Reírse de pena en Villaviciosa

El éxito de público de las películas dirigidas por Nacho G. Velilla esconde varias contradicciones. Primera: en las series de televisión creadas por él y sus guionistas habituales Oriol Capel, David S. Olivas y Antonio Sánchez, y tan célebres como Siete vidas (Nacho G. Velilla, 1999) o Aída (Nacho G. Velilla, 2005) hay un entretenimiento digno. Y hasta un atisbo de conexión con la realidad de lo que cuenta. Siempre desde un género que marca cierta distancia como es la comedia.

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Pero las películas… las películas no hay por donde cogerlas. En su quinto film, Villaviciosa de al lado (Nacho G. Velilla, 2016) se produce una horrible sensación de déjà vu. Los apolillados chistes de (sic) “mariquitas”, (snif) putas, (WTF) negros, (¡qué!) amas de casa cornudas y (¿en serio?) tontos del pueblo provocan un hartazgo inmediato. Y usamos los mismos términos tal y como se mencionan en lo que vimos en un cine de centro comercial cuyo público, ¡maldición! se reía, y nosotros, que somos de risa fácil… ni una mueca. Como si fuéramos Boyero viendo Los amantes pasajeros (Pedro Almodóvar, 2013)…

Pero ese trasvase fallido de televisión a cine no es la principal contradicción. Es curioso cómo las situaciones y personajes de las que se quejan los viejos “haters” profesionales del cine español y que una y otra vez achacan a las películas de Almodóvar (desde siempre), Fernando Trueba (ahora), o (antes) a Vicente Aranda, por ejemplo, acuden ahora a las salas con una devoción propia de misa de domingo a las 12 de la mañana. Diciéndolo claro, existe un público dispuesto a seguir yendo (y pagando) por un tipo de cine que entronca directamente con los tonos impostados y estilos vacuos de la denostadas “españoladas” de los años 60 y 70. Porque en plan Ana Pastor, ahí va el dato (y gracieta temporal que quedará desfasada): a mediados de diciembre, la taquilla de “Villaciosa de al lado” ya ha superado los 5 millones de euros de recaudación. Con apenas 10 días en la cartelera va a ser la comedia española de más éxito de la temporada.

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Una de esas olvidadas españoladas es Las señoritas de mala compañía (José Antonio Nieves Conde, 1973), escrita por Juan José Alonso Millán y Antonio Fos y dirigida por Jose Antonio Nieves Conde (lejos quedan los tiempos de su obra maestra Surcos de 1951). El argumento guarda asombrosos parecidos con la de G. Velilla: el premio gordo de la lotería cae en un prostíbulo de un pequeño pueblo español, lo que genera inmediatamente las envidias de las señoras “bien” por el exquisito tratamiento que las señoritas de mala vida (resic) empiezan a recibir por parte del resto de los habitantes, es decir, los hombres.

En realidad, tanto en 1973, como en 2016 se trata de un punto de partida excelente. Pero desgraciadamente, en Villaviciosa de al lado se lían con una historia donde todo te da igual, ningún personaje es tratado con un mínimo de cariño o complejidad, y lo que es peor, los chistes faltones sólo hacen gracia a aquellos que echen de menos las cintas de cassette con los mejores momentos de Arévalo.

Cada película es de su tiempo, de acuerdo, pero si dentro de 30 años quisiéramos vislumbrar cómo es la sociedad española de nuestros días a través de sus comedias, ¿creéis que Fuera de carta (Nacho G. Velilla, 2008), Que se mueran los feos (Nacho G. Velilla, 2010) o incluso, 8 apellidos vascos (Emilio Martínez-Lázaro, 2014)… nos lo “explicaría” acertadamente? Lo dudamos bastante, la verdad.

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Afortunadamente, hay muchas excepciones. Por ejemplo, las películas dirigidas por Miguel Albaladejo y coescritas con Elvira Lindo como El cielo abierto (2001), Ataque Verbal (1999) y La primera noche de mi vida (1998), son pequeñas joyas que pasaron demasiado desapercibidas para la gran mayoría. No es difícil reconocernos en unos personajes que rezuman vida y que tienen unos problemas que son tan parecidos a los nuestros. Además, son comedias con estupendos diálogos. Las buenas comedias entran por las orejas y evidentemente, que esto es cine, por los ojos. Y si no, que se lo digan al último ejemplo de cineasta reciente que sí ha sabido, sin parecerse a nadie y a través de un personalísimo estilo, conectar con “el gran público”: Paco León. Su consagración con Kiki. El amor se hace (2016), no es sino la confirmación del talento que había demostrado en las, tan en el fondo diferentes entre sí como igualmente divertidas, Carmina y revienta (2012) y Carmina y amén (2014).

Quién iba a decir que “el tonto del Luisma” nacido en la televisiva “Aída” de Nacho G. Velilla, iba a ser la última gran esperanza de la larga tradición cómica del cine español.

En cualquier caso, y lejos de que parezca que no nos alegremos de un nuevo éxito en taquilla de una película española… sí que tenemos que reivindicar un cine comercial de calidad. Y ahora llegamos a la pregunta trampa, ¿la calidad va reñida con la comercialidad? Pregunta para lo que es peor, no hay respuesta posible. Porque en la industria del cine, ya lo decía el guionista William Goldman, “nadie sabe nada”. Rozando el bucle lanzamos otra pregunta: ¿el cine es arte o es industria? Pues nos ponemos gallegos: depende. Pero hay algo que sí está claro: el arte sirve para explicarnos la vida. Y “Villaviciosa de Odón” entretendrá a algunos y generará dinero e “industria”. Que ya es, sí, pero por suerte, ni refleja lo que somos, ni aporta nada más allá.

Pablo García Cuadrado

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