“El libro de la selva” y las películas que cobran vida

Diez días tras el estreno en EEUU de El Libro de la Selva (Jon Favreau, 2016), éste lidera la taquilla estadounidense además de convertirse en el estreno más exitoso en España en lo que va de año. Parece que Disney ha dado con la tecla para reciclar sus clásicos de la manera más rentable. Y no sólo Disney. Si pensamos en los estrenos de los últimos años, desde 2010 que Tim Burton estrenó su Alicia en el país de las maravillas (Tim Burton, 2010), el “live action” o las películas con actores de carne y hueso sobre cuentos clásicos, se han convertido en tendencia: La Bella Durmiente (Clyde Geronimi, 1959) a través de Maléfica (Robert Stromberg, 2014),  Blancanieves en sus múltiples versiones (Blancanieves: mirror, mirror,Tarsem Singh, 2012;  o Blancanieves y la leyenda del cazador, Rupert Sanders, 2012), Cenicienta (Kenneth Branagh, 2015), Pan (Joe Wright, 2015), El libro de la selva (Jon Favreau, 2016) y a la vuelta de la esquina La Bella y la Bestia (Bill Condon, 2017), con Emma Watson como protagonista. Por supuesto ha habido muchas antes de todas ellas (Peter Pan: la gran aventura, P.J. Hogan, 2003, 101 dálmatas ¡Más vivos que nunca!, Stephen Herek, 1997 …), pero la década de 2010 se lleva la palma trayéndolas en oleadas. Hasta la serie Once Upon a Time (Adam Horowitz, Edward Kitsis, 2011-actualidad) se ha unido al carro desde 2011 a nuestros días para reunir a todos los personajes no sólo de cuento, sino de Disney.

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Pero si lo que nos ofrecen es un calco de la original, ¿cómo es posible que este boom esté teniendo tanto éxito? Puede que nos guste volver a la infancia (y que muchos nos cabreemos al no volver como esperábamos), o que queramos poner cara, de carne y hueso, a los personajes que nos han acompañado toda la vida. Puede que queramos saber más, comprender los detalles que no vimos en su momento, o puede que busquemos otro punto de vista. ¿Ofrecen las películas de carne y hueso ese otro punto de vista? ¿Cuáles son las claves para hacerlas diferentes?

Aunque el caso de Disney, no se puede comparar con el caso “Tim Burton”, si que es cierto que en todas estas películas de carne y hueso encontramos un punto oscuro con respecto a las animadas. Es decir, son infantiles, hasta cursis. Pero la tendencia es endurecerla. Con Tim Burton no es ninguna sorpresa encontrarnos escenarios macabros, imágenes desconcertantes y una estética que tira al gótico siempre que puede. Pero con Maléfica Disney se atreve a mostrarnos la crueldad de una forma mucho más explícita de la que acostumbra, y el primer aviso nos llega cuando a la todavía “hada buena” Maléfica, la traiciona su primer amor amputándole sus alas de águila. En El libro de la selva (Jon Favreau, 2016) encontramos un Shere Khan muy alejado del malvado galán que se nos presenta en la versión animada: este es frívolo y mucho más retorcido, y nos deja más de una imagen cruda de la película. ¿Por qué esta tendencia a mostrar un lado más oscuro? En nuestra humilde opinión, Disney sigue los pasos del éxito de Tim Burton con Alicia en el país de las maravillas, y le ha visto el tirón a esta forma de ofrecer las historias. Pero eso nunca lo van a reconocer, claro.

También es verdad que en el caso de Disney, ese punto oscuro se utiliza muchas veces para comprender a los personajes. Y es que si hay otra tendencia de estas versiones reales, es tocar un poco más la psicología de héroes y villanos y mostrársela al público. La traición que sufre Maléfica sirve para entender el porqué de su crueldad contra el Rey Estéfano y su deseo de arrebatarle (como él hizo con ella) lo que más quiere (o lo que se supone que más quiere, porque en esta versión, es el rey Estéfano el que se convierte en uno de esos “malos, malos”). ¿Cuál es el problema aquí? Se han volcado tanto sobre Maléfica con Angelina Jolie, que el resto de personajes quedan prácticamente planos: las hadas no pintan nada, el príncipe para qué hablar… ¡pero si casi no pinta nada la propia Aurora! Y como decíamos, han humanizado a Maléfica para deshumanizar al Rey Estéfano. Cuestionable giro de tuerca.

En el caso de Cenicienta (Kenneth Branagh, 2015), insisten en ayudarnos a comprender que Ella (Cenicienta) no es estúpida por quedarse en la casa con una madrastra y dos hermanastras que la maltratan, mostrándonos el vínculo que tiene con la casa a través de su infancia con sus padres (madre incluida). Cuela regular, la verdad. También con calzador meten la idea de que la madrastra tiene sus razones para ser cruel al descubrir que su marido sigue queriendo más a su hija (algo muy normal por otra parte) y a su difunta mujer. Aunque el histrionismo de esta Cate Blanchett vestida (divinamente, eso sí) de madrastra, contrasta con esa explicación racional.

