Alex Prager. Melodrama, misterio y tecnicolor

Alex Prager aprendió fotografía leyendo libros de segunda mano y practicando con un equipo de cámara y de revelado que compró en eBay. Aunque ya había realizado pequeñas exposiciones anteriormente, fue en 2010, año en el que el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) expuso su trabajo en la muestra anual de nuevos talentos, cuando su nombre empezó a destacar y, desde entonces, no ha parado de sonar y se ha convertido en una de las figuras más prometedoras de la fotografía contemporánea. Además de su trabajo personal, es colaboradora habitual de publicaciones de moda como Vogue o W, donde también es fácil reconocer sus señas de identidad. Revisamos las claves de su trabajo.

Sus fotografías se sitúan en Los Ángeles, su ciudad natal. Cada una de ellas está cuidadosamente estudiada y contiene una gran cantidad de detalles que resalta con ayuda de una iluminación milimétricamente calculada. El decorado, los objetos, el vestuario, la posición de los personajes, incluso la mirada, a la que presta especial atención y que utiliza para revelar información de sus protagonistas, casi siempre mujeres, forman parte de una minuciosa puesta en escena, que es el resultado de una mezcla de influencias de grandes nombres de la fotografía y, indudablemente, del cine.

Entre todas las referencias a las que nos remiten sus imágenes, encontramos la teatralidad, ese estadio entre fotografía y performance, de los personajes femeninos de Cindy Sherman. La monstruosidad, aunque tratada de forma diferente, de los personajes de Diane Arbus, y la magnificencia y el tratamiento icónico de los retratos de Annie Leibovitz. También es decisiva la influencia de William Eggleston, padre de la fotografía en color contemporánea, en el tratamiento de color y en su valor expresivo. Técnicamente, ese color, siempre vivo, brillante y de alto contraste, la conecta, de un lado, con el género pulp, caracterizado por una estética marcada por la violencia, el erotismo y estilismos llamativos, que nos trae a la mente esa atmósfera del cine de Tarantino o Lynch.

Del otro lado, la une con el tecnicolor cinematográfico de las décadas de los años 50 y 60, época a las que nos transportan constantemente sus imágenes, y no sólo técnicamente, sino en el contenido. Sus fotografías encierran el misterio, incluso la puesta en escena, de Alfred Hitchcock, el melodrama de Douglas Sirk, o el de directores actuales que han revisado el género y retratado la época como Todd Haynnes en su última película, Carol (Todd Haynnes, 2015) o Stephen Daldry en Las Horas (Stephen Daldry, 2002). Todo suma en la composición visual de sus fotografías que esconden, tras una aparente perfección estética tanto del escenario como en los personajes, algo inquietante. Parece que, cuanto más se acerca a esa belleza perfecta, más monstruoso es lo que se esconde detrás. Esa perfección y dramatismo impuestos, artificiales, acentúan esa zona donde se sitúa su fotografía, un lugar entre el surrealismo, la ficción, y a la vez lo posible.

Si bien sus instantáneas nos llevan inmediatamente a querer saber, e imaginar, las historias que se esconden detrás de esas mujeres repletas de secretos, desesperación y angustia, de la misma manera que queremos descifrar los pensamientos de las mujeres que miran por la ventana en los cuadros de Hopper, su búsqueda es siempre más visual que narrativa, aunque la conexión que existe entre su obra y el cine, hace que sea imposible separar una cosa de la otra. Es ese planteamiento basado en el desconcierto, el que hace que sus escenas dramáticas nos atrapen, nos obliguen a detenernos en esos personajes casi alienados que se mueven entre la multitud, y a sumergirnos en una lectura compleja de lo que está sucediendo. En esa lectura, además, debemos entender cada fotografía como parte de una secuencia narrativa, pues sus series fotográficas tienen un hilo estético y narrativo común, que convergen en un relato visual completo.

Pero su trabajo es indisociable del cine ya desde el momento de su concepción y producción. Muchas de sus series están producidas en estudios de cine y se complementan con cortometrajes que contienen las mismas imágenes de la sesión fotográfica.

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En 2010, Bryce Dallas Howard protagonizó la serie fotográfica Despair y de ahí nació un cortometraje del mismo nombre, en el que se respira puro melodrama.

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En él, parte de un ambiente idílico para marcar el contraste con la desesperación del personaje, envuelto en un halo de misterio tras su apariencia impoluta, y donde hay un claro guiño a la Ventana Indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954)

Con La Petite Mort (Alex Prager, 2012) complementó su serie Compulsion.

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En ella, se unen tensión y angustia para crear la sensación de que en cualquier momento va a ocurrir algo, aunque no sepamos bien qué será.

En Face in the crowd (Alex Prager, 2013) se cuela en espacios de mucho tránsito, como aeropuertos, vestíbulos, playas o salas de cine, para retratar la soledad de sus personajes dentro de lugares plagados de gente.

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El tratamiento tan estético de esa multitud es casi claustrofóbico y terrorífico, y parece que nos invita a buscar a ese personaje oculto como si buscáramos a Wally.

La autora también se desenvuelve bien en proyectos de encargo. Muestra de ello, es Touch of Evil (Alex Prager, 2012) por el que ganó un Premio Emmy. En este conjunto de trece piezas, producidas por The New York Times, actores y actrices como Jessica Chastain, George Clooney, Rooney Mara o Ryan Gosling se pusieron en la piel de los grandes villanos de la historia del cine para rendirles homenaje.

Más recientemente, la Ópera de París le encargó para la 3e scene, espacio de creación artística dentro de dicha institución, una pieza que describiera la sensación entre el público y los artistas en el momento de la representación. El resultado fue La Grande Sortie (Alex Prager, 2015).

Sin duda, la cantidad de referencias que contienen sus creaciones las llena de riqueza, pero todo el mérito reside en haber creado, a partir de ellas, un universo propio. Os invitamos a adentraros en él visitando la web de la artista.

María Jara

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