La niña bonita de Amélie Poulain

Suenan las primeras notas de una melodía. Cierras los ojos para sentir cómo fluye dentro de ti la exquisita banda sonora de Yann Tiersen. Y mientras eso sucede, tú ya te has trasladado hasta ese lugar mágico. Es Montmartre. Es París. Un narrador te coge de la mano y te invita a perderte por los entresijos de una de las capitales más bonitas de Europa y tú, inevitablemente, le sigues. Y fotograma a fotograma vas contagiándote de este gusto por las pequeñas cosas. Es la sensación que sintieron quienes hace quince años acudieron al estreno, y de quienes en 2016 siguen disfrutando con la grandeza de los placeres cotidianos.

Amélie Poulain cumple quince años, pero se conserva tan bien que parece que el tiempo no ha pasado por ella. Jean Pierre Jeunet –el director de la película- logró confeccionar una historia basándose en los pequeños detalles que confeccionan la rutina de una joven parisina que cautivó –y quince años después continúa cautivando- a media Europa. Porque la película de Le Fabeleux Destin d’Amélie Poulain es una oda a los pequeños placeres de la vida, como romper la crema catalana con una cucharilla.

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El fenómeno “Amélie” goza de tan buena salud que en marzo de 2017 está previsto el estreno en Broadway un musical inspirado en la película francesa. En efecto, quince años después de su estreno podemos decir que Amélie se ha transformado en un icono. Hay toda una generación de adictos al cine que la ha convertido en la obra de referencia para definir cómo es, cómo transmite y cómo se hace el cine francés. Probablemente Jeunet no imaginaba lo que su película iba a significar –de hecho el filme fue menospreciada en el Festival de Cannes-, como tampoco lo imaginaba la encargada de dar vida al peculiar personaje de Amélie, la actriz francesa Audrey Tautou.

De hecho, en principio, el personaje fue pensado para que lo interpretase Emily Watson, sin embargo, hoy no seríamos capaces de imaginar la historia de Amélie sin la mirada y la sonrisa de Tautou. Pero la película no solo fue un hito para su director y los protagonistas, ya que Amélie es mucho más. Es el ambiente y la idiosincracia francesa que emana de todos rincones de este filme. Tanto es así que la cafetería de Amélie Poulain se ha convertido en un lugar de culto para los cinéfilos que visitan París y quieren sentir que ellos también son víctimas del embrujo que cambió los esquemas de la vida de la joven parisina un 30 de agosto de 1997.

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El tiempo transcurrido desde el estreno del filme en 2001 hasta hoy ha dado para mucho. Y es cierto. En estos años se han hecho todo tipo de análisis y críticas sobre la película de Jeunet. Y no todo son palabras bonitas. A Amélie y a su director les han llamado de todo en estos quince años. Una de las críticas más duras fue la escrita por Serge Kaganski en el diario francés Libération, donde aseguraba que, lejos de un icono de Francia, lo que había en la historia de Amélie era un ensalzamiento de la extrema derecha. Una sociedad francesa nostálgica de la grandeza que tuvo y ya no tiene y una ciudad homogénea, sin personas árabes o negras en ninguna de las escenas.

Nuestro protagonista tampoco se ha librado de los comentarios negativos. Y es que hay quien dice que esta película de 120 minutos no hace más que poner de manifiesto los problemas de una chica desequilibrada que no pudo socializar de manera correcta en su infancia por culpa de sus padres y que, a consecuencia de ello, se ha convertido en una adulta con problemas, neurótica, solitaria y con importantes carencias afectivas y emocionales que se traducen en mundos de fantasía que Amélie crea para sí misma. Y quizás no les falta razón a quienes critican a Amélie por ello.

Quizá sea verdad y el personaje de la señorita Poulain no sea más que una desequilibrada por problemas de la infancia. Pero, quizá, en el fondo ese es uno de los motivos que ha hecho que Amélie se cuele en tantas casas y corazones. Porque todos guardamos monstruos de la infancia, por eso todos nos sentimos un poco Amélie Poulain cuando nos descubrimos con miedos e inseguridades fruto de la niñez. Por eso nos gusta tanto el final de la película de Jeunet. Porque a todos nos gustaría que nos pasase como a Amélie, al fin y al cabo, no queremos encontrar a alguien que ahuyente nuestros fantasmas, sino que los bese, los abrace y los trate con mimo.

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