auténticos artistas del cartelismo.

Milena Cañas.

 

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