Ocurrió cerca de su casa

En plena celebración del Festival de Sitges, rescatamos una película rodada en clave de falso documental que triunfó en la edición de 1992. Ocurrió cerca de su casa (Rémy Belvaux, André Bonzel, Benoît Poelvoorde, 1992), ópera prima para los tres, se llevó el premio a mejor película y mejor actor protagonista para un debutante Benoît Poelvoorde, desconocido por aquel entonces, y acabó siendo la mejor película del año para la crítica belga.

Benoît, el protagonista, un tipo al que nosotros describiríamos como alguien bastante peculiar, es descrito por sus familiares como alguien dulce, risueño y agradable. Una descripción bastante alejada de quien es en realidad: un psicópata, asesino y ladrón (lo tiene todo) que ha bautizado su cóctel favorito con el nombre de “niño muerto” y que se ha prestado a ser seguido por un equipo de rodaje en sus aventuras criminales. Ya desde la introducción no se andan con rodeos. Desde el primer segundo, durante un trayecto en tren, Benoît se cobra su primera víctima (para nosotros) para, a continuación, relatar, como quien da una clase, sus conocimientos científicos acerca del peso que hay que atar a un cadáver para conseguir que se hunda.

Nuestro protagonista no tiene ningún motivo especial para llevar a cabo sus atroces actos. No es un justiciero encubierto, ni se rige por unas normas como Dexter (James manos Jr., 2006-2013), ni alberga ningún rencor especial hacia la humanidad ni hacia sí mismo, como el protagonista de American Psycho (Mary Harron, 2000). Tampoco es un caníbal, ni un fetichista de la muerte, ni busca una venganza. Esta historia, además de beber directamente de La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971), tiene que ver más con el acto lúdico de la violencia, matar por diversión, lo que la conecta, a posteriori, con Haneke y su terrorífica Funny Games (Michael Haneke, 1997).

Benoît combina sus asesinatos a sangre fría con su gusto por la poesía, la música clásica, la arquitectura o el teatro. Flautista y trabajador de Correos, muestra su reparo a la hora de matar niños, pero no por pegas morales, sino porque, como comprobamos en una escena, los niños son más escurridizos. Esos reparos sí los debieron tener los distribuidores, que cambiaron el chupete original del cartel por una dentadura postiza.

Sin detenerse en la fina línea entre humor negrísimo y lo burdo, la película se lanza a lo surrealista mientras el protagonista se adueña de ella, sugiriendo, incluso, planos y creaciones de sonido para sus asesinatos, y sirviéndose de la propia grabación para repasar sus ataques y ver en qué ha fallado. Benoît no se esconde, no tiene remordimientos y no habla de asesinatos en sus ratos libres, así que nunca sabemos cuándo será su próxima acción ni con qué nos sorprenderá esta vez. El equipo de grabación sabe que está en peligro constante, y no pueden predecir en qué momento Benoît decidirá pegarles un tiro sin más (nosotros tampoco). Tal vez por eso, o tal vez sin darse cuenta y llevar su seguimiento hasta las últimas consecuencias, acaban siendo tan protagonistas de la película como el propio psycho killer desde el momento en el que no sólo graban, sino que se van implicando cada vez más en la vida de un asesino que les cae simpático y al que acaban, como quien no quiere la cosa, ayudando con sus crímenes y la desaparición de los cadáveres.

Todo da como resultado unas escenas de lo más variopintas, en las que se asoma el cine negro, el thriller, terror y, sobre todo, un humor negro que nos deja algunas secuencias dignas del mejor cine de enredo.

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El falso documental vuelve a ser de nuevo un género acertadísimo para llevar a cabo ese choque entre la veracidad que se espera de un documental y lo inverosímil de la ficción planteada, y crear, así, un relato surrealista y sorprendente. Un género que necesita, y en este caso lo cumple a la perfección, un cuidado trabajo de planificación en el que todo debe parecer no sólo amateur, sino espontáneo e improvisado, y en el que, en este caso, también tiene un especial papel el diseño del sonido.

Ocurrió cerca de su casa es un ejercicio de cine dentro del cine, singular, novedoso, y todavía polémico, que nos hace partícipes, testigos, incluso culpables de sus acciones (que no tienen un final nada feliz), y que hoy, casi veinticinco años después de su realización, sigue siendo una influencia para el género.

María Jara

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