La mujer del cuadro (de Hopper)

La relación que el cine mantiene con todas las artes se estrecha especialmente cuando hablamos de pintura. En ella, el cine encuentra la inspiración para crear escenarios, diseñar vestuarios, recrear un ambiente mediante la iluminación o adoptar un punto de vista por medio de los planos.

Pero, si hablamos de cine y pintura, y de una inspiración que va más allá de lo puramente visual, hay un nombre imprescindible: Edward Hopper. Su carrera ha dejado huella en cineastas muy diferentes entre sí, y de distintas épocas, dejándonos referencias constantes al pintor que llegan hasta nuestros días. Pero, en este caso, se trata de una relación bidireccional. El cine ha mirado en muchas ocasiones a Hopper, pero, de la misma manera, sus cuadros también han mirado al cine, un lugar donde se refugiaba siempre que no estaba pintando, y donde es evidente que encontró, no sólo inspiración para sus cuadros, sino una forma diferente de abordar la pintura.

Hopper 1

Su punto de vista se sitúa en una posición privilegiada dentro de la escena, porque eso retrata en sus lienzos, escenas, historias detenidas, como una instantánea tomada en el momento y el lugar adecuado.

Hopper 2

El director austriaco Gustav Deutsch se ha propuesto ir más allá de referencias y trasladar a la pantalla el universo Hopperiano en todo su esplendor. Shirley: Visiones de una realidad (Gustav Deutsch, 2013) saca a los personajes y los escenarios del cuadro para ponerlos ante la cámara.

La película desarrolla trece episodios, trece momentos en la vida de Shirley, su protagonista, mediante doce cuadros situados en el orden cronológico de su creación. Es Compartimento de tren (1938), el que sirve como prólogo y epílogo de estas trece escenas en las que el director intenta desgranar la realidad que envuelve a su protagonista. La estructura que sigue, siempre es la misma. Sobre la pantalla en negro, una fecha, el 28 de agosto, pero de diferentes años (desde 1931 a 1963) y una ciudad, casi siempre Nueva York. Mientras, la voz en off de un noticiario nos relata momentos clave de la historia estadounidense, situándonos en el contexto, para luego llevarnos al escenario donde encontraremos a la protagonista.

Hopper 3

Shirley es una actriz consumida por un gran sentimiento de frustración y que no acepta la realidad en la que vive. La bailarina Stephanie Cummings pone movimiento, de forma sutil, y voz, casi siempre en off, a todas esas mujeres que Hopper retrata envueltas en una atmósfera de nostalgia y ausencia. El mérito de esta Shirley reside en la eficacia de sus gestos, su mirada, su cadencia, dentro de una historia en la que consigue hacerse protagonista junto al omnipresente pintor, y en la que actúa casi más de modelo que de intérprete, fundiéndose con un espacio cuya fuerza está por encima de quienes lo habitan.

Habitación en Nueva York (1932) es uno de los pocos cuadros utilizados en los que Shirley está acompañada por su marido (Christoph Bach), que no adquiere demasiada relevancia durante la historia, lo que no es extraño si pensamos en que muy pocas veces los personajes de Hopper están acompañados y, cuando lo están, la mayoría de veces es para mostrar la gran incomunicación que existe entre ellos.

En Shirley: Visiones de una realidad se impone, por encima de todo, la investigación. Podríamos decir que estamos ante un experimento visual y narrativo que indaga en caminos poco transitados en la relación entre el cine y la pintura, y en el que todo el peso recae en la proeza técnica de capturar hasta el último detalle de los cuadros del pintor neoyorquino. Lo emocionante de estos trece relatos, que podrían funcionar también por separado, es ver cuál será el siguiente cuadro que nos ofrecerán cuando se abra el fundido negro, reconocerlo, y ver qué dice esa carta de Habitación de hotel (1931) o qué piensa Shirley cuando mira en silencio por la ventana en Sol de la mañana (1952).

Lo especial en la obra de Hopper, y es lo que esta película pone de manifiesto, es que, más allá de plasmar en el lienzo un contexto, nos transporta a un espacio veraz y cotidiano, en el que cada objeto, figura y rayo de luz cobran una dimensión simbólica que trasciende cualquier época, de la misma manera que trasciende la propia bidimensionalidad del lienzo o cualquier otro soporte en el que se quiera plasmar.

Hopper nos invita, quizá sin pretenderlo, a querer saber más de esas mujeres que miran por la ventana, de aquellos que intuimos tras las paredes de esas casas apartadas, de los transeúntes que sospechamos que alguna vez se detienen en esas gasolineras de carretera o que vagan por esos paisajes solitarios. La de Shirley es una de las infinitas historias posibles encerradas en esas atmósferas silenciosas repletas de misterio.

Sigamos imaginando.

Hopper 10

“No hay nadie con quien compartir lo que vemos. Nadie ha llegado antes que nosotros. Nuestra experiencia será enteramente nuestra. La soledad del viaje, junto con nuestro sentimiento de pérdida y de pasajera ausencia, se harán inevitablemente presentes” – Hopper – (Mark Strand, 1994)

María Jara

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