The Get Down. Promesas desde el Bronx.

The Get Down (Baz Luhrmann, Stephen Adly Guirgis, 2016) tenía todo para convertirse en otro de los bombazos del verano de Netflix para seguir la estela de Stranger Things (The Duffer Brothers, 2016). Una superproducción encabezada por Baz Luhrmann en su primer proyecto televisivo y un tema poco transitado en la ficción, como es el nacimiento del hip-hop y de la música disco en el Nueva York de los años 70. A priori, podría ser el equivalente en ficción al fantástico documental Rubble Kings (Shan Nicholson, 2015) y tratada desde otra perspectiva a la reciente Vinyl (Terence Winter, Martin Scorsese, Mick Jagger, 2016), en la que la acción se centra en la misma época y misma ciudad, pero desde el punto de vista de la industria musical. Lo que nos promete (no digo que lo cumpla) The Get Down es ir a las calles del Bronx a presenciar los orígenes del Hip-Hop.

Las leyendas que han acompañado a esta serie desde que se estrenó no han parado de dar que hablar y no precisamente para bien.  Con varias idas y venidas de guionistas en el proyecto y un presupuesto de más de cien millones (que prácticamente ha duplicado lo planeado), muy posiblemente Luhrmann se fuera a la cama todos los días maldiciéndose a sí mismo por haberse metido en este lío. Tampoco deben dormir muy bien quienes decidieron aceptar este proyecto en Netflix, que va a tener que espabilarse para tapar el agujero de sus arcas tras su arriesgada apuesta a la que le queda todavía una segunda parte por emitir, y sin terminar, que verá la luz en algún momento de 2017.

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La acción se sitúa en el sur del Bronx en el año 1977, un periodo muy turbio políticamente y donde las cosas no eran nada fáciles para nuestros protagonistas, jóvenes afroamericanos y latinos. Como reflejo (y respuesta) de una situación que los condena a ser inexistentes, la expresión de la cultura popular. Grafitis que llenan los vagones del metro y las paredes de un barrio de gritos, poesía y ritmos nuevos para expresarse, hablar de aquello a lo que la mayoría prefiere dar la espalda y evadirse de su miseria y la de los suyos. A esto hay que añadirle que es también el momento en el que se comienza a popularizar la música disco en las salas y que en ese periodo comenzaría a vivir su era dorada. Un momento histórico apasionante que se podría contar de mil maneras distintas y que el director australiano no ha sabido exprimir demasiado.

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En cuanto a los personajes principales, esta pandilla de amigos está encabezada por Justice Smith, sin duda una de las interpretaciones más destacables, que interpreta al joven Ezequiel, un chaval de ascendencia puertorriqueña con mucho talento para las rimas pero muy desmotivado y perdido hasta que conoce a Shaolin Fantastic, interpretado por Shameik Moore, que le arrastrará con él para conseguir el sueño de ambos de dedicarse a la música. Completan el grupo Jaden Smith, Tremaine Brown Jr y Skylan Brooks.

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En el otro lado, la que podríamos llamar sección disco, la protagonista femenina es Herizen Guardiola en el papel de Mylene Cruz, una joven que no parará hasta alcanzar su sueño de ser cantante de música disco y que siempre va acompañada de sus amigas, Regina y Yolanda, que pese al intento de las actrices y a su visible carisma, poco han podido hacer con unos papeles tan encorsetados, igual que ha ocurrido con el resto de secundarios. El fantástico Giancarlo Sposito, en su papel de padre ultraconservador, Zabryna Guevara, en el de madre sufridora o Jimmy Smiths, tío de la protagonista y político del Bronx, han hecho todo lo que han podido en unos papeles que se han quedado en meros esquemas y que de haberles dotado de profundidad, las tramas (y toda la serie) hubieran aumentado notablemente su calidad.

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Esta primera parte de la serie está compuesta por seis capítulos y, a su favor, hay que decir que mejora capítulo a capítulo. Si lográis acabar de ver el capítulo piloto de unos noventa minutos y, en un acto de fe inconmensurable, decidís darle una segunda oportunidad al siguiente, habréis pasado lo peor y, seguramente, hasta empecéis a cogerle cariño. Para los más valientes, el famoso apagón de Nueva York en 1977, ya en el tercer capítulo, supone un antes y un después, hasta lograr que seamos capaces de olvidar sus inicios que, en unas cuantas ocasiones, nos habían dejado escenas que rozaban la vergüenza ajena.

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Quizá el problema está en las expectativas. No es que hubiera que intentar una versión neoyorkina y setentera de The Wire (David Simon, 2002-2008) (¿o sí?), pero tampoco es cuestión de crear un cabaret en un Bronx tan aséptico y estilizado que consigue hacer inverosímiles las condiciones que propiciaron el surgimiento de toda esta importantísima cultura. Dicho esto, la serie, aunque muy irregular (y aunque mucho, muchísimo, más cerca de lo segundo que de lo primero) va en ascendencia y nos deja momentos realmente disfrutables, como el protagonista componiendo letras, las maravillosas batallas de Djs o ver a ese grupo de amigos ilusionados descubriendo que, esos ritmos que se escuchan en lugares casi secretos, pueden ser su arma más poderosa contra la falta de libertad.

Estas cosas son las que consiguen que, a pesar de todo, esta primera parte finalice dejándonos un buen sabor de boca (o por lo menos no malo del todo) y esperando que llegue una segunda entrega que, aunque no necesaria en cuanto a las tramas, merece una oportunidad (aunque tal vez no tanta paciencia como esta).

María Jara

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