Relatos (In)Visibles

Los cuentos, los grandes olvidados. Pequeños relatos, momentos, reflexiones con principio y final que en realidad nunca lo tienen. El poder de una historia está en su capacidad para calar en el espectador y hacerse un hueco en su memoria, y si pensamos en nuestros recuerdos, ¿son grandes relatos o pequeños momentos? ¿Cuántas veces guardamos un simple instante como si fuera un tesoro, más allá de su contexto? Otras veces ese recuerdo, aunque amargo, se clava en lo más hondo de nosotros por la claridad de su mensaje. Algo así como el “no hables con extraños porque acabarán comiéndote” o “si mientes te crecerá la nariz”. Eso hacen los cuentos, los relatos breves, esos que sólo se publican para niños o en ediciones de lujo, los que aparecen de pasada en una revista (o los que nunca llegan a las salas de cine comerciales). Esos dioses silenciosos que se entrometen sin pedirnos permiso.

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Según los estudiosos del arte de la literatura, un cuento es un relato breve de ficción, normalmente en prosa, con una línea argumental clara y definida, estructurada en planteamiento, nudo y desenlace, con todos sus hechos centrados en torno a un personaje y que está hecho para ser leído sin interrupciones, de principio a fin (o de lo contrario se rompe irremediablemente su narrativa). En cuentos como los de Chéjov, vemos que ni siquiera es necesario contar algo, sino que lo esencial en un cuento es lo que hace memorables los recuerdos: el ambiente, las sensaciones, y el poso que queda sea cual sea el recurso para conseguirlo. Pero ¿qué pasa cuando el cuento no está hecho de palabras, ni de dibujos, sino de imágenes en movimiento? ¿Cuáles son esos recursos y características? Sí, hablamos de los cortometrajes, esas pequeñas piezas cinematográficas que cuando llegan las 12, se convierten en calabaza; cuando pasan los festivales, pocos los vuelven a ver porque rara vez se comercializan. Pero una vez visto, nunca lo olvidas. ¿Dónde están los cuentos en los cortometrajes?

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En rememorar momentos consiste el “cuentometraje” de La casa en pequeños cubos (Kunio Katō, 2008), que recibió el Óscar al mejor cortometraje de animación entre otros premios, y que consta de 12 minutos de animación que cuentan la historia de un anciano que vive en una casa inundada sobre la que se han ido construyendo durante años otra casa encima (y otra, y otra…), para no ser superados por el nivel del agua. Hasta aquí el planteamiento. En lo alto de esta torre sumergida, vive este hombre solitario, al que su pipa, se le cae en la planta inundada de debajo. Cuando va a buscarla, buceando, el espacio le recuerda los últimos momentos que pasó allí con su mujer. Entonces, el anciano, atrapado por el recuerdo, sigue sumergiéndose más hondo atravesando cada planta y con ellas cada recuerdo que forma su vida: sus nietos, la boda de su hija, cuando ésta iba al colegio, cuando era un bebé, cuando conoció a su mujer. El cortometraje sabe a esos momentos en los que comienzas a ordenar tu estantería y te sorprenden instantes olvidados que nunca se han ido, que te enganchan y te hacen seguir cavando hasta lo más hondo de tu memoria. En el desenlace de este cuento, vemos que el anciano, seguirá escalando hasta el cielo, pero nunca abandonará la casa en que descansa toda su vida. Un dibujo tradicional, que recuerda efectivamente a un libro de cuentos, sencillo y donde se distinguen los trazos de lápices de colores, lápices que recuerdan a la infancia, que impregnan de nostalgia toda la imagen es uno de los recursos más potentes que utiliza esta obra maestra para quedarse en nosotros de la manera exacta, acompañando lo que cuenta.

En Coda (Alan Holly, 2013), ganador en South By South West, la historia comienza con un joven ebrio que a duras penas sale de la discoteca en la que se ha bebido hasta la última gota de alcohol. En su vuelta a casa, es atropellado y muere. Su alma se levanta confusa y vaga por la ciudad hasta un parque mientras la muerte lo busca. Pide más tiempo, ver más antes de morir, y la muerte le concede visiones de su vida, su familia y del mundo en general, como una madre le cuenta cuentos a su niño hasta hacerle caer rendido por el sueño, hasta que encuentra la paz en la muerte, en el descanso. En este caso los recursos que potencia esta historia y la caracterizan, son los dibujos casi esquemáticos que nos dan esa idea de simpleza e insignificancia de la vida humana, pero no desde un punto de vista derrotista, sino desde uno más inmediato y sin complicaciones. Sin embargo, esa voz que no deja de suplicar “more” entra como un taladro haciéndonos ver la fugacidad de la vida, la pérdida del tiempo, la falta del mismo. El niño con el cordón umbilical nos remite al principio, a lo cíclico, a lo que se repite y se seguirá repitiendo.

