El árbol de la vida

A lo largo de su filmografía, Icíar Bollaín se ha detenido en historias del mundo que nos rodea, cercano, y que no debemos ignorar. No importa que la historia suceda en un pequeño pueblo de Guadalajara, como en Flores de otro mundo (Icíar Bollaín, 1999), o en Nepal, como en Katmandú, un espejo en el cielo (Icíar Bollaín, 2011), el escenario es sólo eso, un lugar desde el que hablar de personajes marcados por el maltrato, las desigualdades, la discriminación y la negación de derechos.

La directora se propone con El olivo (Icíar Bollaín, 2016) contar la historia de aquellos condenados al silencio y al olvido. El abuelo de su película (un conmovedor Manuel Cucala, que no es actor profesional, sino un agricultor de la pequeña localidad de Castellón donde se rodó la película) es uno de ellos. El olivo es una muestra más de su cine honesto y sin artificios, comprometido y necesario.

Alma (Anna Castillo) es una joven de veinte años que trabaja en una granja de pollos de Castellón. Sus jóvenes manos están bien curtidas, al igual que las de su abuelo, que le enseñó todo lo que sabe sobre la tierra, a fuerza de dedicar toda su vida al campo. El anciano lleva años sin hablar, sin fuerzas, dejándose morir cada día un poco más. Alma, enfadada con su familia, con ella misma, y con el mundo entero, es incapaz de seguir viendo el sufrimiento de su familiar más querido.

Hace años que su familia decidió vender un olivo milenario, como tantas otras familias del entorno rural en la época del boom urbanístico, para pagar unos permisos de obra en la costa que les permitirían abrir un restaurante. “Si vendéis el olivo, en unas semanas no tendréis olivo, ni dinero, ni restaurante”  les dijo el sabio anciano, que, contra su voluntad, vio cómo arrancaban de la tierra su preciado árbol, y con ello, un trocito de él mismo. Alma, decidida a hacer volver a su abuelo de una enfermedad, y un luto, que se niega a ver como irreversible, se propone hacer lo que sea para devolver al olivo al lugar de donde nunca debió irse.

Imagen 1-Portada

El olivo está nada menos que en Düsseldorf, adornando la recepción de una compañía energética que no se caracteriza precisamente por el respeto a la naturaleza. Cuando Alma estaba dispuesta a irse andando a por el olivo y arrastrarlo de vuelta si era necesario (y no hay ninguna duda en que hubiera sido capaz de hacerlo) su tío (Javier Gutiérrez) y su amigo Rafa (Pep Ambrós) se embarcan con ella en un viaje que parte sin ningún plan y con alguna mentira de por medio. En este punto, la película se convierte en una road movie capitaneada por la aparición estelar de una Estatua de la Libertad, que será testigo del viaje de estos tres personajes que encierran una enorme vulnerabilidad, cada uno por razones diferentes.

Imagen 2

Cuando pensamos en árboles milenarios no pensamos en olivos, demasiado comunes, demasiado vulgares. Estamos tan acostumbrados a verlos que no reparamos en que ese paisaje es extraordinario, y sobre todo, en que esos olivos, como dice el abuelo, no son nuestros, ni siquiera suyos, no son de nadie. Esas raíces ya estaban allí mucho antes que cualquiera, aunque creamos que nos pertenecen y que podemos arrancarlos poniendo dinero encima de la mesa. Pero no, El Olivo no es una película ecologista. Evidentemente, el olivo tampoco es sólo un olivo, nadie se va a por un olivo a Alemania si no es por una razón profunda de peso.

El olivo, de partida, es un símbolo de la corrupción, la crisis económica, el derroche de cuando supuestamente éramos ricos y el expolio rural. Pero la película se vuelve más interesante, y emocionante, cuando deja ese primer paso. Ese olivo es memoria, es tradición (de la buena, no de la que obliga, prohíbe, discrimina y mata) es la transmisión de nuestra cultura de una generación a otra, es un abuelo con las manos destrozadas de trabajar la tierra enseñándole a su nieta cómo crecen los árboles y cómo se plantan para que nazcan nuevos, es la reivindicación de la memoria. Es la imagen de una generación decidida a cambiar las cosas, aunque para ello haya que ir y  volver mil veces sin saber muy bien cómo acabará el viaje, pero sabiendo que es necesario. Aunque haya que plantar el olivo de nuevo y esperar a que crezca. Aunque se empeñen en decirnos que es imposible, porque la verdad es que sí se puede.

María Jara

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