¿Una crisis de inspiración? ¡Sueña la obra maestra!

La vida no es perfecta, aunque lo parezca, pero siempre podemos evadirnos de ella y buscar esos pequeños rincones de perfección. Eso nos cuenta Federico Fellini (1920-1933) a lo largo de su magnífica filmografía. Aunque faltaban cinco años para que todo el mundo se diese cuenta del engaño en el que se vivía, Fellini se adelantó a los jóvenes revolucionarios de mayo del 68 a través de su película Ocho y medio, titulada en italiano Otto e Mezzo (Federico Fellini, 1963).

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Los años 60 supusieron un relax vital frente a la dura posguerra. Unos años antes, Fellini había explorado esa sociedad de posguerra en Lo Sceicco Bianco (Federico Fellini, 1952), que en clave de comedia agridulce narra la monotonía de un matrimonio italiano. El nuevo mundo parecía ir mejor, la calidad de vida aumentaba y la comodidad se extendía a amplios sectores de la sociedad. La socialdemocracia se hacía fuerte en Europa, pero ¿ todos podían soñar? ¿se puede soñar con la barriga llena? Ocho y Medio de Fellini explora precisamente la sequía creativa y el anhelo de la dificultad ante la adictiva facilidad y la comodidad vital tan propia de los años 60. Porque no todo es La Dolce Vita (Federico Fellini, 1960) con fiestas y buena vida, otra de las obras maestras del director italiano, tan parecida y tan lejana a Ocho y medio.

Ocho y medio narra -a lo largo de sus 138 minutos de metraje- la crisis creativa de Guido Anselmi (Marcello Mastroiani), alter ego del propio Fellini, y el escapismo personal hacia el mundo del inconsciente. Hay un despliegue de un imaginario onírico, en clave psicoanalítica, donde el deseo y la creatividad luchan con el conformismo de los halagos y las normas de la sociedad del espectáculo. De ese mundo intenta evadirse Guido, ya que ahí están todas las normas y fetiches que le encadenan a su vida: su esposa, su amante, su musa, su abuela, su difunto padre, el sacerdote de su infancia, un cardenal, productores y hasta los payasos que marcaron su infancia.

Guido siente la necesidad de huir de un mundo que a más placer más normas le impone. Esto le aburre, le asfixia y acaba recurriendo a los sueños que le hacen ser libre. Su inconsciente es el lugar más libre que conoce. Por eso, aparece como un destello la metáfora del circo. La vida, aunque pueda parecerlo, no es perfecta y hay que zafarse de ella, pero no enfrentándose sino buscando una salida como hace un escapista del circo. Eso hace de Guido un anti-héroe que no encaja en los patrones épicos. Su viaje es inverso al de un héroe porque descubre que es mucho más importante la resilencia que la revolución.

Todo el mundo -incluido el espectador- desearía que Guido fuese un revolucionario, que hiciese algo totalmente nuevo, que enterrase para siempre el pasado, la familia y la norma. Sin embargo, Guido no lo hace y se reafirma en sus acciones durante las dos horas de metraje… Debe resistir porque es su mundo, ese asfixiante y aburrido mundo, el que se lo ha dado todo.

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Esta nueva sociedad no es para los héroes -muertos durante la guerra- sino para los resilentes, aquellos que conjugan normas con deseos, que se entregan al devenir de un mundo que es imposible cambiar. Así, su esposa Luisa (Anouk Aimée) conoce la existencia de su amante Carla (Sandra Millo), las cuales saben a su vez que su musa Claudia (Claudia Cardinale) es la auténtica clave de su vida. Todas conviven entre ellas porque saben que sin ellas Guido no es nada.

Fellini hace la revolución resistiendo, escapando, soñando con una violencia simbólica pero nunca física, y Guido -su alter ego- lo hace tan bien que la película deja muy buen sabor de boca al espectador. Subvertir la sociedad es más sutil que enfrentarse a ella, porque es quebrar su aparente lógica interna y llevar a los personajes de nuestra vida al arquetipo. Son las imágenes de lo cotidiano lo que construyen el arte, ya que lo cotidiano es el origen de lo onírico. Fellini lo hace más allá de la ingenuidad del materialismo marxista (que ya había criticado) porque el ser humano no se debe a lo material sino a otros seres humanos con sus propias normas y deseos, sueños y esperanzas.

Por eso, en uno de los mejores finales de la historia del cine, Fellini nos propone una catarsis casi primitiva aniquilando las identidades particulares de los personajes y toda lógica que le quedase al mundo. Así, prepara un desenlace, quince minutos antes, que contraviene las normas de la dramaturgia clásica y que, a la vez, se ríe de la vanguardia del momento. Tras un par de minutos de caos y de saturación “alla italiana” se desemboca en una recepción de todos los personajes de la vida de Guido en la pista de un circo.

El Circo, un recurso que Fellini utiliza a menudo en sus películas, devuelve al espectador a una niñez de sueños libres y de normas flexibles a través de los grotescos payasos que sustituyen a la elegante jazz band, de la telépata Maya (Mary Indovino) y su partner Maurice (Ian Dallas), quien actúa como un auténtico maestro de ceremonias en el mundo del inconsciente. De hecho, es Maurice quien rompe el monólogo del crítico (Jean Rougeul) sobre el deber y la ética del artista para introducir al espectador en una fiesta. Un momento de diversión donde todo tiene cabida que es, a la vez, resistencia y aniquilación. “La vida es una fiesta”, sentencia Guido.

Así, al son de una entrañable melodía de Nino Rota, con una bellísima puesta en escena y un cielo plomizo, Guido intenta dirigir algo que le engulle -porque la vida no se dirige- y así, impotente ante el devenir de su vida, de la mano de su esposa, desparecen de cámara bailando. Todos bailan, triunfa la predestinación y la vitalidad del arte sobre la voluntad y la lógica. Esto es el caos, a veces agridulce, que nos hace vivir y sentir, soñar y sufrir.

Fellini dirige una película con una impecable factura técnica. Ganadora de dos premios OSCAR a la mejor película extranjera y al mejor vestuario, con el paso del tiempo se ha convertido en uno de los hitos de la historia del cine. Los elementos técnicos sirven para subrayar la resilencia y el onirismo de esta película. Ejemplo de esto son la magnífica fotografía de Gianni Di Venanzo, el frenético montaje de Leo Catozzo que tan bien expresa  el antiheroísmo neurótico de Guido, o esos teatrales decorados de Vito Anzalone que quitan todo realismo a la puesta en escena. Además, cada detalle, cada plano, cada gesto está medido por Fellini para jugar con los límites de la ficción y la realidad. Esta película no es verosímil  y, sin embargo, el espectador se siente partícipe de la historia, más posible y creíble que las de su etapa neorrealista.

Ocho y medio es la película perfecta para un tiempo sin ideales -como el nuestro-, que nos muestra como la imaginación y el deseo nos puede dar acceso a otro mundo. Un mundo donde nosotros somos los protagonistas, más allá de todo y todos.

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