Ingredientes para el cóctel perfecto de maldad

 

¿Qué sería de Superman sin Lex Luthor? ¿O de las calles del Londres decimonónico sin Jack el Destripador? ¿O del Dr. Jekyll sin Mr. Hyde? ¿O de Apple sin Steve Jobs? ¿O de Manuela Carmena sin Esperanza Aguirre? Todo héroe y toda historia que se precien necesitan un villano al que enfrentarse, un ser despreciable que intente por todos los medios destruir la bondad. Malos, malvados o malignos conforman, sin duda, algunos de los mejores personajes que la historia del cine nos ha regalado. Sin ellos, los buenos no serían tan buenos, ni las películas tan entretenidas. Vamos a hacer un repaso a los ingredientes que no deben faltar a la hora de construir nuestros malos malísimos.

Una pizca de tormento… Porque qué sería de todos estos malvados sin algún hecho, recuerdo o acontecimiento que los atormente y los marque para siempre. Bien puede ser el fracaso en el matrimonio, como a Elizabeth Taylor y Richard Burton en ¿Quién teme a Virginia Woolf? (Mike Nichols, 1966) o como Bette Davis en Cautivo del deseo (John Cromwell, 1934); o sentirse rechazos sentimentalmente, como Saoirse Ronan en Expiación, más allá de la pasión (Joe Wright, 2007) o Elizabeth Taylor en El árbol de la vida (Edward Dmytryk, 1957). También pueden sentirse perseguidos por deseos sexuales que les atormentan, como Judi Dench en Diario de un escándalo (Richard Eyre, 2006) o Josh Brolin en Mi nombre es Harvey Milk (Gus van Sant, 2008); así como ver cómo son superados profesionalmente, que es lo que le pasa a F. Murray Abraham en Amadeus (Milos Forman, 1984).

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Unos gramos de locura… Más bien, la suficientemente cantidad como para quemar Manderley, como Judith Anderson en Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940); maltratar a tu hermana paralítica, como Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane? (Robert Aldrich, 1962); matar a tu cuñada adolescente, como Gene Tierney en Que el cielo la juzgue (John M. Stahl, 1945); cargarle tu falso asesinato a tu marido, como Rosamund Pike en Perdida (David Fincher, 2014); o grabar tus asesinatos para venderlos a la prensa amarillista, como Jake Gyllenhaal en Nightcrawler (Dan Gilroy, 2014). Cualquier punto de locura que haga que te parezcas lo suficiente a un personaje de Patricia Highsmith, como Robert Walker en Extraños en un tren (Alfred Hitchcock, ) o Matt Damon en El talento de Mr. Ripley (Anthony Minghella, 1999).

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Una dosis de psicosis… La cordura brilla por su ausencia en estos malos malísimos. Aunque parezca increíble nos alegramos, ya que los psicópatas representan algunos de los mejores malvados de cine. Desde Terence Stamp en El coleccionista (William Wyler, 1965) hasta Javier Bardem en No es país para viejos (Ethan Coen, Joel Coen, 2007), pasando por personajes tan memorables como Anthony Hopkins en El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991); Anthony Perkins en Psicosis (Alfred Hitchcock, 1961); Robert Mitchum en La noche del cazador (Charles Laughton, 1955); Kathy Bates en Misery (1990); Charlize Theron en Monster (Patty Jenkins, 2003); Patty McCormack en La mala semilla (Mervyn LeRoy, 1958); Malcolm McDowell en La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1991); Robert de Niro en El cabo del miedo (Martin Scorsese, 1991); Kevin Spacey en Seven (David Fincher, 1995); o Peter Stormare y Steve Buscemi en Fargo (Ethan Coen, Joel Coen, 1996) y Billy Bob Thornton en Fargo (Noah Hawley, 2014-Actualidad), su libre adaptación televisiva.

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Un toque de depravación… Para que consigan generarnos repulsión al mismo tiempo que nos hipnotizan en la pantalla. Casos como Helmut Berger en La caída de los dioses (Lucchino Visconti, 1969); Sharon Stone en Instinto básico (Adrian Lyne, 1992); Ralph Fiennes en La listas de Schindler (Steven Spielberg, 1993); Harvey Keitel en Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976); o Heath Ledger en El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008), se han convertido en personajes míticos, a pesar de sus reprochables y desagradables prácticas.

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Gran cantidad de cinismo… Los malos tienen que ser inteligentes, hábiles, deslenguados. Es necesario que sean capaces de dejar noqueados a sus rivales a golpe de cinismo e ironía. Por ello, personajes como los de Alec Guinness en El quinteto de la muerte (Alexander MacKendrick, 1955); George Sanders en Eva al desnudo (Joseph L. Mankiewicz, 1950); Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939) o David Niven en La pantera rosa (Blake Edwards, 1964) son tan grandiosos y memorables.

