Sympathy for the Devil

La bruja (Robert Eggers, 2015) se convirtió en una de las cintas imprescindibles del Festival de Sundance de 2015 y Eggers se hizo con el premio a Mejor Director por esta ópera prima que ya ha recibido la etiqueta de película más inquietante de los últimos años.

La bruja se sitúa a principios del siglo XVII en Nueva Inglaterra. En ese contexto, un matrimonio y sus cinco hijos son expulsados de su comunidad puritana y se marchan para establecer su nuevo hogar cerca de un bosque, donde pueden cultivar y tener una pequeña granja para subsistir. Un día, mientras Thomasin, la hermana mayor, cuidaba del bebé, éste desaparece sin dejar rastro y de forma inexplicable.

La película nace de las leyendas sobre brujería y de la documentación real de los juicios de Salem, uno de los más famosos capítulos de la época relacionados con las artes demoníacas, y en el que diecinueve mujeres fueron quemadas y, otras tantas, encarceladas. En este periodo, la caza de brujas estuvo a la orden del día también en Europa y, por supuesto, dentro de nuestras fronteras. Aquí uno de los casos más famosos fue el de las brujas de Zugarramurdi, que da título a la película que Álex de la Iglesia hizo en 2013, en el que la Inquisición quemó a seis mujeres que se negaron a aceptar ninguna acusación.

Pero, La bruja, es otra cosa (o más cosas), y no porque el título de la película se refiera a algo metafórico. La bruja de la película existe, vive en el bosque y la vemos perfectamente en los primeros minutos del metraje. Ahora bien, el miedo está en otra parte y el terror lo provocan otras cosas, como son el fanatismo religioso, la superstición, la fe ciega, la irracionalidad y la paranoia enfermiza de esta familia, que les lleva a ver el mal en todas partes, incluso en ellos mismos. Porque la brujería, acusación con la que se justificaba la quema de mujeres, no es otra cosa que fruto de un miedo proveniente de su religión. El temor al castigo divino, a lo desconocido, que sólo lo conocerán una vez hayan muerto y sean destinados al cielo o al infierno, hace que su día a día se convierta en un intento incesante por librarse del mal, de la tentación y los pecados que les acechan, representados en un macho cabrío que encuentran en el bosque, y que en la tradición cristiana simboliza la lujuria, la sexualidad y la lascivia, y que ha sido frecuentemente utilizado en el arte.

Eggers traza, con habilidad, una puesta en escena pictórica y elegante, con luz natural en exteriores y unos interiores tenues y cálidos provenientes por la luz de las velas, y da paso a los acontecimientos con un ritmo pausado y utilizando planos fijos, en los que opta por mostrarnos a los personajes más individualmente que en conjunto, dejándonos ver muy pocas veces a más de un personaje en el mismo plano, subrayando la disección a la que se está sometiendo la familia consumida por la desconfianza.

En muchas de las críticas hacia la película, la duda que asaltaba es si realmente estamos ante una película que encaje en la etiqueta de cine de terror o estamos ante una revisión del mismo. Este género, y lo mismo pasaría con el resto, va cambiando con la sociedad, debe revisarse constantemente. Ni siquiera algunas de las consideradas las mejores películas de terror de todos los tiempos suscitan hoy la misma sensación que en la época en la que se estrenaron, cuando, además, este género ha ido en muchas ocasiones de la mano de un miedo real de la sociedad. Por ejemplo, en la raíz de La semilla del diablo (Roman Polanski, 1968) está el pánico generalizado, y real, de la época a las malformaciones en los bebés, El exorcista (William Friedkin, 1977) provocó histeria en las salas y se advertía que podía contener imágenes traumáticas, o Carrie (Brian de Palma, 1976) no hubiera sobrevivido al paso del tiempo sin el personaje de la madre cegada por su fanatismo.

Dicho esto, ¿qué podéis esperar de La bruja? En este sentido, el tráiler puede conducir a engaño y haceros pensar que habrá presencias fantasmales y algún que otro susto. Lo cierto es que no hay nada de eso. Sin utilizar ninguno de estos recursos, reúne los ingredientes de películas como las citadas anteriormente, y algunas más, y mezcla lo sobrenatural y lo cotidiano, sin ofrecer ninguna explicación, porque tampoco la necesita, para ofrecernos una historia de violencia (no explícita) y obsesiones en la que intuimos, desde muy pronto, que lo siniestro y terrorífico no está dentro del bosque.

María Jara

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