Los libros no hacen la literatura…

¿Hablar de literatura sin tener libros es posible? Pues sí, sí que lo es, aunque para ello tengamos que irnos al África que está por debajo del Sahara. A menudo nos han enseñado en clase, que la literatura debe representarse en tablillas, papiros o libros, pero hay otras formas de presentar literaturas y es de lo que vamos a hablar en este artículo. Por eso, en Cultura Trópica nos trasladamos en este artículo al subtrópico, donde en diciembre es verano, para hablaros de esa otra literatura.

Hay veces que el cuerpo de alguien se convierte en libro y que narra miles de historias a través de la voz, de la gestualidad o la mirada. Durante siglos en África subsahariana se ha desarrollado toda una riquísima literatura ágrafa, es decir, sin necesidad de un soporte gráfico. En ella se recogen las historias de los héroes nacionales y los cuentos que usan las madres para dormir a sus hijos. Otras veces, el cuerpo es un libro donde se recogen los designios de espíritus impertérritos de la naturaleza y dioses arcanos, como si de una obra de Lovecraft se tratase, que asustaría al más intrépidos de los turistas.

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Muchas lenguas africanas, tradicionalmente, no se han escrito hasta el siglo XX. Sin embargo, eso no le resta ni un ápice de riqueza o interés a ellas ni a los productos literarios que salen de ellas. Antaño se decía que eran lenguas menos desarrolladas, pero afortunadamente los lingüistas contemporáneos han refutado seriamente eso. Decía Jaques Derrida que somos hijos de una cultura falologocéntrica, es decir que la«palabra patriarcal escrita» nos ha mediatizado hasta el punto de despreciar lo que no sea elaborada en esos parámetros. De hecho, filólogos y filósofos son expertos en eso, en creer que el mundo y sus verdades tienen que estar por escrito. Y nos lo han hecho creer desde la primaria hasta la Universidad. Pero la realidad siempre supera a los oscuros deseos de orden de los académicos y claro, si uno se topa con estas manifestaciones en África, sin mucho esfuerzo se dará cuenta de lo rico que es este asunto. Para ilustrarlo pondremos algunos ejemplos, los más significativos, porque sobre este tema podríamos hablar/escribir largo y tendido.

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El primero seguro que suena a todo el mundo, aunque sea de oídas: El vudú. Sí, pero olvidaos de muñequitas y alfileres porque el vudú real es algo más complejo, y sigue vivo en Benín y Togo, las tierras de los fon y de los ewé. Su literatura, ancestral, se basa en las posesiones que realizan los vodun -espíritus de la naturaleza- sobre los «caballos» (personas que tienen capacidad de ser poseídos) y los mensajes que transmiten. Historias fascinantes de ultratumbas y consejos para la vida cotidiana se entremezclan con la sangre de los sacrificios de animales, el tabaco, los tambores y un calor sofocante… Si os ha llamado la atención el tema, podéis ver el fascinante documental de Alberto Venzago «Voodoo. Mounted by the goods» (2003) -al que dedicaremos un artículo pronto-, en el que se muestran multitud de escenas de este tipo.

Un poco más al norte, en Mali, los griots -los trovadores del Sahel- son los reyes de la vida social, aún hoy en el siglo XX. Con una Kora en mano, alegran las fiestas, halagan a los novios en las bodas y retrotraen a otros tiempos. Tiempos en el que el mandinga era una lengua de reyes y de héroes con poderes sobre humanos, cuando el oro fluía como el agua y en las cortes de Europa se anhelaba encontrar el reino de Mansa Musa. De entre todas estas historias destacan la historia de Son-Jara Keïta, el Rey León. Sí, habéis oído bien, Disney dulcificó esta narración tradicional de Mali para realizar un film taquillero y para todos los públicos. La versión original es poderosa en la que no faltan brujas y villanos diabólicos, príncipes, espíritus del agua y sobre todo un héroe hábil como pocos con el arco que no duda en ensartar a todo aquel que no cumpla con sus designios. Y, para que os hagáis una idea, ¡la historia no se escribió hasta el siglo XX!. Más allá de las versiones resumidas, el Prof. William Johnson transcribió la narración ya milenaria que Fa-Digi Sisoko aprendió de sus ancestros. La edición se complementa con un CD. Si sois bibliófilos u os apetece una lectura/audición friki, ¡buscad este libro-CD ya!

Si seguimos hacia el norte, nos encontramos en Senegal con otras narraciones que no son menos interesantes, especialmente por lo que representan. Aunque también es tierra de griots, Senegal ofrece un interesante cruce entre el islam y la idiosincrasia cultural típica de África subsahariana. De hecho, la espiritualidad tradicional, diaria, se halla mediatizada por estas literaturas sin libro. En ella, el cuerpo vuelve a ser fundamental para comprender que la transmisión del conocimiento siempre es un «conocimiento incorporeizado».

El islam africano construye algo nuevo con el concepto de «conocimiento incorporeizado». Éste partiría del propio Profeta del Islam, Muhammad, -quien según la tradición recibió el conocimiento revelado dentro de su cuerpo- y cumpliría una función no solo de ser conscientes del conocimiento, sino de actuar como protección, de interiorización y autoridad. El cuerpo se convierte una biblioteca, lo que hace que siempre esté disponible a disposición de quien lo necesite. Y sus dispositivos, esos mecanismos para transmitir o regular el conocimiento, son las recitaciones, los complejos talismanes ya sea en papel o disueltos en agua listos para beber, que remiten a las narrativas del Corán y que proporcionan, de hecho, remedio a todos los males que haya.

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De hecho, en Senegal estas narrativas tienen el objetivo de satisfacer los problemas de la gente, como si de un libro de autoayuda en Occidente se tratase. Pero no por eso dejan de ser literatura, literatura que acababas bebiendo/consumiendo cuando tienes un desamor, necesitas curación o si alguien te hace brujería. Palabras que van al interior del cuerpo sin ser leídas, pero que cumplen la misma función. Para los curiosos con tiempo estos días se realiza una exposición en la Universidad de Oxford sobre el arte de los amuletos en el islam, donde podemos ver cientos de ejemplos de este tipo. Y ante esto cabe una pregunta sobre esos talismanes, esa literatura del cuerpo que lovemos que nosotros vemos como algo exótico: ¿Son un objeto? o ¿son literatura? Y de nuevo nos encontramos con una literatura sin libro…

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Y es que sería un error pensar que nosotros solo tenemos la exclusividad de la literatura y sus dispositivos. Todo cambia y quien nos dice que en una época donde muchos nuestros libros son tan solo unos miles de bites, no estamos más cerca que nunca de aquellos cuya literatura es pura vibración. Esa pura resonancia ancestral a través del tiempo y el espacio de significados donde se entremezclan las narraciones de las esencias y misterios de la vida, con lo más cotidiano.

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