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Mucha elegancia… Esa es una máxima de los malvados old style, los de la vieja escuela, los que siempre tienen un ojo puesto en Marlene Dietrich, por ejemplo, en Testigo de cargo (Billy Wilder, 1958); o en Dorothy Malone en Escrito sobre el viento (Douglas Sirk, 1956); o en Peter Lorre y Sydney Greenstreet en El halcón maltés (John Huston, 1941); o en Michael Caine en Aflie (Lewis Gilbert, 1966). Elegancia que pasea Jessica Lange por todas las temporadas de American Horror Story (Ryan Murphy, 2011-Actualidad).

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Una cara de buena persona… Para conseguir engañar al paladar y a quien sea necesario. No hay nada mejor que unas facciones suaves, una cara simpática y una belleza juvenil para que nadie, nadie, nadie sospeche la cantidad de maldad que puedes llegar a acumular. Quién podía saber las ocultas intenciones de Anne Baxter en Eva al desnudo (Joseph L. Mankiewicz, 1950); o que Joseph Cotten sería capaz de engañar a su tan querida sobrina en La sombra de una duda (Alfred Hitchcock, 1943); o que Olivia de Havilland podría matar a alguien con tanta brutalidad como lo hace en Canción de cuna para un cadáver (Robert Aldrich, 1964); o que el tullido Kevin Spacey podía ser el asesino de Sospechosos habituales (Bryan Singer, 1995); o que el joven Edward Norton estaba mintiendo todo el rato en Las dos caras de la verdad (Gregory Hoblit, 1996); o que Reese Witherspoon era capaz de todo por llegar al poder del consejo escolar en Election (Alexander Payne, 1999). Pero, sobre todos ellos, quién sería capaz de adivinar cuál de las dos gemelas de A través del espejo (Robert Siodmak, 1946), interpretadas por Olivia de Havilland, es la buena y cuál la mala. ¿O acaso hay una buena y otra mala?

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Desbordar de sensualidad… Los malos siempre son más atractivos que los buenos. Y, por si alguien lo duda, que revise a Barbara Stanwyck en Perdición (Billy Wilder, 1945); a Alain Delon en A pleno sol (René Clément, 1960); a Laurence Harvey en Verano y humo (Richard Brooks, 1961); a Michelle Pfeiffer en Batman vuelve (Tim Burton, 1992); o a Jonathan Rhys-Meyers en Match Point (Woody Allen, 2005). Pero sobre todo, los reyes de la sensualidad malvada son Glenn Close y John Malkovich en Las amistades peligrosas (Stephen Frears, 1988).

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Ni una gota de piedad… La piedad sobra. Sólo queremos maldad para tener a los mejores malvados del cine. Si no fuesen despiadados no nos hubiesen regalado secuencias como las que nos brindaron Michael Fassbender y Sarah Paulson en 12 Años de esclavitud (Steve McQueen, 2013); Forest Whitaker en El último rey de Escocia (2006); Gene Hackman en Sin perdón (Clint Eastwood, 1992); Joaquin Phoenix en Gladiator (Ridley Scott, 2000); o Russell Crowe en Los miserables (Tom Hooper, 2012). Pero, si hay alguien que sabe construir esos personajes sin piedad ese es Quentin Tarantino: Michael Madsen, Daryl Hannah, David Carradine, Lucy Liu y Vivica A. Fox en Kill Bill Vol. 1 (Quentin Tarantino, 2003) y Kill Bill Vol. 2 (Quentin Tarantino, 2004); Michael Madsen en Reservoir Dogs (Quentin Tarantino, 1992); Samuel L. Jackson, Channing Tatum, Walton Goggings, Michael Madsen y Jennifer Jason Leigh en Los odiosos ocho (Quentin Tarantino, 2015); Christoph Waltz en Malditos bastardos (Quentin Tarantino, 2009); Leonardo DiCaprio en Django desencadenado (Quentin Tarantino, 2012); y John Travolta y Samuel L. Jackson en Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994), por nombrar algunos.

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Ser el peor cónyuge imaginable… Porque sí se es malo, se es malísimo con las personas que más cerca tienes y pobres de las parejas, que les toca aguantar lo que no está escrito. Malos capaces de hacer la vida imposible a sus cónyuges como Charles Laughton a la pobre Ethel Barrymore en El Proceson Paradine (Alfred Hitchcok, 1947); Gregory Peck a Jennifer Jones en Duelo al sol (King Vidor, 1946); Eleanor Parker a Frank Sinatra en El hombre del brazo de oro (Otto Preminger, 1955); Capucine a Peter Sellers en La pantera rosa (Blake Edwards, 1964); Meryl Streep a Dustin Hoffman en Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979); o Danny Glover a Whoopi Goldberg en El color púrpura (Steven Spielberg, 1985). Pero también maridos y mujeres capaces de matar a sus respectivos, ya sea por venganza, ambición, locura o pasión, como Charles Laughton en La vida privada de Enrique VIII (Alexander Korda, 1933); Charles Boyer en Luz que agoniza (George Cukor, 1944); Cary Grant en Sospecha (Alfred Hitchcock, 1941); Burt Lancaster en Voces de muerte (Anatole Litvak, 1948); Jack Palance en Miedo súbito (David Miller, 1952); Montgomery Clift en Un lugar en el sol (George Stevens, 1951); Dyan Cannon en El cielo puede esperar (Warren Beatty, Buck Henry, 1978); Kathleen Turner en El honor de los Prizzi (John Huston, 1985); o Jeremy Irons en El misterio von Bülow (Barbet Schroeder, 1990).