Una historia de amor (un cuento de amor), se puede contar de mil maneras y Bottle (Kirsten Lepore, 2010) lo hace de una forma sencilla, original, clara y tremendamente expresiva, a través de un muñeco en la arena de la playa y un muñeco de nieve al otro lado del mar. Ambos se mandan mensajes en una botella: arena, nieve, conchas, ramas, que viajan a través de las olas. Hasta que un día deciden conocerse, y con ilusión se sumergen en el agua para atravesar el océano. Pero cuando están apunto de tocarse, arena y nieve se deshacen con el agua. ¿Qué nos quieren contar con esto? Quizás nada, quizá todo. Quizá que el amor es peligroso y a veces acaba con nosotros mimos, quizás que sin él no merece la pena vivir, quizás que simplemente debamos disfrutar de la magia y tristeza de esta historia aislada. El cortometraje está realizado en stop-motion, a través de fotografías reales en la playa y la nieve. La textura de estos elementos reales le da una expresividad sorprendente al corto, porque humanizan aspectos que hemos tocado con nuestras propias manos, y los vemos tal cual, moviéndose en pantalla. La falta de diálogos y sonidos naturales, lo potencian aun más.

Otro cuento de amor, tremendamente realista gracias a lo gráfico que resulta es The gift (Julio Pot, 2013), que más que un cuento es una situación que se repite, como las fábulas que nos enseñan la moraleja al final. Otra animación en la que un chico le regala su corazón a una chica (representado en forma de pelota azul), dejando su pecho con una compuerta abierta a un espacio ahora vacío, como los coches con el depósito de gasolina. Reconocemos perfectamente esa situación en la que la pareja disfruta, ella cuida su corazón y a él le gusta que ella lo tenga. Pero poco a poco van surgiendo situaciones que les hacen enfadarse y cansarse, y la chica comienza a no tratar tan bien ese regalo. En una escena que define a la perfección una ruptura, ella se marcha enfadada sin devolverle el corazón, y él se queda absolutamente bloqueado. Hasta que otra chica aparece con su propio corazón… pero esta vez no se lo regala, lo comparte. El dibujo en forma de esquema (con monigotes sin detalles definidos), nos lleva directamente a la idea de que nos están ofreciendo “una explicación” sobre el funcionamiento de este estado. Y efectivamente funcional a la perfección: la sensación de vacío de una ruptura, la de una relación controladora y la de otra sana y con respeto a uno mismo es total y absoluta a través de una simple pelotita azul.

Vicent (Tim Burton, 1986) encarna el cuento de terror sin contar nada, simplemente planteando una situación, la del propio Burton, ya que su protagonista es él mismo en su infancia. Un niño obsesionado con el actor de cine de terror por excelencia Vicent Price (quien es el narrador de la historia) y con Edgar Allan Poe (a quien hace un guiño el guión en forma de rimas que siguen su estilo). La narración en tercera persona es claramente heredada del cuento escrito (u oral), y el aspecto lúgubre tan característico de Tim Burton nos sitúa de inmediato en el desasosiego, confusión e inquietud. La ruptura de esta línea con las intervenciones de la parte real (no la imaginación de este niño tan peculiar), se hace claramente a través de la música, que cambia absolutamente de tercio en una y otra situación manejando la tensión del relato. Lo mejor de este “cuentometraje”, que ya es un clásico, es que tras estar muchos años guardado en el cajón (porque insistimos en que más allá de los festivales, los cortometrajes de animación están condenados), fue incluido en el DVD de Pesadilla Antes de Navidad (Henry Selick, 1993), de la Burton es el autor de la historia.

Voces, colores, formas, silencios tremendamente expresivos para contar micro-historias, micro-instantes (micro-recuerdos). Recursos que convierten en un reto su manejo en tan poco tiempo, para hacernos llegar un mensaje o sensación en menos de diez minutos. Un objetivo que los hace inmortales si lo consiguen. Aunque muchas veces sean condenados a esperar en un cajón.

Milena Cañas.

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