7 maldiciones veraniegas

El verano, esa estación que estás deseando que llegue para un mes más tarde preguntarte qué has hecho tú para merecer un suplicio así. Y no sólo por las altas temperaturas, las noches de insomnio y el reggaeton… El verano está lleno de pequeñas molestias que convierten tu vida en una olla express de agobios y calores.

1. El repelente para mosquitos: 

Es de noche, estás dando infinitas vueltas en la cama intentando que tu cuerpo entre en contacto lo mínimo posible con el colchón para evitar sudar. Ya casi lo tienes, el cansancio se apodera de ti y el calor pasa a segundo plano hasta que, de repente, un minúsculo animalito experto en molestar pasa volando y zumbando por tu oído. Es como si llevara toda la noche observándote, escondido para salir en ese punto exacto en el que te estás quedando dormido. No basta con picarte y amargarte unos días, eso sería de aficionados del mal… Enciendes la luz para dar caza al pequeño malvado y, ya si eso, duermes otro día. A la mañana siguiente emprendes el camino a la farmacia con decisión. A partir de ahora, el encargado de amargarte la noche será ese liquido pegajoso y oloroso porque no serán los mosquitos los únicos que huirán de ti. Aunque eso tiene su lado bueno: menos calor en la cama.

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2. La televisión:

Vale que ver la tele en verano es por definición un castigo, pero lo que los programadores nos hacen debería estar penado por ley. Desde concursos casposos de todo tipo que hacen bueno al mismísimo Grand Prix a series sobre adolescentes surferos americanos que te hacen sentirte como un botijo cada vez que te enfundas un bañador. Los presentadores se van de vacaciones y todo un ejército de sustitutos llena la parrilla televisiva a sabiendas de que nadie se acordará de ellos cuando vuelva el titular, bronceado y relajado. ¿No sería mejor cerrar por vacaciones y acabar con este sufrimiento? Por no hablar de las noticias… Señores del Telediario: el calor en verano no es noticia, que el valle del Guadalquivir es un infierno en la tierra durante estos meses es de dominio público, no insistan. ¡Bendito Tour de Francia que patrocina nuestras siestas delante del ventilador!

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3. Las piscinas públicas:

Ese maravilloso lugar en el que se da cita lo mejor de cada casa, ligeritos de ropa para mayor disfrute del personal. Adolescentes en celo que tratan de ligar como locos entre selfie y sefie, niños descontrolados tirándose a bomba a tu lado sin parar o que te llaman señora después de darte con la pelotita, abuelos colonizadores de espacio para montar su mesa de dominguero y echar una timba que ríete tú de los casinos indios… Todo un catálogo de especímenes veraniegos con una característica común: la capacidad sin límite de molestar a sus congéneres. Todo ello aderezado con una guarnición de tiritas, pelos y todo tipo de objetos flotantes. Un abono de temporada, por favor.

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4. Operación salida:

Resulta que por fin sales de vacaciones. Aguantar todo el año tiene su esperada recompensa. Antes que nada, la maleta, ese baúl de capacidad inagotable que llenas a reventar de por si acasos. Todo el mundo sabe que es fundamental estar equipado tanto para una tormenta de nieve como para una insolación con quemaduras de tercer grado. Una vez convertido en caracol vacacional, llega el mejor momento, el que has estado esperando con ansia y da sentido a tu vida: el atasco. Madrid – Valencia en nueve horitas de nada con su consiguiente reflexión sobre el horario más eficaz (y siempre equivocado) de cara al año que viene. Un clásico heredado de generación en generación.

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5. Las sandalias asesinas:

Chanclas, sandalias con o sin tacón, alpargatas de cualquier clase… todas ellas las carga el diablo. Da igual que lleves dos kilos de tiritas contigo, encontrarán la manera de rozarte, llenarte de heridas y despellejarte. Cada verano, el drama (el dolor más bien) llega a nuestros pies con el calor. Tras nueve meses escondidas en el armario, las sandalias planean sus venganza en forma de ampolla. Tú decides si ir fresquito y no volver a caminar en una semana o recocerte los pies con zapatillas olorosas pero seguras. Y de nuevo, otro camino a la farmacia, aunque esta vez pareces un peregrino del Camino de Santiago después de treinta kilómetros de caminata.

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6. El sudor:

El propio y el ajeno. Salir de la ducha para comenzar a sudar de nuevo en un asqueroso ciclo sin fin. Si eres de un sitio sin playa lo normal es pensar que la humedad lo agrava y si vives al lado del mar no puedes vivir sin la brisa. Seas de donde seas hay que reconocer que el sudor es algo muy democrático que nos afecta a todos por igual. La única solución pasa por una posición horizontal sin doblar ninguna extremidad, ya que eso haría que el líquido elemento se acumule sin piedad. Y no es ninguna broma porque con tal de evitarlo la gente abusa de su cuerpo con prendas que, en muchos casos, dejan muy poco a la imaginación. Barrigas y axilas peludas recorren la ciudad sin control estos días, no las mires fijamente o sufrirás las consecuencias.

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7. El ventilador:

No todo el mundo puede permitirse un buen aire acondicionado, no sólo por el aparato en sí, si no porque no está la cosa como para dejarse el sueldo en la factura de la luz… ¿Qué nos queda entonces? Esos irrenunciables aparatos blancos (o su modalidad más ochentera en tonos café), encargados incansables de remover el aire caliente de una habitación mientras giran sobre su propio eje para llegar a todos los rincones. ¿Quién no se ha plantado delante de uno de ellos con el pelo al viento a lo Jennifer López para comprobar muy seriamente lo que las aspas hacen con su voz? Y es que hay pocas cosas tan representativas de nuestra sociedad veraniega como un gazpacho, unas sillas de camping y un buen ventilador.

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Marta Laso

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