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Y también el peor padre posible… Padres castradores, controladores, que rozan la locura sino traspasan directamente la línea a la carrera. Ejemplos como Faye Dunaway, interpretando a Joan Crawford, en Queridísima mamá (Frank Perry, 1981); Anne Ramsey en Tira a mamá del tren (Danny DeVito, 1987); Gladys Cooper en La extraña pasajera (Irving Rapper, 1942); Jo van Fleet en Al este del edén (Elia Kazan, 1955); Katharine Hepburn en De repente, el último verano (Joseph L. Mankiewicz, 1959); Henry Fonda en Casta invencible (Paul Newman, 1969); Piper Laurie en Carrie (Brian de Palma, 1976); Kim Stanley en Frances (Graeme Clifford, 1982); Shirley MacLaine en Postales desde el filo (Mike Nichols, 1990); Mo’Nique en Precious (Lee Daniels, 2009); Barbara Hershey en Cisne negro (Darren Aronofsky, 2010); o Meryl Streep en Agosto (John Wells, 2013).

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Un toque mafiosillo… Trajes de raya diplomática, origen italiano, Nueva York y los negocios turbios siempre ha estado de moda. Si no que se lo digan a Robert de Niro en Los intocables de Elliot Ness; o junto a Marlon Brando, Al Pacino, James Caan, Robert Duvall, etcétera, en la trilogía de El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972-1990); o a Joe Pesci en Uno de los nuestros (Martin Scorsese, 1990) o en Casino (Martin Scorsese, 1995); o a Edward G. Robinson en Cayo Largo (John Huston, 1948), por poner un ejemplo; o a James Cagney en El enemigo público (William A. Wellman, 1931), también por poner un ejemplo; a Humphrey Bogart en Calle sin salida (William Wyler, 1937); a Clark Gable en El enemigo público número 1 (W. S. Van Dyke, 1934); a Robert Taylor en Senda prohibida (Mervyn LeRoy, 1942); a Dennis Hopper en Terciopelo azul (David Lynch, 1986); a William Hurt en Una historia de violencia (David Cronenberg, 2005); o a Jack Nicholson en Infiltrados (Martin Scorsese, 2006).

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Ambición a raudales… El dinero y el poder pervierten y pudren todo lo que tocan, especialmente a las personas. Prueba de ello son Michael Douglas en Wall Street (Oliver Stone, 1987); Fredric March en La torre de los ambiciosos (Robert Wise, 1954); Tom Hardy en El renacido (Alejandro González-Iñárritu, 2015); Orson Welles en Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941); Charles Boyer y Paulette Goddard en Si no amaneciera (Mitchell Leisen, 1941); o Carol Burnett, Tim Curry y Bernardette Peters en Annie (John Huston, 1982).

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Tienen que ser implacables… Nadie puede cometer ningún error, todos merecen el castigo y estos malvados no tienen capacidad para el perdón ni el arrepentimiento. Son implacables malvados como Louise Fletcher en Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975); Meryl Streep en El diablo viste de Prada (David Frankel, 2006); Charlize Theron en Blancenieves y la leyenda del cazador (Rupert Sanders, 2012); o Bryce Dallas Howard en Criadas y señoras (Tate Taylor, 2011).

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Un toque de inquietud… Gente que sabes que no es de fiar, gente que provoca sentimientos encontrados. Al mismo tiempo que demuestran su maldad, provocan sentimientos de ternura, lástima, simpatía o atracción. Casos como los de Ruth Gordon en La semilla del diablo (Roman Polanski, 1969); Michael Fassbender en Prometheus (Ridley Scott, 2012); o Alicia Vikander en Ex Machina (Alex Garland, 2015).

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Y por último, según el gusto, aderezar con un poquito de humor… Porque también hay malvados cómicos que nos encantan. Nos divierten a la vez que nos muestran sus oscuras intenciones que, como es de esperar, nunca saldrán bien. Ejemplos como los de Woody Allen en Casino Royale (John Huston, 1967); Veronica Lake en Me casé con una bruja (René Clair, 1942); Jean Hagen en Cantando bajo la lluvia (Gene Kelly, Stanley Donen, 1952); Walter Matthau en En bandeja de plata (Billy Wilder, 1966); Kevin Kline en Un pez llamado Wanda (Charles Crichton, 1988); Rose Byrne en Espías (Paul Feig, 2015); Mike Meyers en Austin Powers (Jay Roach, 1997-2002); o Emma Roberts en la serie Scream Queens (Ryan Murphy, 2015-Actualidad).

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Alejandro Piera.

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