El jaque mate del siglo XX: de la figuración al arte conceptual

(…) Cuando los jugadores se hayan ido, cuando el tiempo los haya consumido, ciertamente no habrá cesado el rito. (…) 

J. L. Borges, Ajedrez, El hacedor, 1960.

El fin de la partida, de la lucha, nunca es un fin definitivo, ya que el devenir de la historia es un incesante terminar que siembra algo para volver a comenzar. Metáfora válida para la vida, para la guerra, para el amor… y para el arte, ¿por qué no?

La muestra Fin de partida: Duchamp, el ajedrez y las vanguardias que actualmente, y hasta el 22 de enero de 2017, se puede ver en Fundació Joan Miró de Barcelona, aborda esa contienda de la historia del arte en que las vanguardias cuestionaron la tradición para dar el salto hacia lo conceptual, que es lo que ha dado lugar luego a una nueva jugada, la del arte contemporáneo. Una extensa selección de alrededor de 80 piezas provenientes de museos y colecciones privadas de diferentes partes del mundo: pinturas, esculturas, ready-mades, documentos y audiovisuales de artistas que han sido fundamentales para el período en cuestión (¡que va desde la década de los años diez a los sesenta!). Su protagonista principal: Marcel Duchamp, apasionado ajedrecista y artista.

¿Puede el ajedrez explicar un cambio tan grande en el arte como el que se dio en las vanguardias?  ¿Sería capaz de hacernos ver el paso de la forma al concepto? Precisamente eso es lo que propone Fin de partida: Duchamp, el ajedrez y las vanguardias. Vale, sí, puede que a priori parezca el capricho de un artista del club de ajedrez… pero después de ver la muestra, te darás cuenta de que ese caprichoso ha dado con la clave encontrando un ejemplo con el que recorrer las tendencias artísticas de gran parte del S. XX: ajedrez como tema, como esquema formal, como elemento político-social o como fundamento teórico. ¿Que cómo lo hace? No vamos a desvelaros una exposición que merece la pena visitar, pero sabéis que nos encanta dejaros con el gusanillo: este es nuestro pequeño recorrido.

Partimos del ajedrez como tema de representación con La Partida de Ajedrez (Marcel Duchamp, 1910), una de las joyitas de la muestra, donde vemos representado en clave figurativa postimpresionista una escena de ocio familiar donde se está jugando una partida, algo que resulta muy ilustrativo de esa época en que este juego pasaba de ser un pasatiempo de élite a extenderse a todas las capas sociales y a influenciar en otros terrenos, entre ellos el arte.

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En Soldado Jugando Al Ajedrez (Jean Metzinger, 1915-16), de estilo cubista, este juego aparece cumpliendo un doble rol ya, que si bien es tomado como tema como en la obra anterior, a su vez, la forma exageradamente rebatida en que es representado el tablero con su trama cuadricular, ya nos estaría dando la pauta de una búsqueda de índole formal, que es característica del cubismo.

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Pero ese paso hacia lo formal se hace mucho más claro en las obras que se acercan a la abstracción, que ya en la década del diez  había comenzado a brotar. En Línea Transversal (Vassily Kandinsky, 1923) encontramos alusiones al ajedrez sólo a través de su forma de damero plano, es decir, como puro elemento plástico integrado en una composición de líneas y formas geométricas en la que la figuración queda absolutamente anulada.

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En otra de las salas nos encontramos con una curiosa y “politizada” mesa de ajedrez negra y roja (color de la revolución), una réplica de la pieza original que había sido presentada en el Pabellón Soviético de la Exposición Universal de París de 1925 por el artista constructivista ruso Alexandr Ródchenko para su “club de trabajadores”, donde el ajedrez toma un valor político al erigirse como elemento cultural de educación del proletariado en el contexto de una estética del arte y el diseño puestos al servicio de la sociedad de la Rusia post-revolucionaria.

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Pasando finalmente al llamado “giro conceptual” de las vanguardias, comienzan las reflexiones del arte sobre sí mismo y sobre la realidad, donde el ajedrez aparece como fundamento teórico. En relación a la idea de autoreflexión artística, son especialmente significativos los famosos ready-made dadaístas de Duchamp, aquellos objetos de la vida cotidiana que  sacados de su contexto habitual denuncian y cuestionan, muchas veces con cierto guiño humorístico, qué es arte y qué no. La exhibición cuenta con cuatro de este tipo de objetos, todos genialmente ligados de alguna forma al ajedrez, como es el caso de Tropezar (Marcel Duchamp, 1917) : un perchero de pared que, colocado sobre el piso en sentido horizontal, remite elocuentemente a una maniobra de juego en la que la posición de los peones obliga al contrincante a perder una pieza sea cual sea su movimiento.

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Culminando el recorrido por esta partida de la historia del arte, la exposición nos lleva a los años sesenta, donde este giro conceptual se vuelve una forma de reflexión sobre la realidad. Aquí nos encontramos con obras de artistas del movimiento neodadaísta Fluxus, auténticos seguidores y herederos de Duchamp, de las cuales resulta especialmente interesante Ajedrez Blanco. Juega Con Confianza (Yoko Ono, 1966), presentado para la Exposición War is Over (1966), donde, fiel a su discurso pacifista y en alusión a la guerra fría, la artista nos presenta una mesa de ajedrez completamente blanca que, al anular la oposición “blanco-negro” del tablero, pone en evidencia su posición crítica en contra de la guerra.

Artist Yoko Ono interacts with the exhibit "White Chess Set" at the Museum of Modern Art exhibition dedicated exclusively to her work, titled "Yoko Ono: One Woman Show, 1960-1971", in New York May 12, 2015. REUTERS/Lucas Jackson

Después de todo este itinerario se hace imposible no salir de aquí sin el cerebro ajedrezado, pero sobre todo, con una clara reflexión: una partida entre tradición y ruptura, entre representación y reflexión. No está mal quizás irse a casa pensando a la historia como una incesante cadena de partidas donde cambian los contrincantes y las estrategias pero se sigue y seguirá debatiendo sobre lo mismo: el sentido, la función y el rol en el mundo que tiene eso que llamamos arte.

Romina Franchino

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