En El libro de la selva (2016), se nos explica el odio de Shere Khan a los humanos a raíz de su mala experiencia con el fuego, ya que el padre de Mowgli le quemó media cara (le quemó media cara porque se lo iba a comer, tampoco nos queda claro que eso lo humanice mucho…). Y en Blancanieves y la leyenda del cazador, nos presentan a una Blancanieves en la que su encanto reside en su personalidad y valentía, más que en su belleza… o eso pretendían antes de que Kristen Steward derrochase una inexpresividad nada sorprendente, por otra parte. Pero es que cada nueva versión debe mostrar su trabajo sobre la historia, aunque esta se parezca a la que sacaron hace 50 años. El público puede ser más adulto y la narrativa ha evolucionado también, tendiendo a los personajes con dimensiones y el “causa-efecto”. O esa es la explicación que podemos encontrarle.

Después de este vídeo (en el que la propia Cate Blanchett habla de la importancia de la motivación también para los villanos), comprendemos irremediablemente que otro de los atractivos de las versiones en carne y hueso es el diseño de arte, vestuario y efectos visuales. Y sí, aunque en Cenicienta (2015) cojean muchas cosas, todo esto es lo mejor que tiene, y realmente es muy notable. No sólo los de Cate Blanchett, que imitan el glamour de los años dorados de Hollywood, o los de las hermanastras, chillones y recargados. El vestido azul de Cenicienta es ya todo un hito del cine. Más de 5 meses de trabajo supuso confeccionarlo, 12 capas componían la falda que jugaban con distintos tipos de azul y había cristales de swarovski incrustados por todo el traje. El resultado y la escena del baile son impresionantes, todo sea dicho. Su diseñadora Sandy Powell, se inspiró en la década de los 50, además de en el siglo XIX, y su idea era hacer trajes coloridos pero con un punto realista.

En El libro de la selva (2016) han explotado el tema de la recreación digital de animales. Hacer creíble que animales “de carne y hueso” hablen y gesticulen no es tarea fácil, y personalmente nos genera de entrada un poco de rechazo verles mover la boca como a personas… pero hay que reconocer que los efectos son mejores que en muchas películas con los mismos objetivos, y que han utilizado la última tecnología para ello. El juego de luces es un recurso frecuente en esta película para la creación de distintos ambientes dentro de la selva. Por el contrario, muchos fans de La Bella Durmiente (1959), critican la pérdida de los fondos de la película de animación en Maléfica. Disney buscaba con la película de 1959 que fuese una especie de tapiz en movimiento, y le dieron al productor Eyvind Earle bastante libertad en la estética de la película, que presenta figuras menos redondeadas y más alargadas. Además fue la última película de Disney entintada, después se pasó a la xerografía. Era difícil superar todo este trabajo artístico con Maléfica. En Alicia en el país de las maravillas (2010) el trabajo de arte es indiscutible, como en casi todas las películas de Tim Burton, pero destaca la cabeza desproporcionada de Helena Bonham Carter como la Reina de Corazones, y el maquillaje entrañable de Johnny Deep como el sombrerero loco.

Si teníamos curiosidad por ver en carne y hueso a nuestros ídolos infantiles, no se podía contar sino con estrellas de Hollywood. Otra tendencia más: que los personajes más suculentos los interpreten actores en la cumbre de su carrera. Así se llegó al error fatal de Kristen Stewart en Blancanieves y la leyenda del cazador, pero se acertó con Angelina Jolie en Maléfica, que ya no tiene otra cara más que la suya. Charlize Theron como la madrastra de Blancanieves, Cate Blanchett como la madrastra de Cenicienta, Helena Bonham Carter como el hada madrina y como la reina de corazones en Alicia en el país de las maravillas, Johnny Deep como el sombrerero loco, y hasta Hugh Jackman en la nueva versión de Pan (Joe Wright, 2015), que nos habla de sus comienzos. En El Libro de la Selva (2016) contamos con dobladores de la talla de Scarlett Johanson o Bill Murray.

Por último estas versiones reales de las películas de cuento, siempre intenta (como habremos adivinado viendo lo anterior) dar un giro de tuerca con respecto a sus predecesoras: en Blancanieves y la leyenda del cazador, la dulce princesita encabeza una revolución; en Maléfica no es el príncipe quien salva a la princesa Aurora y en Alicia en el país de las maravillas se parte del hecho de que ella ya ha estado allí, y este es su regreso a un escenario en decadencia. Pero siempre encontramos los elementos necesarios para darnos cuenta de dónde estamos: en Peter Pan: la gran aventura (P.J. Hogan, 2003), aunque no es de Disney, campanilla es un calco del hada de 1953; en Cenicienta los vestidos de Ella imitan los de dibujos (por no hablar de los ratones y la calabaza, claro); y en El Libro de la Selva, Mowgli tiene clavadito hasta el taparrabo.

A medio camino entre lo innovador y lo de siempre, y a pesar del posible cabreo de los fans de las antiguas películas, no hay duda de que la industria del cine, ha encontrado una vía rápida para llegar al público. Porque reconozcámoslo, nos guste más o menos, siempre vamos a verlas… y a veces, hasta disfrutamos.

Milena Cañas.

 

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